¿Alguna vez has pensado que la teología es peligrosa? Por años creí la mentira de que la teología produce cabezas grandes y corazones pequeños. Me daba miedo ahondar en ella ya que había escuchado que la teología ensoberbece el corazón, produciendo esterilidad en la adoración. Quizá te identifiques conmigo, puede ser que hayas evitado a toda costa la teología por temor a que te suceda como “x o y” persona, o por temor a perder la pasión por Cristo. Mis amadas, realmente creo que hay pocas mentiras más dañinas que esta.

La palabra “Teología” esta compuesta por “theo”, que significa Dios, y “logos”, que significa conocimiento. Podemos entonces definir la teología como el conocimiento de Dios. Martyn Lloyd Jones dijo: “¿Le tienes miedo a la palabra teología? Bueno, si es así, ¡Hay algo mal contigo! Teología significa conocimiento de Dios y ese debería ser el mayor deseo de todo cristiano”

Antes de proceder, quiero hablarte a ti que has visto de cerca el orgullo que algunos estudiosos pueden desplegar. No quiero sonar insensible, de verdad entiendo el temor que le tenemos a la teología, yo misma lo tuve. Conocí a algunos jóvenes engreídos por estudiar en el seminario o por leer ciertos autores y, fui testigo de cómo andaban por la vida criticando con severidad y considerando a los demás hermanos como menores. Abriéndoles mi corazón, yo misma fui una de esas personas que fue duramente criticada por mi falta de entendimiento sobre muchas doctrinas bíblicas, y por la falta de gracia que encontré en estas personas; me cerré a términos como “teología”, “seminario”, “doctrina”, “reforma”, etc.

Es verdad que lo que yo necesitaba en ese tiempo era a alguien que con amor me corrigiera, enseñara y alentara en la Palabra. Sin embargo, Dios obra misteriosamente y usó esas críticas sin gracia para darme cuenta de mi error. Dios me hizo entender que al temerle a la teología demostraba que había algo mal en mi corazón. Poco a poco comprendí que, a pesar de los malos ejemplos, la teología es buena y absolutamente indispensable.

Amada hermana, la teología no es la causante del orgullo, el corazón humano lo es. Jesús dijo claramente en Marcos 7:15 que… “No hay nada fuera del hombre que al entrar en él pueda contaminarlo; sino que lo que sale de adentro del hombre es lo que contamina al hombre.” Y más adelante, en los versículos 20-23, continuó diciendo “Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de adentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaños, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo e insensatez. Todas estas maldades de adentro salen, y contaminan al hombre”.

La teología no contamina al hombre, el orgullo no entra por la teología, más bien sale de nuestro corazón. De hecho, entre más tiempo pasa, más compruebo que la solución para nuestro orgullo es precisamente la teología. El antídoto para destruir nuestra arrogancia es el verdadero conocimiento de Dios, ya que al crecer en nuestro entendimiento de Dios también crecemos en nuestro entendimiento de nuestra realidad de debilidad y dependencia a Él.

Vemos este ejemplo en el teólogo por excelencia, Pablo. Antes de conocer a Cristo, él encontraba su confianza en sí mismo y se enorgullecía grandemente de su desempeño y conocimiento. Después, en Su gracia Dios lo salva, y a partir de ahí, vemos en sus cartas como su conocimiento de Dios (su teología) continuó creciendo hasta su muerte. Sin embargo, podemos apreciar que entre más conocía a Dios, más humilde se hacía, llegando a considerarse el peor de los pecadores y considerando a todos como mayores que sí mismo. ¡No hay conocimiento que remedie más nuestro orgullo que el conocimiento de Dios!

Pero hay algo más que he comprobado, y es que, a la vez que el Espíritu Santo va destruyendo nuestro orgullo por medio de Su Palabra, también va edificándonos como adoradores por medio de ella. Siguiendo el mismo ejemplo de Pablo vemos que entre más crecía su teología, más crecía su apreciación de Cristo. Pablo comprendía cada vez más la santidad de Dios y la grandeza de su pecado, y entre más crecía su comprensión de la brecha entre Dios y él, el valor de Cristo y su evangelio se agrandaba en su vida. Sin duda Pablo fue uno de los mayores teólogos de la historia, pero lo más estimulante de él fue que su teología se evidenció en una vida de adoración.

La Palabra nos enseña que el fin último del hombre es glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre, por lo que no sería un atrevimiento concluir que el fin de la teología es la adoración. Las verdades gloriosas de la Biblia están para estimularnos a la exaltación, a la obediencia y al disfrute de Dios. La teología está para encender nuestro corazón por el Dios vivo y hacernos cantar. La teología y la doxología (la adoración) son las dos caras de una misma moneda, van de la mano y jamás deben de ser separadas.

Pero ¿qué pasa cuando experimentamos un divorcio entre ambas? Es peligrosa esta separación puesto que no va acorde al evangelio de Jesucristo. Podríamos decir que parte de la obra de Jesús fue enseñarnos una correcta teología; desacreditó la falsa teología de los fariseos, nos mostró el carácter del Padre, alumbró para nosotros el Antiguo Testamento, nos enseñó verdades acerca de Él, de nosotros y de su reino, y su evangelio, pero no sólo eso, sino que también por Su obra, hizo posible nuestra adoración. Él nos hizo “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciemos las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable” (1 Pe 2:9). Separar la teología y la doxología es una afrenta contra la obra de Jesucristo.

