Nota editorial: Este es el cuarto artículo de la serie devocional titulada: Amor hasta el extremo del pastor John Piper, publicada también en inglés


Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Porque a duras penas habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.  (Romanos 5:6-8)

Al reflexionar sobre el amor de Cristo por nosotros, y las diferentes formas como la Biblia nos lo presenta, he visto cuatro maneras en las que se revela la profundidad del amor de Cristo.

En primer lugar, conocemos la profundidad del amor de alguien por nosotros por lo que le cuesta. Si sacrifica su vida por nosotros, nos demuestra un amor más profundo que si solo hace el sacrificio de unos cuantos magullones. Así que vemos la profundidad del amor de Cristo a través de la grandeza de lo que le costó.

En segundo lugar, conocemos la profundidad del amor de alguien por nosotros por lo poco que lo merecemos. Si lo hemos tratado bien toda nuestra vida, y hemos hecho todo lo que Él espera de nosotros, entonces cuando nos ame, no demostrará tanto amor como lo haría si nos amara cuando lo hemos ofendido, rehuido y despreciado. Cuanto menos merecedores somos, más sorprendente y profundo es Su amor por nosotros. Así que vemos la profundidad del amor de Cristo en relación con lo indignos que somos los objetos de Su amor (Romanos 5:5-8).

En tercer lugar, conocemos la profundidad del amor de alguien por nosotros a través de la grandeza de los beneficios que recibimos al ser amados. Si nos ayudan a aprobar un examen, nos sentiremos amados en un sentido. Si nos ayudan a conseguir un trabajo, nos sentiremos amados de otra manera. Si se nos ayuda a escapar de un cautiverio agobiante y se nos da la libertad para el resto de nuestra vida, nos sentiremos amados de otra manera. Y si somos rescatados del tormento eterno y se nos da un lugar en la presencia de Dios con plenitud de gozo y deleites para siempre, conoceremos una profundidad de amor que supera a todos los demás (1 Juan 3:1-3). Así que vemos la profundidad del amor de Cristo a través de la grandeza de los beneficios que recibimos al ser amados por Él.

En cuarto lugar, conocemos la profundidad del amor de alguien por nosotros por la libertad con la que nos ama. Si una persona hace cosas buenas por nosotros porque alguien le obliga, cuando realmente no quiere hacerlo, entonces no creemos que el amor sea muy profundo. El amor es profundo en proporción a su libertad. Así que si una compañía de seguros te paga 40.000 dólares porque pierdes a tu cónyuge, no sueles maravillarte de lo mucho que te quiere esta compañía. Había obligaciones legales. Pero si tu clase de escuela dominical te hace todas las comidas durante un mes después de que tu cónyuge muera, y alguien te llama todos los días, y te visita todas las semanas, entonces lo llamas amor, porque no tienen que hacerlo. Es gratuito y voluntario. Así que vemos la profundidad del amor de Cristo por nosotros en su libertad: “Nadie me la quita (la vida), sino que yo la doy de mi propia voluntad” (Juan 10:18).

Para llevar esta verdad al límite, permítanme citarles un salmo que el Nuevo Testamento aplica a Jesús (Hebreos 10:9). Se refiere a su venida al mundo para ofrecerse como sacrificio por el pecado: “Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío…” (Salmo 40:8). La libertad plena trae gozo. Él se alegró de hacer su obra redentora por nosotros. El dolor físico de la cruz no se convirtió en placer físico. Pero a Jesús le sostuvo el gozo en todo momento. Él realmente quería salvarnos. Reunir para sí un pueblo feliz, santo y que lo alabe. Mostró su amor como un marido que anhela a su amada esposa (Efesios 5:25-33).