No me considero una persona sociable. Pienso que una serie de situaciones de mi pasado me hicieron esquiva para establecer relaciones de confianza. Tuve que cambiar de escuela en varias ocasiones, muchas veces era la nueva y cuando ya había logrado hacer lazos de amistad con alguien, debía decir adiós. La universidad acentuó mucho más ese rasgo en mí debido a que mis compañeros no eran constantes, así que decidí tener relaciones superficiales que duraran solo un semestre. Soy de esas personas que se “llevan bien con todo el mundo”, pero de eso a decir que alguien es mi amigo o amiga hay cientos de millas de distancia.

Me acostumbré a estar sola. Podía estudiar sola, comer sola, ir al cine sola, pero no necesariamente significaba que lo desfrutara. Muchas veces, deseaba tener alguien con quien solo sentarme durante una clase y saber que yo estaba con ella y ella estaba conmigo. Sin embargo, hacer amistades nunca fue mi fuerte. Lo más natural en mí es quedarme callada en un rincón en vez de buscar con quien interactuar, talvez por temor al rechazo o porque se me acaben los temas de conversación.

Ese comportamiento se ha manifestado en todas las esferas de mi vida, incluyendo la iglesia. Después de casarme, pase muchos años sintiéndome sola pues vivo en una ciudad diferente a la de mis familiares y jamás vi la iglesia como una familia. Al final de los cultos, saludaba a un par de personas y luego me apartaba pensando que ahí no había lugar para mí. Nadie se acercaba a platicar, nadie me invitaba a su casa, no sentía que encajaba ni en la iglesia ni en ninguna parte.

Hace 4 años, decidimos visitar otra iglesia con la idea de cambiar de congregación, pero antes de iniciar ese proceso le hice una petición especifica a Dios: “Quiero sentirme acogida”. Seis meses después de esa oración visitamos la congregación de la cual somos parte ahora. Ese domingo, al final de la reunión, la esposa de uno de los pastores (quien ahora es mi amiga), se acercó para invitarnos a almorzar a su casa. Eso fue algo desconcertante para mí pues no lo esperaba y menos de una desconocida. Lo tomé como una señal y supe que quería quedarme en esa iglesia, pero al principio mal interpreté la señal. No estaba llegando a un lugar donde todos querrían ser mis amigos, Dios me estaba llevando a una congregación donde aprendería a mostrarme amiga y a hacer sentir a otros bien recibidos.

Comencé poco a poco a abrirme con los hermanos, decidimos como familia que era hora de incomodarnos un poco el domingo, y en lugar de pasar la tarde durmiendo o viendo televisión después del culto, podíamos abrir nuestras puertas para compartir con hermanos y visitantes de nuestra iglesia. Me di cuenta de que después de compartir un domingo con alguien en mi casa, me resultaba natural acercarme a ella el siguiente domingo y platicar de cualquier cosa, además sentía que me devolvían el saludo con mucho cariño.

Dios nos creó como seres sociales. “No es bueno que el hombre esté solo” (Gen. 2:18), sin duda, en su contexto, este versículo indica que el esposo necesitaba de una esposa, pero también presenta el principio de que ser parte de una comunidad aplica a todos los seres humanos. Necesitamos compartir relaciones reales con otras personas y, sobre todo, con nuestras hermanas en la fe. Vivimos tiempos difíciles y raros. En el mundo, impera el individualismo y no debemos permitir que esto contamine nuestras iglesias. Sí, yo estaba sola debido a mi actitud pues yo misma no me acercaba y esperaba que otros hicieran por mí lo que yo no haría por ellos (Mat. 7:12).

Mi esposo siempre dice que la iglesia es un pedacito del cielo. Si no disfrutamos de la comunión acá, ¿que nos hace pensar que disfrutaremos la eternidad donde adoraremos juntos por siempre? La Biblia misma, en el Salmo 133, nos invita a mirar lo hermoso de habitar juntos en armonía. Es tan hermoso como cambia nuestra forma de ver a las hermanas una vez que platicamos y conocemos un poco de su historia. A veces, estamos juntas sintiéndonos solas solo porque ninguna cruza la barrera y se acerca a la otra.

Tal vez, yo no sea la persona más idónea para dar consejos de cómo hacer amigas, pero puedo compartirte algunas cosas he aprendido y me han servido para cultivar amistades reales, sinceras y duraderas:

  1. La amistad requiere inversión. Definitivamente, no siempre es fácil cultivar una amistad; requiere estar dispuestas a invertir esfuerzo, tiempo y a veces dinero.
  2. La amistad a veces duele. Puede que a veces nos llevemos decepciones. Recordemos que todos somos pecadores luchando en un mundo caído, pero Jesús no fue un lobo solitario aun y cuando sabía que uno de sus más cercanos le traicionaría.
  3. Las amistades son parte de la provisión Dios. Tener amigos presentes en los momentos más difíciles de mi vida ha sido como un bálsamo. Pide a Dios que te de amigas y muéstrate amiga. Es posible que a veces te vuelvas a sentir sola, pero ahora tendrás con quien compartir ese sentimiento.
  4. La amistad trae recompensa. Se sincera y hospitalaria. Recuerda que es más bienaventurado dar que recibir, pero a decir verdad: siempre que das, recibes.

Al ver el mundo y todos sus afanes en los que a veces nos es imposible no caer, no es difícil entender porque estamos tan solas. Muchas veces perdemos amistades porque nunca tuvimos tiempo de juntarnos, olvidamos contestar un mensaje o por un mal entendido. Imagina un amigo que entiende de primera mano todo lo que te pasa, que no te condena y que siempre está allí. Ese amigo es Cristo (Heb. 4:15), quien además nos dejó al Espíritu Santo para que nos acompañe y consuele en momentos de soledad. Si estas pasando por una temporada de tristeza o soledad con razón o sin ella, ora y refúgiate en Jesús, nuestro amigo por excelencia.

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Ehiby Martínez
Ehiby vive en Tegucigalpa, Honduras. Es hija de Dios, esposa de Rudy, madre de Benjamín y Abigail. Médico General con Maestría en nutrición y dietética, docente en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.