Tus ojos contemplarán al Rey en Su hermosura” (Isaías 33:17).

 

¿Qué es bello? ¿Qué es hermoso? Vivimos en una época donde la belleza definida sobre valores superficiales. El efecto de la revolución sexual, el consumismo masivo y la fiebre por la prosperidad, han socavado nuestra capacidad para deleitarnos en las realidades espirituales que nos definen como cristianos. Los ojos de la fe se han oscurecido en muchos y no pueden divisar el gozo inextinguible que ofrece el cielo. Necesitamos recuperar con urgencia nuestro enfoque en la majestad de Cristo.

La contemplación de Cristo es el sumo bien del hombre, el énfasis de la Biblia, el conocimiento de la gloria de Dios, el objetivo de la fe, la quintaesencia del cristianismo, la vida del alma, la felicidad del corazón, la sabiduría de la mente, la bienaventuranza de la oración, la esperanza del cielo y la luz del evangelio (2 Cor. 4:4).

Isaías nos presenta a Cristo como Rey (Isaías 33:17). Cristo es Rey grande sobre toda la tierra” (Sal. 47:2), “Rey de las naciones” (Jer. 10:7), Rey “santo” (Sal. 89:19), “Soberano” (1 Tim. 6:17), “eterno, inmortal, invisible [y] único Dios” (1 Tim. 1:17).

Pero el profeta Isaías no se solamente hace esa afirmación, sino que además pronuncia una promesa: nuestros ojos contemplarán la hermosura del Rey. Ver la hermosura de Cristo es ver Su gloria: “Ellos verán la gloria del SEÑOR, la majestad de nuestro Dios” (Is. 35:2). Ver a Cristo es ver la perfección: en Él no hay deformidad, ni arruga; no hay oscuridad o negrura.

Por lo tanto, apropiémonos de esta promesa divina y meditemos en la hermosura de Cristo.

 

La hermosura de Su mente

Para contemplar la belleza de Cristo hay que comenzar en Su mente. Porque los pensamientos de una persona manifiestan la dulzura de sus inclinaciones y la disposición natural de su espíritu (Pro. 23:7). Aquí apreciamos la humildad de Jesucristo.

Ningún hombre puede desvelar este misterio, porque solo el Espíritu de Cristo conoce los pensamientos que hay en Él (1 Cor. 2:11). Por lo tanto, necesitamos reflexionar en las Escrituras para conocer la mente de Cristo (1 Cor. 2:14).

El acto más grande en el universo que revela la mente de Cristo fue cuando el Hijo, que existía en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como algo a que aferrarse. Por voluntad propia el Señor se paró del trono y comenzó a despojarse a Sí mismo de Su manto, cetro y corona reales. Vino al mundo vestido de carne y sangre; y velada Su gloria, continuó vaciándose a Sí mismo hasta tomar forma de esclavo, privándose de desplegar todas las perfecciones de Su Majestad. Pero tal era Su dócil disposición, que se humilló haciéndose obediente hasta la muerte de cruz (Fil 2: 6-8).

Esta verdad adquiere su peso cuando recordamos que Cristo, antes de Su encarnación, estaba sentado en el Trono del universo como único Soberano, rodeado de serafines. Su estado era glorioso, Su nombre adorado, Sus riquezas infinitas, Su señorío absoluto (Is. 6:2-3). Pero nada de esto ensoberbeció Su mente, sino que Su cabeza estaba coronada por la humildad. Así de hermosa es Su esencia; por eso lo llamamos Rey “humilde” (Zac. 9:9). ¡Ah lector, admira el despojo de Cristo y sé humilde!

 

La hermosura de Su corazón

La belleza de Cristo también se contempla conociendo Sus afectos. Porque la belleza de una persona se mide en proporción al objeto en donde deposita su amor. Y Jesucristo ama la gloria de Su Padre por sobre todo lo demás en el universo.

Cristo ama a Dios con todo Su corazón (Mt. 22: 37-38). Él se deleita en Dios (Sal. 21:6), ama la santidad de Dios (Heb. 1:9), escoge estar a solas con Dios (Mr 1:35), atesora la Palabra de Dios (Sal. 40:8) y ama al pueblo de Dios (Ef. 5:25). Dios dice de nosotros: “Estos hombres han erigido sus ídolos en su corazón, y han puesto delante de su rostro lo que los hace caer en su iniquidad.” (Ez. 14:3). Pero de Cristo dice: “UN HOMBRE CONFORME A MÍ CORAZÓN” (Hch. 13:22).

