Aun un lector eventual puede ver que la Biblia está llena de mandatos, prohibiciones y expectativas. Nos dice qué hacer y qué no hacer. Estas reglas o leyes frecuentemente representan un obstáculo para la fe. Los no cristianos se oponen al cristianismo porque parece que solo tiene “un sinnúmero de normas y reglas”. Y aún los cristianos fieles luchan para entender cómo es que la ley de Dios y el evangelio de Dios se relacionan. Después de todo, si estamos reconciliados con Dios por gracia y no por obras, ¿realmente importa si obedecemos o no?

Cuando no entendemos la relación entre la ley y el evangelio somos llevados a dos errores opuestos pero igualmente destructivos: el legalismo y el libertinaje. Las personas legalistas continúan viviendo bajo la ley, creyendo que la aprobación de Dios de alguna manera depende de lo correcto de su conducta. Las personas libertinas descartan la ley, creyendo que, porque están “bajo la gracia”, las reglas de Dios no importan mucho. Estos dos errores han existido desde los tiempos de los apóstoles. Gálatas, un libro de la Biblia, fue escrito para combatir el error del legalismo: “¿Tan torpes son? Después de haber comenzado con el Espíritu, ¿pretenden ahora perfeccionarse con esfuerzos humanos?” (Gálatas 3:3). Romanos, otro libro de la Biblia, presenta el error del libertinaje: “Entonces ¿qué? ¿Vamos a pecar porque no estamos ya bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera!” (Romanos 6:15).

Tanto el legalismo como el libertinaje son destructivos para el evangelio. Para evitar estas dificultades debemos entender la relación bíblica entre la ley y el evangelio. En una frase, así es cómo Dios ha diseñado que funcionen: la ley nos conduce al evangelio y el evangelio nos libera para obedecer la ley. Darnos cuenta de todo lo que Dios espera de nosotros nos debería llevar a Cristo desesperadamente. Pero una vez unidos a Cristo, el Espíritu Santo que mora en nosotros nos lleva a deleitarnos en la ley de Dios y nos da poder para obedecerla. En su comentario sobre Romanos, Martín Lutero lo resume de esta manera: “La ley, bien entendida y comprendida en profundidad, no hace nada más que recordarnos nuestro pecado, matarnos por medio de él y convertirnos en objetivos de la ira eterna… La ley no puede ser guardada por el poder humano, sino solo a través de Cristo, quien derrama al Espíritu Santo en nuestros corazones. Cumplir la ley… es hacer Sus obras con placer y amor… [las cuales] son puestas en nuestro corazón por el Espíritu Santo”. [1]

Lee la última frase una vez más: “Cumplir la ley… es hacer Sus obras con placer y amor”. Saber lo que Dios requiere no es suficiente. Obedecerlo “porque se supone que es lo que tenemos que hacer” no es suficiente. Cumplir verdaderamente la ley significa obedecer a Dios con placer y amor, porque el Espíritu Santo mora en nosotros. “Me agrada, Dios mío, hacer Tu voluntad; Tu ley la llevo dentro de mí” (Salmo 40:8).

¿Cómo llegamos a ser aquellas personas que aman a Dios y se deleitan en su ley? La respuesta es: a través del evangelio.

En primer lugar, es a través del evangelio que nos damos cuenta de nuestra desobediencia a la ley de Dios. El primer paso en el camino del evangelio es darse cuenta de que “todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), y que nuestra desobediencia a la ley de Dios nos deja bajo maldición: “Todos los que viven por las obras que demanda la ley están bajo maldición” (Gálatas 3:10).

En segundo lugar, es a través del evangelio que somos liberados de la maldición de la ley. Estas son las buenas nuevas del evangelio: Dios está dispuesto a perdonarnos si nos volvemos a Jesús y somos justificados —declarados “no culpables” ante los ojos de Dios— por la fe en Él. “Cristo nos rescató de la maldición de la ley al hacerse maldición por nosotros, pues está escrito: ‘Maldito todo el que es colgado de un madero’. Así sucedió, para que, por medio de Cristo Jesús, la bendición… llegara… y para que por la fe recibiéramos el Espíritu según la promesa” (Gálatas 3:13-14). Jesús no solo expió nuestras imperfecciones, sino que además consiguió nuestra perfección a través de Su obra en la cruz. Y por Su resurrección nos ha liberado para siempre, para vivir por Él (2 Corintios 5:14-15). La ley ya no nos juzga. Dicho en lenguaje bíblico: ya no estamos “bajo la ley” (Romanos 6:14).

En tercer lugar, es a través del evangelio que Dios envía al Espíritu Santo a habitar en nosotros, transformando nuestros corazones, permitiéndonos amar verdaderamente a Dios y a los demás. Como resultado de nuestra justificación por fe “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5). Comúnmente leemos la frase “el amor de Dios” en estos versículos como el amor de Dios para nosotros. Pero contextual y lingüísticamente hablando, esta frase también tiene el sentido del “amor que viene de Dios” o “el amor por Dios”. Puesto que Dios nos ama, ha puesto en nuestros corazones Su propia capacidad de amar y deleitarse en Sí mismo. Jesús oró que el mismo amor que Dios Su Padre tiene por Él estuviera en nosotros: “Yo les he dado a conocer quién eres… para que el amor con que me has amado esté en ellos, y Yo mismo esté en ellos” (Juan 17:26).

Un verdadero cristiano obedece la ley de Dios, pero no por obligación ni por deber, sino por amor, porque “el amor es el cumplimiento de la ley” (Romanos 13:10). Tanto el legalismo como el libertinaje están fundamentalmente centrados en ser humano. Los legalistas y los libertinos no están enfocados en deleitarse en Dios ni en la ley, sino que están centrados en sí mismos: “Guardo la ley”, o: “No guardo la ley”. Pero el evangelio nos libera de nuestro “ensimismamiento” y nos hace ver hacia afuera. Vemos que la ley de Dios no es para restringirnos sino para liberarnos, es “la ley perfecta que da libertad” (Santiago 1:25). Es una ley que nos apunta a Jesús.

Romanos 10:4 dice: “Cristo es el fin de la ley, para que todo el que cree reciba la justicia”. En otras palabras, el propósito de la ley es llevarnos a Jesús. Cuando realmente entendemos lo que estos versículos están diciendo, empezamos a ver que cada mandato en la Biblia nos apunta a Jesús, quien cumple ese mandamiento por nosotros y en nosotros. Él es nuestra justicia. No tenemos que construir una propia.

No somos capaces de hacer lo que la ley nos manda, pero Jesús lo ha hecho por nosotros. Y puesto que Él vive en nosotros por Su Espíritu, hemos sido capacitados para cumplir la ley, no por obligación, sino por deleite. Así que cada mandato en las Escrituras nos señala nuestra propia ineptitud (la línea inferior del gráfico de la cruz), engrandece la naturaleza santa y buena de Dios (la línea superior del gráfico de la cruz), y nos lleva a ver a Jesús como el Único quien perdona nuestras desobediencias y nos ayuda a obedecer. En otras palabras, la ley nos acerca a Jesús y Jesús nos libera para obedecer la ley.

Este artículo fue extraído del libro La vida centrada en el evangelio publicado por Poiema Publicaciones. Además, puedes leer más artículos sobre este tipo de libros en El Blog de Poiema.

[1] Martín Lutero, Commentary on Romans [Comentario a Romanos], J. Theodore Mueller, trad. (Grand Rapids: Kregel Publications, 2003), xxiii, xv, 110.