El rechazo, ese aguijón que se clava en nuestra piel que entra de un solo golpe y sale de inmediato, pero que nos lastima tan profundamente dejando una cicatriz que nos recuerda que no cumplimos las expectativas de alguien o que no somos suficientes.

Quizá sufrimos rechazo desde nuestros primeros años de vida: en nuestro hogar con alguno de nuestros padres, nuestros hermanos; quizá lo sufrimos en la escuela cuando no nos elegían en los deportes por el sobrepeso que teníamos. Pudo haber sido en un trabajo para el cual aplicamos, en el ministerio de la iglesia a la que pertenecemos; quizá el chico que nos gustaba en la universidad pudo habernos rechazado, tal vez nos ridiculizaron por nuestra fe, o simple y sencillamente nos dijeron: “ya no podemos ser amigos”.

Cada herida causada por el rechazo dolió en su momento, pero, sin duda, las heridas por el rechazo que recibimos de parte de quienes amamos seguramente nos dolerán más, y entre ellos está el rechazo de parte de nuestros amigos. El rechazo de un amigo duele, duele muchísimo, pero duele más cuando nuestra amistad es sincera, cuando en verdad amamos a nuestros amigos y entre más cercana sea la amistad, más profunda será la herida del rechazo.

Cristo, rechazado

Cuando experimentamos el rechazo de parte de nuestros amigos, hay alguien que entiende perfecto nuestro dolor: Cristo. Él también fue rechazado por uno de sus amigos quien ha trascendido la historia: el apóstol Pedro.

Desde el comienzo de su ministerio, Pedro estuvo con Jesús. En cuanto Jesús lo llamó a seguirlo, Pedro sin dudarlo lo hizo (Mt. 4:18-20); fue él quien lo reconoció como el Cristo de Dios (Lc. 9:20), fue quien camino sobre las aguas con Jesús (Mt. 14:28-29); y, por si fuera poco, Pedro fue testigo ocular de la transfiguración de Jesús (Lc. 9:28-29) y uno de los que Jesús llevó para velar antes de ser traicionado por Judas en el huerto de los olivos (Mc. 14:31). Pedro era muy cercano a Jesús.

 En tres evangelios está registrado el momento en el que Pedro niega conocer a Cristo, ese momento en el que lo rechaza aun cuando antes había afirmado que por Él iría a la cárcel, o incluso a la muerte (Lc. 22:33). Jesús les había dicho tiempo atrás que “Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos” (Jn. 15:13). Quizá Pedro tenía esto en mente cuando afirmó que moriría por Él, por su amigo.

¿Qué sucedió antes de que Pedro lo rechazara? La historia bíblica nos muestra que después de la traición de Judas, prendieron a Jesús para llevarlo a casa del sumo sacerdote y Pedro le seguía de lejos (Lc. 22:54). Mientras esperaban la sentencia, Pedro esperaba sentado alrededor del fuego con aquellos quienes habían capturado a Jesús, ellos lo reconocieron como uno de sus seguidores, y entonces, vino el rechazo:

“Una sirvienta, al verlo sentado junto a la lumbre, fijándose en él detenidamente, dijo: «También este estaba con Él». Pero él lo negó, diciendo: «Mujer, yo no lo conozco». Un poco después, otro al verlo, dijo: «¡Tú también eres uno de ellos!». «¡Hombre, no es cierto!», le dijo Pedro. Pasada como una hora, otro insistía, diciendo: «Ciertamente este también estaba con Él, pues él también es galileo». Pero Pedro dijo: «Hombre, yo no sé de qué hablas». Al instante, estando él todavía hablando, cantó un gallo” (Lc. 22:56-60).

Nuestro amoroso Jesús conoce el dolor del rechazo, Él sabe lo que es ser despreciado y desechado por todos los hombres (Is. 53:3). Jesús entiende el dolor de las amistades rotas, de cuando nos traicionan, cuando nos fallan, cuando rompen la promesa de que estarán con nosotros en las buenas y en las malas y solo nos miran de lejos siendo testigos de nuestro dolor, pero no se involucran.

