Hace varias semanas atrás tomé de mi biblioteca el libro de Henry Scougal (1650-1678) la vida de Dios en el alma del hombre, y lo llevé al trabajo para leerlo en mis 15 minutos de descanso (cuando me detengo a comer). Durante la pandemia se ha vuelto costumbre que mi esposa me traiga la comida al local ¡y ella cocina muy bien! Pero esas semanas al medio día, sus exquisitas recetas fueron opacadas por la dulzura de un plato espiritual que almorzaba mi alma.

Este artículo no es una reseña al libro. Solo quiero compartirles mi corazón sobre algunas verdades que impactaron mi vida luego de meditar esta preciosa carta puritana. Escogí contarles lo que aprendí sobre el título de la carta, Dios, Cristo, el valor del alma, la vida cristiana y la santidad.

El título de la carta

El escritor se dirige a un amigo desconocido por nosotros. Cuando decide tomar pluma y papel, tiene en mente una frase que resume todo su escrito: La vida de Dios en el alma del hombre. Como es costumbre de un buen pensador, él da razones para ello. Y como es de esperar en la tinta puritana, están fundadas en profundas reflexiones teológicas.

La regeneración y conversión es la unión del alma con Dios por medio de la fe en Cristo. Es una verdadera participación de la naturaleza divina, como la unión vital de la vid con sus pámpanos. Es el dibujo de la imagen de Dios en el hombre, el retrato de Cristo en el carácter de la persona. “Es una vida Divina”. El autor explica que escogió este título porque Dios es la Fuente original y Autor de esta vida; el Espíritu Santo es quien imparte con poder esta vida; y porque el alma comienza asemejarse a las perfecciones divinas, “la imagen brillante del Omnipotente en el alma del hombre, un rayo de la Luz eterna, una gota del Océano infinito de bondad, de quienes se puede decir: ‘Dios mora en sus almas y Cristo es formado en ellos’”.

Dios

Dios es presentado como el Objeto de infinito valor para el alma. No es intrascendente para el hombre, es el Sumo Bien. Explícitamente lo llama “Bien infinito” y “Bien supremo”. Por lo tanto, Dios es digno del amor más noble y elevado que el alma pueda ofrecer. Scougal dice que el amor a Dios es una especie de “sensación agradable y afectuosa de las perfecciones divinas”. Es una sensación despertada a través de la contemplación mental de Su gloria, conmoviéndonos a tal punto, que nos lleva a renunciar a nosotros mismos, rendirnos por completo a Él, desear Su complacencia por encima de todas las cosas, deleitarnos en Su presencia, cultivar una íntima comunión con Él y haciéndonos dispuestos a soportar y sufrir cualquier cosa por Él.

El amor a Dios es lo más ventajoso que el alma humana pueda disfrutar en esta vida o en la venidera. Y para sostener este principio, el puritano escocés da cuatro razones:

  1. Los placeres más elevados que el alma pueda conocer surgen de afectos bien colocados en los objetos más puros y dignos para ser amados. Y nadie más puro y digno que Dios.
  2. Los placeres más elevados que el alma pueda conocer surgen de afectos bien colocados en los objetos más valiosos para ser amados. Y nadie tan invaluable como Dios.
  3. Los placeres más elevados que el alma pueda conocer surgen de afectos bien colocados en los objetos más presentes y constantes para ser amados. Y nadie hay como Dios aquí. Él es Omnipresente e Inmutable.
  4. Los placeres más elevados que el alma pueda conocer surgen de afectos bien colocados en los objetos más felices para ser amados. Y nadie más soberano y feliz que nuestro Dios.
  5. Los placeres más elevados que el alma pueda conocer surgen de afectos bien colocados en los objetos más sabios y buenos para ser amados. Y nadie tan sabio y bueno en Sí mismo, y para con nosotros, como Dios.

