Hace unas semanas mi hija aprendió en la escuela dominical acerca del Salmo 73:25. Su maestra lo escribió en una cartulina roja para que se lo llevara a casa y lo memorizara durante la semana. En esos días volví al Salmo 73 y vi el contexto de este precioso versículo. El autor es Asaf quien fue uno de los escogidos por David y los levitas para que dirigiera cierta parte de la adoración del pueblo hacia Dios.

Me imagino este hombre de Dios con una gran responsabilidad y privilegio de guiar al pueblo de Dios a cantar y adorar a nuestro Gran Dios. Sin embargo, en este Salmo encontramos el corazón de este hombre que luchaba contra la amargura en su corazón.  El expresa una profunda confusión, ¿cómo es que los malhechores prosperan? Luego, él mismo identifica la amargura que abunda en su corazón y el efecto que esta amargura tiene sobre su vida: “Cuando mi corazón se llenó de amargura, y en mi interior sentía punzadas, entonces era yo torpe y sin entendimiento, era como una bestia delante de Ti” (vv. 21-22). Este versículo describe efectivamente lo que pasa en un corazón lleno de amargura. Es un corazón gobernado por el enojo, la falta de perdón, la confusión, la envidia, la hostilidad, el chisme.

Es muy fácil ver un corazón amargado por la manera en que la persona habla. Como él o ella hable acerca de Dios, de las personas y de las circunstancias de su vida refleja lo que hay en su corazón (Lucas 6:45).  El Salmista nos da un gran ejemplo de venir a Dios con nuestras cargas, lamento, dolor, amargura y permanecer en Él para que Él cambié nuestro corazón y nos de un lenguaje que hable vida, amor, gracia y perdón.

Vemos en este Salmo la claridad y transparencia con la que derramaba su corazón a Dios, pero lo más fascinante es la manera en que se va desarrollando su conversación con el Señor. El salmista comienza quejándose, luego se da cuenta del estado de su corazón y al final mira al Señor, alaba al Señor y pone su confianza en el Señor, no en él mismo o en quienes lo rodean.

Así que, siguiendo este Salmo ¿Cómo podemos ser libradas de la amargura contra otros?

Corre a Cristo

Me encanta que mi esposo en sus prédicas, muchas veces presenta un problema del alma de cada creyente, y, su primer consejo para cada uno de estos problemas es: “¡corre a Cristo!” Estoy convencida porque lo he visto en mi propia vida, que “correr a Cristo” o fijar mi mente, mirarlo a Él, es una disciplina que cada uno de nosotros debemos vivir más y más. Si no estamos continuamente corriendo a Cristo, estaremos corriendo a las emociones de nuestro corazón o a la persona con la que queremos “desahogarnos”. Pero ir primero a una de estas cosas revela una falta de confianza en Dios al creer que cualquier otro medio me puede dar el alivio o la ayuda para mi dolor o amargura.

Entonces ¿Cómo “corremos a Cristo”? Sabiendo que en Cristo por su sacrificio en la cruz a pesar de que éramos sus enemigos Él nos reconcilió con Él, nosotras ahora sabemos que ya estamos en Él, que nada ni nadie nos puede separar de su amor y que ahora estamos sujetadas en Su mano. Por esta razón nosotras podemos “correr a Él o mirarlo a Él” y el Salmista en el versículo 5 nos dice cómo él lo hace. Él declara: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Fuera de Ti nada deseo en la tierra”. Luego continúa diciendo que él puede desfallecer pero que su todo es el Señor y en Él está todo lo que necesita.

¡Qué maravilloso! Él entiende que lo que necesita no es buscar en él mismo, o en otros, la libertad sino en el Único que puede y que debe ser quien gobierna su corazón. Y allí estamos tú y yo siendo desafiadas a correr a nuestro Salvador que por su salvación nos llama también a ser enseñoreadas por Él, no por nuestra amargura, dolor y falta de perdón. Mirémoslo a Él, a nuestro Salvador Jesús que, siendo perfecto y Santo vino a dar su vida por sus enemigos, para darles vida y una eternidad con Dios.

Este es nuestro Dios, Él nos entiende cuando nos presentamos con preguntas que no siempre tienen una respuesta, con nuestra incapacidad a perdonar a quienes nos han lastimado y nos dice: “ven a mí” (Mateo 11:29). Solo Él es capaz de darnos su poder y gracia para perdonar, y ser libres de la amargura para amar como Cristo ama.

Permanece en Su Palabra

En el Salmo 73:24 leemos al salmista reconociendo que el consejo de Dios guía su vida y que su esperanza está en la gloria venidera. Lo más natural para nosotros es correr al consejo de otro, o a la forma que fuimos criados, o corremos a lo que nuestro corazón dice. Sin embargo, amada hermana, la Palabra de Dios una y otra vez le recuerda a nuestra alma a ser sometidas a la Palabra de Dios. Su palabra es una lámpara a nuestros pies (Salmo 119:105), nos guiará en toda verdad para que seamos conducidas por Su espíritu Santo. Necesitamos su Palabra desesperadamente. Necesitamos leerla, pensarla, memorizarla, escucharla predicada en nuestras iglesias locales, hablarla y compartirla. Necesitamos que sea Su palabra, no nuestro corazón, la que determine cómo viviremos nuestros días y qué controlará nuestro corazón.

Rinde cuentas

Esto es tan crucial para vivir nuestra carrera siendo fieles a Dios. Si decimos ser creyentes iremos todo el tiempo en contra de lo más cómodo y de lo más beneficioso para alimentar nuestro corazón de orgullo y auto victimizarnos. Por lo tanto, pídele a tu pastor, líder o hermanas maduras en la fe, que no te permitan permanecer en una actitud de víctima, sino que con gran amor y gracia te apunten al Salvador que te libera de la amargura, la envidia, y la falta de perdón.

Pídele a Dios por hermanas que no alimenten actitudes de chisme y, que, sin estar buscando detalles, te animen constantemente a perdonar como tú eres perdonada, a dar gracia continuamente, a ir contra de tu yo y servir, amar a quienes te han herido y a auto examinar tu corazón para ver áreas en tu vida que tienen que cambiar y las muchas faltas por las que tú también tienes que pedir perdón en humildad.

Solo Dios puede hacer esto. ¡Qué gran gozo tenemos en y por Cristo Jesús!