La Biblia tiene mucho que decirnos acerca del dinero, y por una buena razón. Encontramos que el dinero tiene una poderosa y única manera de exponer nuestros corazones y desplegar nuestras prioridades. En última instancia, vemos que se reduce a una cuestión de lealtad: “Nadie puede servir a dos señores, porque o bien odiará a uno y amará al otro, o bien se dedicará a uno y despreciará al otro”. No puedes servir a Dios y al dinero (Mateo 6:24). Los cristianos, debemos amar a Dios en vez del dinero, porque “el amor al dinero es la raíz de todos los males” (1 Timoteo 6:10).

La Biblia nos enseña acerca del dinero al advertirnos acerca de la deuda. De hecho, nos ofrece tres grandes lecciones acerca de la deuda.

Sé muy prudente a la hora de endeudarte. Nuestra cultura ofrece un abanico casi ilimitado de oportunidades para endeudarse. Muchas personas están agobiadas por préstamos estudiantiles, préstamos para automóviles e hipotecas. Tienen deudas de tarjetas de crédito y dos o tres tarjetas de tiendas de accesorios electrónicos o de muebles. Antes de que se den cuenta, están hasta las orejas de obligaciones. La Biblia nos advierte que seamos muy, muy cautelosos acerca de endeudarnos. “No estés entre los que dan fianzas, entre los que salen de fiadores de préstamos. Si no tienes con qué pagar, ¿Por qué han de quitarte la cama de debajo de ti?” (Proverbios 22:26-27). El endeudamiento trae riesgos financieros. A veces este riesgo es prudente, como ocurre con un pago razonable de la hipoteca, un préstamo prudente para la puesta en marcha de un negocio o el saldo de una tarjeta de crédito que puede pagarse íntegramente cada mes. Pero la mayoría de las veces no lo es.

El endeudamiento es una carga muy pesada. Aquellos que se endeudan llevan una carga muy pesada. Lo que inicia como una carga financiera, rápidamente se torna en una insoportable carga emocional, e incluso relacional. Muchas personas se acuestan cada noche lamentándose por todo el dinero que gastaron de manera apresurada y preguntándose cómo lo resolverán. Muchas parejas se enfrían y se distancian e incluso se divorcian por el peso de sus malas decisiones financieras. Si tan solo hubiesen guardado en su mente las palabras de Salomón: “El rico domina a los pobres, y el deudor es esclavo del acreedor” (Proverbios 22:7). Cuando alguien te entrega dinero, te quita tu autonomía y reduce tu libertad. Ahora estás atado a ellos en lo que es casi una relación de amo-esclavo que no se resolverá hasta que la deuda haya sido pagada en su totalidad.

Debes pagar tus deudas. Como cristianos, debemos ser verdaderos a nuestra palabra, lo que significa pagar nuestras deudas. Las deudas son una obligación y no podemos alejarnos de ellas. De hecho, debemos hacer todo lo que podamos para pagarlas de acuerdo a los términos exactos que establecimos. “El impío pide prestado y no paga, Pero el justo es compasivo y da”, (Salmo 37:21). Negarse a saldar nuestras deudas es una auténtica maldad, una grave abdicación del carácter cristiano.

El endeudamiento no siempre es malo, pero en la mayoría de los casos no es aconsejable. Lo más sensato es evitar las deudas siempre que sea posible, contraerlas con la máxima precaución y saldarlas lo antes posible.

Los tres subtítulos en este artículo fueron adaptados del libro de Art Rainer “El desafío del dinero”.