La ira que experimenta todo ser humano es parte del ser creados a la imagen de Dios. Sin embargo, como seres pecaminosos, nosotros la mayoría de las veces expresamos la ira de una forma contraria a la forma que Dios la expresa. 

Entendiendo la ira 

Como vemos en la Biblia, Dios tiene ira santa en contra del pecado y nos ha creado con la capacidad de airarnos, pero sin pecar (Ef. 4:26) Esto quiere decir que cuando vemos injusticias en otros y en nosotros mismos, cuando vemos pecado, es bíblico tener un enojo que nos lleve a glorificar a Dios mirándolo a Él, clamando a Él por sabiduría para mostrar descontento con el pecado apuntando a las personas a la gracia, rectitud, justicia y amor de Dios.  

Por otro lado, la ira pecaminosa como todo pecado, se origina con el orgullo al ponernos en el lugar de Dios y se manifiesta al nosotros temer cualquier cosa que amenace nuestra felicidad, confianza, comodidad, estabilidad, reputación. Pensamos erróneamente poder ponernos en el trono de Dios y atacamos lo que sea, o a quien sea que amenace contra nosotros. Nos olvidamos de Dios.  

En cambio, la ira que glorifica a Dios, es una ira que tiene como foco que Dios ha sido insultado, negado, o blasfemado con el pecado de otro. Por consecuencia, esto nos lleva a Dios primero, luego con un deseo de glorificar a Dios a orar por la persona y pedirle a Dios sabiduría para saber cómo y si debemos confrontar este pecado con gracia, verdad y temor de Dios.  

Es necesario hacer esta distinción, ¿estoy enojado porque la persona pecó contra mí primeramente y amenazó contra mí, o está mi mirada puesta en Dios y me duele por sobre todo que han pecado contra Dios?  

La realidad del corazón humano es que muy pocas veces nuestro primer instinto es enojarnos con la motivación y actitud correctas. Por eso necesitamos a Dios y la buena noticia es que, si estamos en Cristo confiadamente entramos al trono de gracia, y es una promesa que Él será nuestra ayuda (Heb. 4:16). 

 

La ira pecaminosa afecta nuestras relaciones 

Ningún ser humano escapa la tentación de airarse y pecar. Algunos pueden pensar que no luchan con una ira desenfrenada, pero tenemos que reconocer que cada persona es diferente y se enoja de diferentes maneras. Muchos explotan con palabras y actitudes iracundas, otros por orgullo entierran la ira en su corazón, y para no “hacer problemas”, callan y guardan los resentimientos en su corazón.  

Todos estamos en una de esas dos situaciones, o en ambas, dependiendo la situación y la persona con quien nos airamos. La palabra es muy clara al hablar de la ira como algo que debemos matar. Proverbios 14:17 dice: El hombre pronto a la ira obra neciamente, Y el hombre de malos designios es aborrecido. Proverbios 16:32 Mejor es el lento para la ira que el poderoso, Y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad”.  

Entonces, es importante ver la ira pecaminosa a la luz de la Palabra y pedirle a Dios con un clamor honesto que nos ayude a remover de raíz el orgullo en nuestro corazón que nos impide ponerlo a Él en el lugar correcto de nuestra vida para que el gobierne nuestros deseos, anhelos y planes.  

La ira pecaminosa es un problema del orgullo, pues cuando alguien atenta contra nuestros deseos, agenda o reputación, nosotros quitamos a Dios del trono de nuestro corazón y peleamos, nos defendemos, tomamos venganza para corregir el daño que se nos han hecho. Quitamos de nuestro corazón y nuestra mente a Dios completamente y nos hacemos nosotros el centro de nuestra vida.  

Entonces pecamos contra Dios y contra otros queriendo justicia por y para nosotros mismos, como dice Gálatas 5:15Pero si ustedes se muerden y se devoran unos a otrostengan cuidado, no sea que se consuman unos a otros. Este versículo está puesto en medio de dos verdades que contrastan este “morderse y devorarse”, y es la manera que podemos glorificar a Dios desechando la ira pecaminosa en nuestras relaciones. 

Glorificamos a Dios en nuestras relaciones desechando la ira pecaminosa 

Sabemos que Dios tiene una ira santa en contra del pecado y que Él ha enviado a su hijo a morir. Su ira santa fue puesta sobre SHijo quien pagó por los pecados de sus hijos y así los libero de la condena justa de Dios. Por la sangre derramada de Cristo Dios nos ha dado vida, vida abundante en Él para que ahora le amemos, le obedezcamos y “amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos” (Gal. 5:14) 

Entonces, si ya la ira de Dios ha sido satisfecha por su Único Hijo y ahora el Hijo gobierna al lado del Padre en gloria, ¿porque nosotros nos esforzamos tanto en traer justicia por nuestras propias manos? Nosotros debemos ser rápidos en pedir perdón a Dios y a quienes ofendemos cuando nos airamos y pecamos. Debemos arrepentirnos sin justificarnos o victimizarnos, pues por medio del arrepentimiento genuino Dios obra transformación en nosotros. 

Esta transformación se ve a medida que el deseo de nuestro corazón es glorificar a Dios cuando decimos, “toda justicia es tuya Señor y yo quiero agradarte en como respondo cuando veo injusticia y pecado”. Al clamar a Él y creer en sus promesas que Él está a favor nuestro para darnos todo poder para obedecerle, nosotros podemos actuar en amor, en gracia y en verdad (Gál. 5:16) 

Podemos usar los momentos en los que vemos pecado en otros para primeramente orar que Dios revele actitudes de pecado en nuestro corazón, orar por la persona que ha ofendido o pecado, y orar para que Dios nos de sabiduría para saber si es el momento, el lugar y la ocasión para confrontar a esa persona en amor.  

No ignoramos el pecado, no lo dejamos guardado en nuestro corazón para dar lugar a la amargura, ni tampoco explotamos demandando justicia o queriendo cambiar a quien ofendió. No. Con las fuerzas y el poder del Espíritu Santo con el que todo creyente ha sido sellado, traemos esa ofensa, nuestra amargura y enojo y lo sometemos a Dios. Le pedimos que nos de un corazón limpio y confiado en Él para que seamos un vehículo de reconciliación, no de condena.  

Solo Él puede ayudarnos. Dependemos completamente en Él, y Él promete estar en y con nosotros. ¡Ten misericordia de tu pueblo Señorrefínanos para que te imitemos en amor y gracia!