La mayor parte de la vida está definida por el deber. Aunque ciertamente experimentamos muchos placeres y disfrutamos de muchas distracciones, la vida tiene más de deber que de otra cosa. El Dios que nos ha creado y nos ha llamado también nos asigna muchas obligaciones, muchas responsabilidades y muchas tareas. Gran parte de lo que hacemos en un día y en nuestra vida es cumplir con nuestro deber.

Incluso, el mejor de los trabajos y la más satisfactoria de las vocaciones exigen cumplir con nuestro deber. El pastor debe preparar diligentemente los sermones, planificar los servicios, visitar a los miembros de la iglesia, orar. La pregunta clave de su ministerio no es “¿Qué quiero hacer?”, sino “¿Qué debo hacer?”. Para ser fiel a su vocación debe ser cumplidor en ella. Y su deber no termina en su ministerio, porque tiene responsabilidades con su esposa e hijos, con sus amigos y vecinos, con su hogar y sus propiedades. Vive una vida digna cuando considera fielmente sus obligaciones con cada uno de estos grupos y luego las cumple con diligencia.

Si eso es así para el pastor, lo es también para el electricista, el ingeniero, el empresario, para el estudiante, la ama de casa y el jubilado. Lo que es cierto para él y su vida es cierto para nosotros y la nuestra, sin importar los detalles. Cada vida viene con sus responsabilidades y sus oportunidades para cumplirlas. Difícilmente podemos presumir de haber vivido una vida digna si tenemos éxito en lo que nos gusta hacer, pero fracasamos en lo que debemos hacer; si tenemos éxito en nuestras pasiones, pero fracasamos en nuestras obligaciones. Una vida exitosa es la que da cuenta seriamente de sus obligaciones y las cumple con diligencia. Cumpliendo cada día con nuestros pequeños deberes, realizamos nuestros grandes llamados.

Por supuesto, el deber no tiene por qué ser un trabajo pesado. De hecho, no debería ser un trabajo pesado porque cada tarea puede realizarse con los fines más nobles. Los deberes serán un trabajo pesado si los cumplimos simplemente para poder tachar elementos de una lista o marcar una casilla. Pero pueden ser mucho más que eso cuando los cumplimos con la convicción de que es Dios quien nos ha llamado a cumplirlos y que, a través de ellos, hacemos el bien a los demás y damos gloria a Su nombre. Los deberes se convierten en delicia cuando los hacemos de corazón como para el Señor. El llamamiento del cristiano es emprender cada deber no como personas que trabajan simplemente bajo la mirada de los hombres sino como personas que trabajan bajo la mirada de Dios. El privilegio del cristiano es saber que cada deber tiene un gran significado que resuena no sólo en este tiempo, sino también en la eternidad.

Si todos los deberes pueden hacerse para el bien de los demás y la gloria de Dios, entonces ningún deber debe hacerse con quejas. Por muy mundanas o repetitivas que sean nuestras tareas, por muy poco estimulantes o importantes que parezcan, nunca debemos quejarnos de ellas, porque todo lo que Dios nos ha encomendado, quiere que lo hagamos con alegría. Quejarse de la tarea es quejarse de Quien nos la ha asignado. Si nuestra tarea en ese momento es barrer el suelo, entonces no hay nada mejor en el mundo que barrer el suelo. Si en ese momento tenemos que hacer nuestra declaración de impuestos, entonces ese es el deber que Dios nos ha asignado y no hay tarea mejor, ni más importante. Si el deber es llevar consuelo a alguien que está abatido, debemos dejar de lado todo lo demás para realizar esa tarea con excelencia, sabiendo que es Dios quién nos la ha asignado.

El aire que nos rodea está compuesto principalmente de nitrógeno, nuestros cuerpos de oxígeno y la vida de obligaciones. Y al igual que Dios es quien ha creado el aire que respiramos y nuestros cuerpos, es Él quien ha creado nuestras vidas y los deberes que conllevan. El grado en que cumplimos nuestros deberes es el grado en que honramos el propósito que Dios nos ha dado. Según cumplamos con nuestros deberes con deleite, así pasaremos por la vida con alegría en lugar de con resentimiento. Cuando nos regocijamos en la soberanía de Dios sobre cada momento y cada actividad, encontramos sentido y significado incluso en los deberes más pequeños. Es entonces cuando aprendemos que podemos buscarlos y asumirlos con la confianza de que cada uno es importante. Es entonces cuando aprendemos que la única manera de hacer el trabajo de toda una vida es hacer el trabajo de un día, y la única manera de hacer el trabajo de un día es hacer el deber del momento