Un teólogo estéril en la adoración podrá estar lleno de hechos y verdades bíblicas, pero si estas realidades no moldean su vida, este teólogo carece de una relación personal con el Dios de su teología. Este podrá haber gustado de la palabra de Dios, pero su falta de adoración evidencia que jamás fue nutrido por ella. Por otro lado, un adorador sin conocimiento del Dios de las Escrituras, y Su evangelio, adora a un dios imaginario conforme a sus propios pensamientos, deseos, conveniencias y maneras, ignorando al Dios bíblico y Su voluntad. Ambos casos evidencian corazones en incredulidad, y no regenerados. Si te identificas con alguno de estos casos, hay esperanza para ti en Cristo. Amiga, Jesús cargó en sí mismo todo nuestro pecado y nuestra culpa, arrepiéntete de tus pecados, pide perdón a Dios, abandona tu confianza en ti misma y deposítala en Jesucristo para salvación. Maravíllate en el Dios de las Escrituras, que, siendo tan santo y justo, dio a su único hijo como nuestro sustituto, para que por Su muerte vivamos, por Su herida seamos sanados, y por Su castigo seamos perdonados. ¡No hay mayor amor que el que Dios mostró a terribles pecadores como nosotros! Esta buena noticia produce adoración aún en el más pequeño de los santos.

Corazones fríos

Pero ¿qué de los creyentes cuya teología ha dejado de agitar sus corazones? ¿Qué de las ocasiones en donde mi propio corazón está frío ante la teología que abrazo?

Aún en Cristo es posible que experimentemos algunas temporadas de frialdad. Creo que principalmente puede haber dos razones para esto: la primera es que hayamos abrazado algunas doctrinas defectuosas, es decir, enseñanzas que no van acorde con la revelación de la Palabra. Enseñanzas que en vez de exaltar a Cristo y descansar el alma del creyente, exalte al hombre, menosprecie a Cristo, y traiga un pesar al creyente. La falsa doctrina obstruye nuestra adoración al Dios verdadero, y nos esclaviza al pesado yugo de la adoración a falsos dioses. Para evitar esto filtremos cada enseñanza que recibamos por la Palabra de Dios.

La segunda razón es que hayamos dejado a un lado la contemplación de Cristo mediante la meditación y oración. Estoy convencida de que el puente entre la teología y la adoración es la meditación. La meditación cristiana es imprescindible para el creyente puesto que nos obliga a detenernos para considerar las verdades a las que la Palabra nos expone, permitiendo que informen nuestros pensamientos y voluntad. Si nuestra vida devocional consiste meramente en leer versículos sin detenernos a contemplar la gloria de Cristo en ellos, nos estamos perdiendo de la belleza que conmueve nuestras almas y que nos estimula a la adoración.

Hermana, no ignoro la gran lucha en nuestra mente. De este lado del cielo es un desafío real disciplinar nuestra mente a la contemplación. Sé que nuestra mente no glorificada es propensa a vagar de un lado a otro en cuestión de milisegundos, por lo que, esforzándonos en la gracia tenemos que ejercitarla conforme a Filipenses 4:8: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten.” ¿Qué pensamientos más nobles podemos tener que todos los concernientes a Cristo? Entre más abunde la Palabra en nuestros corazones más pensamientos de Cristo podremos tener en nuestras mentes. Entre más abunde Cristo en nuestras mentes, más abundará Cristo en nuestro corazón y nuestras acciones.

Teología que santifica

Concluimos que, con la ayuda del Espíritu Santo, la teología no ensoberbece el corazón produciendo esterilidad en la adoración, todo lo contrario, nos santifica y produce en nosotros adoración. Esto porque el pináculo de la teología es Cristo y su evangelio, y no hay ninguna revelación de la gloria de Cristo que no incite a la adoración y que no nos transforme para siempre. Amadas, no temamos a la teología, al contrario, busquemos siempre crecer en el conocimiento de Dios, pues entre más conocemos a Dios más le amamos.

¿Cómo crecemos en el conocimiento de Dios? Por medio de la Biblia y la ayuda del Espíritu Santo. Por lo que será muy importante desarrollar hábitos diarios de devoción con Dios mediante la lectura, meditación y oración. ¡Gracias a Dios que aún en esto Él nos ayuda!

Por último, te invito a que no termines de leer este artículo y vuelvas a tu rutina, toma un tiempo para presentarte a Dios en oración, pidiéndole perdón si has temido o menospreciado la teología que Él en Su gracia hizo accesible para nosotros mediante Su Palabra. Pídele que te ayude a crecer en el conocimiento de Él, que capacite tu mente para poder meditar más tiempo en las excelencias de nuestro Señor y Salvador, y que tu corazón sea avivado ante la exposición de Sus Palabras. Pide a Dios que puedas responder a Él con una vida de adoración; una vida de disfrute, asombro y obediencia gozosa.