Cristo

Esta carta es Cristocéntrica. Henry tiene un aprecio especial por el Salvador. Define la verdadera religión como “Cristo formado en nosotros”. Para enfatizar este punto, se enfoca en la vida del Señor registrada en los evangelios. Dice que la vida santa del Salvador en parte fue para enseñarnos, por medio de Su ejemplo, lo que Él exigía de nosotros.

Su amor a Dios. El afecto devoto que tenía por Su Padre consumieron Su alma al punto de renunciar a Su propia voluntad, mantenerse sumiso en el sufrimiento de cruz y moverlo a realizar un sacrificio amoroso por nosotros.

Su dedicación a la oración. Este es uno de los más grandes ejemplos de Su complacencia en el Padre. Su amor convertía en deleite la conversación con el Padre por medio de la oración. Con frecuencia se retiraba del mundo para estar a solas y practicar con placer la oración durante noches enteras. Sin embargo, el Salvador no tenia pecados que confesar, ni estaba lleno de ansiedades a causa de algún trabajo secular. Por lo tanto, el único interés que ponía de rodillas a Jesucristo era Su disfrute del Padre.

Su amor al prójimo. Aquí se diserta sobre la vida del Señor en relación a los hombres. Vendría bien a nuestra generación  tecnológica una dosis de meditación en estos párrafos. Nos volvimos cristianos muy impersonales por causa de las redes sociales. Pero Jesucristo manifestó Su amor al prójimo en toda ternura, compasión, mansedumbre, interés real, atención individual, entrega de tiempo, y una solemne preocupación por el valor del alma y su destino eterno.

Su pureza. Nadie como el Señor en un corazón que ama la justicia y aborrece la maldad. Jamás se halló pecado en Él. Esto se demuestra señalando Su pureza sexual, Su desprendimiento hacia el dinero, el desinterés por la fama social, la indiferencia hacia las posiciones materiales, etc.

Su humildad. Cuando vemos el corazón de Cristo lo hallamos humilde. Y eso se reveló durante Su estadía entre nosotros. Cada reflejo de Su gloria, cada sermón  predicado, cada milagro realizado, cada pecador reprendido, cada amistada con prostitutas y publicanos, cada enemigo soportado, cada malicia recibía, cada injuria sufrida, cada flagelo, burla, corona y cruz cargada: todo ello fue bañado y adorando con la dulce fragancia de la humildad.

Por todo esto, Henry Scougal estalla en una oración:

“¡Oh! Que la vida santa del bendito Jesús sea siempre en mis pensamientos, y delante de mis ojos, hasta que reciba una sensación de profundidad y la impresión de esas excelentes gracias que brillaron con tanta eminencia en Él. Y nunca dejaré mis esfuerzos, hasta que la nueva y divina naturaleza prevalezca en mi alma, y que Cristo sea formado en mí.”

El valor del alma

El pastor escocés escribe: “el valor y la excelencia de un alma ha de medirse por el objeto de su amor.” A nivel personal, conocí esta frase años atrás cuando leí un libro del pastor Piper. Soy un asiduo lector de Piper, y los que leen sus libros sabrán que usa esta frase a menudo para construir sus pensamientos. Pero para los que no lo siguen tanto, paso a explicarles su significado.

Que “el valor de un alma ha de medirse por el objeto de su amor” es una frase objetiva. Esto quiere decir que el valor de nuestra alma no lo determinamos nosotros, sino el objeto de nuestro amor. El hombre moderno puede llamarse a sí mismo excelente y grandioso porque tiene fama, poder, dinero, inteligencia, etc. Pero Dios evalúa las cosas diferente al mundo, Él mira el corazón (1Sam. 16:7). Los ídolos de nuestro corazón delatan nuestra verdadera valía. Por tanto, la excelencia del alma se mide en proporción al valor, belleza, dignidad, pureza, bondad, grandeza y honor del objeto amado.

