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    Lo esencial: Gracia común

    Esta es la sexta entrega de una serie sobre términos teológicos. Puedes ver los posts anteriores sobre los términos teología, Trinidad, creación, hombre y Caída.

    ¿Por qué después de que Adán y Eva pecaran en el Jardín e incurrieran en la justa pena de muerte, no murieron de forma inmediata? ¿Qué les permitió seguir viviendo y disfrutar de muchos de los beneficios de la vida durante los años posteriores (alimento, matrimonio, sexo, hijos, etc.)? ¿Por qué tantos pecadores disfrutan hoy de esos mismos beneficios, incluso los que nunca creerán?

    En general, podemos responder señalando a la gracia, una descripción adecuada para cada una de las bendiciones de Dios, cada una, por definición, inmerecida. Sin embargo, dado que la gracia de la que hablamos aquí se derrama “sobre justos e injustos” (es decir, tanto sobre creyentes como sobre incrédulos – véase Mateo 5:45), y dado que es de un tipo diferente a las otras manifestaciones de la gracia que leemos en las Escrituras, (por ejemplo, el perdón de los pecados, la adopción en la familia de Dios, la vida eterna en el cielo, es decir, la gracia especial o las gracias relacionadas con la redención), los teólogos han considerado útil distinguirla como gracia común. Es común en el sentido de que se extiende a todas las personas sin distinción, al igual que la sala común de una universidad es accesible a todos los estudiantes.

    Como lo define Wayne Grudem brevemente en su excelente Teología Sistemática: “la gracia común es la gracia de Dios por la cual otorga a las personas innumerables bendiciones que no forman parte de la salvación”. Berkhof nos dice lo que logra dicha gracia: “[Esta] frena el poder destructivo del pecado, mantiene en cierta medida el orden moral del universo, haciendo así posible una vida ordenada, distribuye en diversos grados los dones y talentos entre los hombres, promueve el desarrollo de la ciencia y el arte, y derrama innumerables bendiciones sobre los hijos de los hombres”. Así pues, la gracia común abarca no sólo las bendiciones físicas, como la lluvia, los alimentos y la salud, sino también las bendiciones en los ámbitos del intelecto, la moral, la creatividad, la sociedad y la religión. Como toda gracia, todo favor inmerecido está destinado a señalarnos a nuestro bondadoso y amoroso Creador.