Los tiempos están cambiando. La moral sexual está sufriendo nada menos que una revolución a medida que la moral tradicional da paso a algo radicalmente diferente. La moral anterior, basada en las Escrituras cristianas, está siendo puesta  a un lado por una nueva que no sólo se aparta de la Biblia, sino que la rechaza rotundamente. Mientras tanto, los cristianos que se rigen por esas morales sexuales tradicionales son vistos cada vez más como marginados, gente atrasada y peligrosamente aferrada a principios antiguos y opresivos. Todo esto es muy desconcertante.

Matthew Rueger se mete en la discusión con su libro Sexual Morality in a Christless World [La moral sexual en un mundo sin Cristo]. Aunque en los últimos años no han faltado libros sobre cómo vivir de este lado de la revolución sexual, Rueger ofrece algo único al examinar y explicar el trasfondo histórico y cultural de la enseñanza del Nuevo Testamento sobre la moral sexual. De esta manera, muestra que la moral sexual cristiana no siempre ha sido tradicional, sino que en algún momento fue su propia revolución. En otras palabras, los cristianos han estado aquí antes, y hay mucho que podemos aprender de nuestra propia historia.

Rueger se dirige primero al contexto romano en el que vivían los primeros cristianos y en el que se escribió la Biblia. Aquí ofrece un examen fascinante e inquietante de lo que la cultura romana consideraba bueno y normal. «El clima sexual de Roma es un modelo de la utopía por la que luchan los “progresistas” sexuales de hoy». Sin embargo, no era nada utópico. Muestra que «en la mente romana, el hombre era el conquistador que dominaba tanto en el campo de batalla como en el dormitorio. Era fuerte, musculoso y duro en cuerpo y espíritu. La sociedad sólo lo despreciaba cuando parecía débil o suave». A los hombres respetables se les permitía tener relaciones sexuales con casi cualquier persona, siempre que fueran los autores en lugar de los receptores de tales actos sexuales.

El matrimonio existía, por supuesto, pero no se trataba primero de amor mutuo, sino de la provisión de un heredero. Una forma de amor mucho más pura era el amor de un hombre por un niño, por lo que surgió una cultura de pederastia en la que los hombres adultos mantenían relaciones sexuales abiertas con niños adolescentes. La prostitución estaba desenfrenada. La violación estaba muy extendida y aceptada, siempre que un hombre violara a alguien de menor estatus. En muchas maneras, la moral sexual romana era aborrecible y uno de sus rasgos más destacados era que el fuerte dominaba al débil.

Y entonces aparecieron los cristianos. Los cristianos comenzaron a enseñar que los hombres debían ser castos, que la homosexualidad y la pederastia eran pecaminosas, que los hombres debían amar y honrar a sus esposas, que las esposas y los esposos tenían igual autoridad sobre los cuerpos unos a otros. Tal enseñanza no sólo se consideraba como represiva, sino como totalmente desestabilizadora para el sistema romano. No es de extrañar, entonces, que toda la cultura se volviera contra los cristianos. «Aunque la moral cristiana promovía un amor genuino de entrega de sí mismo y era positiva para la sociedad, no obstante, ponía al pueblo de Cristo en contra de la cultura preponderante. A los romanos no les gustaba que les dijeran que algunas de sus actividades favoritas eran desagradables al Dios cristiano, y se opusieron». Y aquí es donde podemos extraer lecciones importantes para nuestros días, pues también hoy la moral sexual cristiana se considera desestabilizadora para la cultura que nos rodea, como un grave pecado social.

Y hasta ahora sólo hemos hablado del primer capítulo. En el capítulo 2 Rueger establece el contexto judío, mostrando que la moral cristiana era casi tan opuesta al judaísmo contemporáneo como a Roma. Esto era especialmente cierto al otorgar igualdad de derechos entre hombres y mujeres, al proteger a las mujeres contra el divorcio y al descartar las nociones de pureza sexual que dañaban a las mujeres. De nuevo, el cristianismo ofrecía una moral sexual amable y equitativa y que protegía a los débiles y marginados.

Y con todo ello en su lugar, Rueger ahora pasa a analizar los textos del Nuevo Testamento sobre la sexualidad. Con todo ese contexto, es capaz de mostrar cómo estas enseñanzas cristianas eran totalmente contraculturales, cómo eran de radicales, y no tradicionales. Muestra cómo la moral sexual cristiana ayudó a los individuos, ayudó a los marginados, ayudó a la sociedad—fue una tremenda bendición para todos. Sin embargo, los cristianos sufrieron porque sus puntos de vista fueron vistos como desestabilizadores y dañinos. Aunque hoy vemos que su moral fue en realidad una bendición, en aquel momento se consideraba una maldición. Y los cristianos sufrieron terriblemente por ello.

El resto del libro pasa de las raíces de la moral sexual cristiana a la moral sexual moderna, ofreciendo la alternativa bíblica a la revolución de la sociedad. Rueger dice: «Mi deseo al escribir este libro es ayudar a los cristianos a participar en el mundo que les rodea en una discusión razonable». Lo hace muy bien. Y su mayor contribución es ayudarnos a entender que no es la primera vez que los cristianos están en desacuerdo con la cultura. No es la primera vez que el entendimiento bíblico del sexo y la sexualidad ha causado que la cultura se vuelva contra los cristianos, que los considere desleales, que los empuje a una condición de marginalidad. Por eso necesitamos libros como éste para interpretar los tiempos y equiparnos para hoy y para los días venideros. He disfrutado mucho con esta obra y la recomiendo ampliamente.