La idea es simple: si amamos a Dios el valor de nuestro espíritu irá  aumentando en relación a la majestad de Su gloria. Pero quienes aman placeres carnales, riquezas mundanas y gloria humana, pronto se verán rebajados del valor que tienen en sí mismos. ¿Por qué ocurre esto? Porque “un afecto noble y bien colocado mejorará el espíritu en una conformidad con las perfecciones que ama”. Es decir, nos volvemos como aquello que amamos. Eso es lo que llamamos admiración y adoración. Por eso, quien ama, admira y adora a Cristo como el Tesoro incomparable, el Máximo deleite, el Sumo Bien, el Gozo Soberano, pronto verá cómo su alma es transformada de gloria en gloria en la semejanza del Salvador.

La vida cristiana

El discurso de toda la carta gira sobre una declaración peculiar de la vida cristiana. El argumento del escritor se extiende cuando intenta explicar cómo se manifiesta la vida de Dios en la vida diaria del hombre convertido.  Un puede imaginar al pastor con pluma en mano, una tarde de invierno, junto a la chimenea de su hogar, y como si estuviese mirando los arboles plantados en el jardín a través de la ventada de su escritorio escribe:

“La raíz de la vida divina es la fe; las ramas principales son el amor a Dios, el amor para el hombre, la pureza y la humildad. Porque, como una persona observó, estos nombres parecen comunes y vulgares, y no hacen ningún sonido extraordinario. Sin embargo, todavía llevan un sentido tan poderoso que no hay lengua del hombre o de ángel que pueda pronunciar nada más pesado o excelente.”

Luego de estas poderosas líneas, se esmera en explicar cada punto de su definición una y otra vez desde diferentes ángulos. En resumen la vida cristiana consiste de:

  • La fe en Cristo.
  • El amor a Dios.
  • El amor al prójimo.
  • La pureza de vida.
  • La humildad de corazón.

La santidad

Cierto día, mientras llevaba el tenedor a la boca, mis ojos se posaron en la siguiente declaración (que hizo perder el apetito por la comida): “La santidad es el temperamento recto, la constitución vigorosa y saludable del alma.” Querido lector, no sé qué  estás haciendo ahora, ni dónde  estás. Pero detente un segundo, y lee de nuevo esas palabras hasta que penetren en en ti. Vamos léelas…

Si la santidad es el temperamento recto del alma, el pecado es el vicio que la tuerce. Si la santidad es la constitución vigorosa del alma, el pecado es el cancer que la carcome. Si la santidad es el estado saludable del alma, el pecado es la enfermedad manifiesta a través del pensamiento, los afectos y la voluntad.

El cristiano no debe jugar con el pecado. En Argentina hay hombres en las esquinas de las calles que hacen malabares con palos de fuego mientras los autos esperan el semáforo. A diferencia de ellos, el cristiano no debe hacer malabares con carbones encendidos, ni alimentar la llama de la corrupción en su seno. Henry Scougal dice:

“Para que podamos tener nuestras almas más moldeadas a este marco santo, para ser participantes de la naturaleza divina, y para tener a Cristo formado en nuestros corazones, debemos resolver en serio, y con mucho cuidado esforzarnos, por abandonar todas las practicas viciosas […] Cada pecado voluntario da una herida mortal para el alma, colocándonos a una distancia mayor de Dios y la bondad. Nunca esperemos tener nuestro corazón purificado de afectos corruptos, a menos que limpiemos nuestras manos de las acciones pecaminosas.”

Esta afectuosa y espiritual carta ha conmovido mi corazón. He marcado muchas frases en ella, pero mi oración es que esas frases me marquen a mí. Porque lo más importante en el cristianismo es que la vida de Dios en el alma del hombre se manifieste no tanto en palabras y doctrinas, sino en piedad y ejemplo:

“El poder y la vida de la religión puede expresarse mejor en las acciones que en las palabras. Porque las acciones son las cosas más alegres, y representar mejor el principio interno de donde proceden.”