El tema del sufrimiento es uno que cala profundo. Todo ser humano ha padecido dolor y pérdida en algún momento de su vida y es inevitable preguntar: «¿Por qué, Dios?». Por otro lado, creo que el tema de la maldad es tan delicado que puede alejar a las personas de Dios, como pueden acercarlas a Él. Quisiera pensar que como cristianos estamos llamados a ésta última opción.

Si bien, es un tema que amerita varias páginas, quisiera enfocarme en la esperanza. Porque más allá de comprender los motivos que Dios tiene para permitir el mal y el dolor en este mundo, hay algo más importante que muchas veces se esconde de la superficie. No hablo de los propósitos del sufrimiento, sino de la gloria que nos espera: el cielo.

Me temo que el concepto del cielo para muchas personas es el equivalente a algo aburrido, sin sabor, donde todo es color azul y blanco. Es un lugar donde flotaremos sobre las nubes, tocando un arpa y cantando alabanzas todo el día. Sinceramente ¿quién querría pasar una eternidad en un lugar así? Es por este falso ideal del cielo, que muchos incluso temen ir ahí.

Por otro lado, si como cristianos no tenemos una idea clara y un ferviente anhelo por el cielo, vamos a tener una vida muy complicada aquí en la tierra. Pues cuando comprendemos la gloria y la belleza de lo que nos espera allá, el dolor y el tema del mal se minimizan aquí en la tierra. Pues comprendemos que existe algo mucho más glorioso y esperanzador que cualquier tribulación que podamos padecer.

No me malinterpreten, vamos a sufrir, el dolor no se irá a ningún lado y mucho menos la maldad que impera ahora mismo. Mientras estemos en la tierra, vamos a padecer. Pero, esto es temporal. ¿Quién no soporta la prueba cuando sabe que algo bueno está por venir? Cuando quedamos sin empleo, tenemos la esperanza que encontraremos alguno; cuando los gastos imprevistos llegan y nos quedamos sin ahorros, sabemos que la quincena está pronta a llegar. Cuando enfermamos, sabemos que el medicamento nos ayudará pronto.

Si guardamos la esperanza en estas situaciones ¿cuánto más debemos hacerlo con nuestro destino eterno? Después de todo, Cristo ha hecho esta promesa: «En la casa de Mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, se lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para ustedes» (Jn 14:2). Si Jesús lo dijo, yo le creo.

Aunque la Biblia no entra en demasiados detalles sobre lo que haremos en el cielo, nos dice lo suficiente para que lo anhelemos. Consideremos lo siguiente:

Viviremos por vista

Ahora mismo, nuestra fe es vital. Gracias a Dios tenemos suficiente evidencia de que el cristianismo es real y es el único camino a Él, sin embargo, el papel de la fe es vital también, como dice Pablo: «Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos» (Ro. 8:25). En cambio, en nuestra morada eterna viviremos por vista: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos» (Ap. 21:3).

¿No es maravilloso? Toda la fe que hemos guardado en esta vida cobrará una nueva dimensión al poder contemplar el rostro de Jesús, no solo eso, pues Juan nos dice que Dios habitará entre nosotros. Volveremos a la condición perfecta del jardín.

El dolor no existirá más

Mientras estemos en la tierra, habrá dolor en nuestras vidas. No podemos esperar algo mejor de un mundo caído y roto, pues lo único que nos ofrece es una relación caída y rota con Dios. La buena noticia es que Jesús vino a enmendar eso con su muerte y resurrección. Ahora podemos volver al Padre por medio del Cordero. Aquí tendremos una vida de sufrimiento, pero esto tiene su fin. No hay dolor eterno.

Siguiendo con Apocalipsis 21:4, dice lo siguiente: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado». Ya todo eso queda atrás, por eso Jesús nos dice ahora: «Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo» (Jn 16:33).

Jesús, Varón de dolores, ha vencido al mundo. Es decir, toda tribulación ha sido vencida por Él, incluso la muerte. Y por ello podemos confiar en Él, pues es el vencedor. Cuando comprendemos que nuestra vida eterna no tendrá ninguna clase de sufrimiento, dejamos de preguntar ¿por qué, Dios? y comenzamos a decir: ¿Cómo? Señor, ¿cómo puedo glorificarte en medio de mi dolor?

Estamos aquí para glorificar a Dios, ese el mayor propósito de nuestras vidas, y esto incluye los momentos de quebranto.

La eternidad no será aburrida

Considero que, lo principal es que estaremos con Dios y eso debe ser motivo suficiente para anhelar el cielo. Sabiendo que Dios es Creador, seguramente seremos sorprendidos por Él. Que no nos de miedo pensar en una eternidad, pues Dios como Creador Perfecto, seguirá haciendo cosas nuevas, y seguramente estaremos ocupados en ellas, porque sí, trabajaremos como en el jardín.

Pero, eso, en verdad, es lo de menos. Lo principal ES DIOS. ¿Quién teme estar con Él por siempre? Pero, para que no crean que llegaremos a nuestra nube flotante, leamos a Juan nuevamente mientras describe la Nueva Jerusalén:  

«El material del muro era jaspe, y la ciudad era de oro puro semejante al cristal puro. Los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda clase de piedras preciosas: el primer cimiento, jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda; el quinto, sardónice; el sexto, sardio; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; y el duodécimo, amatista. Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era de una sola perla. La calle de la ciudad era de oro puro, como cristal transparente» (Ap 21:18-21).

¡Habrá tantos colores que quedaremos asombrados! ¿Saben qué será lo mejor? ¡La inmensa luz de nuestro Dios que iluminará la ciudad entera! «La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la iluminen, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera» (Ap. 21:23).

Hermanas, sé que lo desconocido genera incertidumbre y muchas veces miedo. Pero nuestro Dios, nuestro grandioso Dios, es todo menos desconocido ni incierto. Cada promesa que ha hecho ha sido cumplida. Podemos reposar en Él, sabiendo que una eternidad no nos bastará para decirle cuánto lo amamos y cuán en deuda seguiremos por haber enviado a Jesús a morir en esa cruz para que podamos morar con Él en la eternidad.

Dios te bendiga.