Por trece años, antes de jubilarnos, mi esposa y yo tuvimos el privilegio de enseñar en un Instituto Bíblico. Que gozo compartir la Palabra con hombres y mujeres deseosos de crecer en su caminar con el Señor. Fue un tiempo de bendición en nuestras vidas.  A pesar de que, al reflexionar sobre las clases que daba, reconozco que había principios de la enseñanza que no lograba implementar debidamente en mis lecciones. Lo siguiente es una reflexión sobre cuatro de estos aspectos que debía haber hecho diferente.

Estudiar más

Hace poco estuve leyendo los libros del Pentateuco en mi tiempo devocional. A pesar de haber enseñado el Pentateuco por siete años en el Instituto Bíblico, me llamó la atención varias observaciones importantes que no había incluido en mis lecciones. La falta de dedicar más tiempo a la lectura y estudio de la Palabra había impactado mi enseñanza.

Enseñar requiere preparación.  Me sorprendía las horas necesarias para preparar una clase.  Reconozco que, a veces, por las presiones de la vida, acortaba el tiempo dedicado a la preparación.  Lamentablemente, el resultado puede ser una falta de claridad y profundidad en nuestra enseñanza.

En relación con ello, permíteme una observación acerca de recursos como manuales de maestro, lecciones preparadas, etc. Puede haber la tendencia de verlos como un “ahorro” de tiempo al preparar para nuestras clases.  Recursos tienen su lugar, pero he encontrado que no toman el lugar de mi propio estudio. Al dedicar tiempo, yo mismo, a estudiar un pasaje bíblico, estoy mejor preparado para enseñarlo que solamente depender de una lección preparada. Los recursos son un complemento, no un substituto, para mi propio estudio.

La Palabra de Dios es profunda. Reconozco que más dedicado a su estudio hubiera mejorado mi enseñanza.

Hablar menos

Luchaba con sentir que no cumplía mi deber como maestro si no llenaba la hora de clase dando información.  Era por mi percepción de un maestro – alguien que comparta información.  Pero, al leer en libros de pedagogía observaciones como: “hablar menos para enseñar más” (Galindo, 117) me daban pausa. ¿Hablar menos? ¿Cómo es posible?

Poco a poco, me iba dando cuenta que tenía que cambiar mi percepción de lo debía hacer un maestro.  Dar información no es suficiente. Estudiantes tienen que procesar la información para que haya aprendizaje. Hay que incluir su participación en actividades como preguntas para estimular su reflexión y tiempos de discusión para que den vuelta al tema de la lección.

Por eso, “hablar menos para enseñar más”.  Al hablar menos el maestro, hay más oportunidad que participan los alumnos en el proceso de aprendizaje. Luchaba para incorporar este principio en mi enseñanza. Era difícil cambiar mi percepción antigua de un maestro – alguien que comparta información.  Pero, aumentar participación es aumentar lo que aprenden los estudiantes.

Cubrir menos material

¿Cuántas veces has repasado los apuntes que tomabas en la escuela, colegio o universidad?  Si eres como la mayoría, casi nunca. De toda la información que recibimos, generalmente quedamos con unos cuantos conceptos grabados en nuestras mentes.  No es decir que el resto no era importante, pero no es posible retener tanta información y pocos volvemos a repasar nuestros apuntes.

De vez en cuando, como maestro, quede pensando en esta realidad.  En un par de años (¡o menos!) mis estudiantes habrían olvidado mucho de lo que les había enseñado. Me daba pausa. Luchaba con preguntas como: ¿debía seguir dando tanta información?, ¿no sería mejor enfocar más en conceptos principales?, ¿por qué no modificar mis lecciones para incluir más repaso de la información importante?

Al final de la cuenta, seguía llenado los cuadernos de los estudiantes con información. ¿Por qué? Tengo que reconocer que, en parte, por querer aparecer como un buen maestro. ¿Qué habrían pensado los estudiantes si pasaba todo el semestre dando vuelta a unos cuantos conceptos? Cierta cantidad de información es importante para darles a los estudiantes un panorama del tema.  Pero, hubiera sido mejor enfocar más en conceptos principales, en vez de inundar mis lecciones con información.

Relacionarme más con los alumnos

Por personalidad soy introvertido. Estando en el Instituto, prefería estar sentado en mi escritorio preparando lecciones que pasar tiempo en los pasillos o veredas hablando con estudiantes.  En una clase de Escuela Dominical de adultos que enseñaba, después de hacer los preparativos, sentaba a una mesa esperando al comienzo de la clase mientras que la mayoría aprovechaba para visitar los unos con los otros.  Me cuesta relacionarme con otros.

Pero, una relación entre maestro y alumno impacta al aprendizaje. Motiva al alumno al ver el interés que el maestro demuestra en su vida.  Le da confianza a hacer preguntas y expresar dudas.  Una relación permite que los alumnos vean de cerca la realidad de la vida cristiana en nosotros.  Devine y Buitrago nos recuerdan que “La clase estudia más la persona de su maestro que la misma lección” (p. 22).

No voy a despertarme un día y ser un extrovertido. Pero, reconozco que debía haber hecho más esfuerzo para salir de mi zona de confort para relacionarme con los alumnos.

Conclusión

Doy gracias que el Señor utiliza a “vasos de barro”.  A pesar de nuestras debilidades y fracasos, toma lo que hacemos para avanzar Su reino.  Esto no significa ignorar los puntos débiles de nuestra enseñanza.  Con la ayuda del Espíritu Santo, hay que hacer un esfuerzo para ir mejorando como maestros.  Que el Señor bendiga tu ministerio.

Bibliografía

Devine, Margarita y Víctor M. Buitrago C.  Estudios de la Escuela Dominical. Bogotá:

Buena Semilla, 1989.

Galindo, Israel.  El Arte de la Enseñanza Cristiana.  Valley Forge: Judson Press, 2002.