Él sabe el dolor que se experimenta en el rechazo incluso desde nuestro hogar (Mc. 6:4), sabe acerca del dolor que se experimenta cuando todos nos dejan mientras estamos en pruebas o en problemas. Cristo sabe el dolor que experimentamos cuando por causa del pecado rechazamos a Dios, Él sabe cuánto le necesitamos. Y a pesar de nuestro rechazo y de caminar lejos de Él, Él permanece fiel.

Un duro plumaje

Durante toda mi vida en este mundo caído, he sido rechazada en muchas ocasiones y seguramente volverá a suceder porque todos somos pecadores y porque el único que nunca falla es Dios. Como te dije al principio, las heridas del rechazo son profundas, difíciles de sanar; son heridas que en muchas ocasiones nos llevan a aislarnos para no volver a ser lastimados, para no darle la oportunidad al rechazo de volver a clavar su aguijón en nosotras.

Pero esa no es la solución porque corremos el riesgo de hacernos de una piel dura cubierta de plumas que contienen ira, resentimiento, dolor, amargura en contra de quienes nos lastimaron, lo que nos lleva a cerrar nuestro corazón a alguien más para protegernos a nosotras mismas.

En la Cruz

Tenemos la opción de quedarnos ahí, estacionadas en la calle de la amargura, aisladas bajo nuestro plumaje, y solas porque no queremos sufrir el rechazo nuevamente; lamiendo nuestras heridas del pasado que quizá ya sanaron y solo son cicatrices, pero aún las acariciamos de vez en cuando para recordarnos que no nos volverá a pasar.

O quizá, podemos quitarnos ese plumaje que nos mantiene aisladas, levantar nuestros ojos para admirar la Cruz de Cristo y recordar que quien murió por nosotras sufrió rechazo, fue abandonado, se quedó solo para morir en una Cruz que cargaría con los pecados de todos los que miraran a la Cruz en busca de libertad.

Todos, incluyendo a quienes lo habían dejado solo, quienes lo habían rechazado, quienes prometieron no irse y se fueron… Él no se rindió ni se aisló, por amor. Nosotras no estamos fuera de esa lista, nosotras somos como Pedro, como los apóstoles, como los que gritaban ¡Crucifícale! (Lc. 23:21), somos quienes le rechazaban, quienes negaban conocerle… Si no fuera por esa Cruz, seguiríamos perdidas, muertas en nuestros delitos y pecados rechazando al único y suficiente Salvador.

Por Su obra en la Cruz fuimos perdonadas de nuestro rechazo y podemos perdonar a quienes nos han rechazado y extender el mismo amor y gracia que hemos recibido. Por Su obra en la cruz encontramos consolación en Él, “Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo” (1 Cor. 1:5).

Mientras vivamos en este mundo roto, manchado por el pecado y mientras convivamos con otros pecadores seguramente experimentaremos rechazo, traición, nos lastimarán, se burlarán de nosotras, nos excluirán y nos ignorarán de forma evidente; incluso aquellos a quienes les llamamos amigos, con quienes compartimos el pan, a quienes hemos amado a pesar de sus errores y en quienes hemos confiado nuestros secretos, podrán rechazarnos sin piedad.

No estamos exentas de volver a experimentar ese dolor, pero que eso nos lleve a anhelar la vida que vendrá y que nos recuerde que gracias a las buenas nuevas del evangelio ahora podemos entrar confiadamente al trono de la gracia (Heb. 4:16) y llamarle amigo a Cristo, quien no nos traiciona, quien no se va, quien no nos lastima, quien no nos rechaza ni nos deja solas cuando más le necesitamos, quien comprende nuestro dolor y en quien siempre podremos confiar.

Bendito Dios porque nos va perfeccionando día a día haciéndonos más parecidas a Su Hijo, por eso es que podemos ofrecer nuestra amistad a otros, incluso a aquellos que antes nos rechazaron para así mostrar la obra de Cristo en nuestros corazones, por Su gracia y para Su gloria.