El corazón de Cristo atesora la gloria del Padre como una joya que adorna Su pecho. El disfrute de Cristo por la gloria de Dios se derrama como una corriente de amor que moviliza a Su pueblo hacia el deleite en Dios. Cuando Cristo vino a morir en la cruz, Él dejó que Su corazón fuera traspasado, así podía abrirnos una fuente inagotable de felicidad en Dios.

Oh, las flores más preciosas de la virtud solo pueden hallarse en el corazón de Cristo. ¡Oh querido lector! Mira el corazón del Rey, y verás que Su gozo es Dios (Sal. 21:1). Por lo cual, aprendamos a centrar nuestros afectos en Dios, y amarlo con el entrañable amor de Cristo.

 

La hermosura de Su carácter

Contemplamos la belleza de Cristo por la meditación en Su carácter. Las impresiones más claras que tenemos de un ser se revelan a través de las expresiones de su temperamento. El temple de Cristo manifiesta de Su majestad.

En este punto Cristo es el “más hermoso de los hijos de los hombres” (Sal. 45:2). Él es “manso y humilde” (Mt. 11:29), “lleno de gracia” (Jn 1:14) y de “amor” (Jn. 15:9), “se complace en la misericordia” (Miq. 7:18), “ama la justicia y aborrece la iniquidad” (Sal. 45:7). Se lo llama “justo” (Zac. 9:9), “paciente” (1 Tim. 1:16) “compasivo” (Lc 7:13) y “lento para la ira” (Sal. 103:8).

Su personalidad es sustentada por un “espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del SEÑOR” (Is. 11:2-5).

Pero la diadema que hace resplandecer todo el brillo de Su carácter es la santidad. Esa virtud es la corona que adorna la majestad del Rey: “Nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios” (Jn. 6:69).

Por eso el Padre exclama: “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido.” (Mt. 17:5). Y si el mundo pregunta: “¿Qué ven de bello en Cristo?”. Nosotros respondemos: “Nuestro amado Cristo es resplandeciente en santidad, desbordante en benignidad y de abundante misericordia”. ¡Oh querido lector! Medita en la pureza de Cristo hasta que armonices con el corazón de Dios, encontrando tu complacencia en Su Hijo. Hasta que tu oración sea: “Dios mío, hazme conforme a la hermosa imagen de Tu Hijo”.

 

La hermosura de Sus obras

Podemos llegar a contemplar la hermosura de Cristo si apreciamos Sus obras. Las cosas que Cristo hizo en este universo reflejan la infinita sabiduría qué hay en Él (Ro. 1:20). Las pinceladas que observamos en la creación manifiestan la belleza de Cristo: la simetría en el diseño del universo, la dulzura de los sabores, la armonía de la música, la frescura de los aromas, la luz de los astros, la lindura de los colores, la vida de los animales y la estética del ser humano. Cristo es la fuente y definición de la belleza.

Cristo “todo lo hizo todo hermoso” (Ecl. 3:11 RV60 y Col. 1:16). La sabiduría del Arquitecto fue plasmada en los detalles de Su magnífica obra (ver Prov. 8). Cristo es nuestro Rey Creador (Sal. 149:2) y un alma sensible puede escalar de la belleza terrenal a otra espiritual y trascendente.

¡Oh, alza tus ojos y observa cuán atractiva es la gloria de Cristo resplandeciendo desde los cielos (Sal. 19:1)! La belleza de Cristo invade todos tus sentidos: deja que penetre en lo más profundo de tu ser, hasta que la creación despierte en ti un anhelo por la incomparable belleza del Creador.

 

La hermosura de Su crucifixión

Por último, si deseamos contemplar la hermosura de Cristo, tenemos que ir a Su cruz. Allí el Rey de gloria se manifestó como el Siervo del Señor (Is 53). En el Golgóta nuestro Redentor desplegó toda la belleza de Su amor.

Rumbo al Calvario, en cambio de rendirle alabanzas le escupieron en el rostro, le dieron de puñetazos y lo abofeteaban (Mt. 26:67). Sufrió todo tipo de escarnios, vergüenza e ignominia. Su carne fue desgarrada, Sus manos horadadas, Sus pies clavados. El Rey eterno y Juez de toda la tierra tuvo que comparecer ante el tribunal humano (Mt. 27:11). Tuvo por vestidura un manto escarlata (Mt. 27:28), por corona espinas (Mt. 27:29), por cetro una caña (Mt. 27:29) y por trono una cruz (Mt. 27:32).

Pero quizás preguntes: “¿Donde está la hermosura de Cristo ante tan horrendo escenario? ¿Cómo puedes decir que la imagen del Salvador ensangrentado es bella?”. Oh, es que allí resplandece la hermosura de Su amor (Ef. 3:19). ¿Quién puede medir tan inescrutable amor? Aquí, Cristo revela Su amor por la Iglesia (Ef. 5:25) y por mí (Gal. 2:20). La cruz es la paradoja de la belleza: cuanto mayores los desgarros bajo el flagelo romano, más hermoso Su amor; cuanto mayores las gotas sangradas por Su frente, más hermosa Su gracia.

Oh, contempla al Rey muriendo en la cruz de los esclavos. La pasión que soportó por nuestras almas refleja el poder de Su amor (Cant. 8:6). La agonía que padeció para manifestar y exaltar la gloria de Su Padre, revela la calidad de Su amor (Jn. 17:1).

Oh, si solo pudiese llevarte a un lugar en todo el universo para persuadirte de la preciosidad del amor de Cristo, te tomaría en las alas del viento y volaríamos hacia el Calvario. Allí te dejaría hasta que por fe logres divisar las glorias del Cristo crucificado. Si amor tan inmenso no derrite tu corazón, nada más lo hará. Y si no hablas a otros de Cristo crucificado significa que no le amas; porque el alma comparte aquellas hermosuras que más admira cuando desborda de amor.

 

Conclusión

Primero déjame advertirte. Querido lector, ¿meditas en la hermosura de Cristo? Quizás gustes tener pensamientos religiosos; puede que te agrade leer artículos cristianos sobre la fe, el matrimonio y las finanzas; tal vez escuches linda música evangélica. Pero, ¿meditas en la belleza de Cristo? Examina bien tu corazón, porque la marca de un verdadero hijo de Dios es que desea “contemplar la hermosura del SEÑOR” (Sal. 27:4).

Luego déjame exhortarte. Querido lector, ¿eres salvo? Si no lo eres, ¿qué te detiene? ¿Acaso el pecado, en todo su esplendor y placer, puede compararse con la hermosura de Jesucristo? ¿Acaso alguna criatura puede igualar la belleza del Creador? ¿Cómo puedes intercambiar un trozo de piedra por un lingote de oro, o un trago de hiel por una bocanada de miel? ¿No es cierto que tu vida sin Cristo está llena de vicios, pecados y fealdad? Oh, persuádete de tu locura, arrepiéntete de tus malvadas idolatrías y abraza a Cristo como el tesoro supremo del universo (Jon. 2:8).

También déjame animarte. Querido hijo o hija de Dios, te invito a contemplar al Rey en Su hermosura. Medita en Él desde las Sagradas Escrituras hasta que lo ames por fe: “a quién sin haberle visto, lo amáis” (1 Pe. 1:8). Búscalo a Él cuando vayas a orar en privado. Renueva tu mente con pensamientos edificantes de Su gloriosa majestad, porque Jesucristo merece “ser admirado entre todos los que han creído” (2 Ts. 1:10). Haz que tu vida sea un reflejo de Su hermosura al mundo. Y haz que tu esperanza de verle cara a cara te santifique (1 Jn 3:3).

Lector, finalmente me uno al sentir puritano: «¡Ay!, ¿qué es todo esto que he estado diciendo acerca de Cristo? ¡Cuán estéril es mi descripción, y qué torpes mis expresiones! Cualquier cosa que haya dicho de Él, cae infinitamente por debajo de Su valor; pero afirmo: “TODO ÉL ES CODICIABLE”» (Thomas Watson, en su sermón “La hermosura de Cristo”).