La envidia y los celos son de esos pecados a los que nos hemos acostumbrado tanto, que puede ser que estén clavados en nuestro corazón sin darnos cuenta.

¿Qué son la envidia y los celos?

Jerry Bridges, en su libro “Pecados respetables[1], define la envidia como: “Es el dolor que sentimos, y que a veces va acompañado de resentimiento, por las ventajas que otra persona tiene”. Los celos, por el contrario, los define como “intolerancia a la rivalidad”.

Solemos pensar que la envidia y los celos son sinónimos, sin embargo, a la luz de la Escritura, vemos que no son lo mismo y que no se experimentan siempre por las mismas razones.

Necesitamos entender cuál es la diferencia entre ambos para identificar mejor en nuestra propia vida de qué forma es que estamos pecando, para entonces arrepentirnos de él delante de Dios y acudir al Trono de Gracia a recibir dicho perdón a través del gran amor con que Cristo nos salvó.

Para entenderlo mejor, permíteme compartirte un par de ejemplos prácticos de ambos casos: Hablemos de los celos; es probable que siendo casada experimentes esa “intolerancia a la rivalidad” en cuanto a una mujer que pareciera que quiere ganar el afecto de tu esposo. Ese tipo de celos, es correcto, porque estás protegiendo la integridad de tu matrimonio y guardando, de cierta manera, la santidad entre marido y mujer.

Los celos pecaminosos, por el contrario, lo podemos ver claramente en las Escrituras en la historia conocida entre el Rey Saúl y David, antes de ser nombrado rey.

“Las mujeres cantaban mientras tocaban, y decían: «Saúl ha matado a sus miles, y David a sus diez miles». Entonces Saúl se enfureció, pues este dicho le desagradó, y dijo: «Han atribuido a David diez miles, pero a mí me han atribuido miles. ¿Y qué más le falta sino el reino?». De aquel día en adelante Saúl miró a David con recelo” (1 Sam. 18:7-9).

Los celos, es decir, la intolerancia a la rivalidad de parte del rey Saúl, deja ver que era de manera pecaminosa al grado de enfurecerse por lo que estaba sucediendo. Él era el rey, el gobernaba todo, en ese momento su reino no corría peligro él no iba a perder la corona porque David no estaba buscando eso.

Los celos del rey Saúl eran pecaminosos, eran celos combinados con ira porque la popularidad de David había crecido a los ojos de las personas que antes admiraban más al rey Saúl. Las voces de esas personas honraron más a David y eso sacó a relucir los celos pecaminosos que el rey tenía, la intolerancia a la rivalidad que experimentaba. “Los celos pecaminosos surgen cuando tememos que alguien se convierta en una persona igual o superior a nosotros”,[2]

La envidia, por otro lado, la experimentamos cuando otras personas tienen lo que nosotras deseamos. Surge desde dentro del corazón (Stg 4:1-2), es una creencia que nos hace sentir infelices cuando vemos que otras personas tienen lo que nosotras deseamos, lo que le hemos estado pidiendo a Dios en oración o lo que creemos que nosotras merecemos.

La envidia se manifiesta contra aquellos que tenemos cosas en común y con quienes estamos cercanos. No envidiamos a aquellos que son “inalcanzables” o con quienes se dedican a algo diferente a lo que nosotras desarrollamos y queremos mejorar.

Tendemos a envidiar a quienes están cercanos a nosotros, a quienes realizan las mismas actividades y puede ser que tengan un mayor reconocimiento que nosotras o mayores oportunidades de sobresalir. Es poco probable que envidiemos a aquellos que están muy por encima de nosotras; por ejemplo: no me siento tentada a envidiar a escritoras como J.K. Rowling, Nancy Pearcey o Jane Austen aunque admiro mucho su trabajo, pero es probable que pueda envidiar a escritoras que están avanzando más que yo y quienes reciben un trato preferencial por parte de quienes a mí me han rechazado.

Dios es celoso, pero no envidioso

Nuestro Dios es un Dios celoso, la Escritura nos dice: “No adorarás a ningún otro dios, ya que el Señor, cuyo nombre es Celoso, es Dios celoso” (Ex. 34:14). Nuestro Dios nos cela con gran celo (Zac. 8:2), no comparte Su gloria con nadie (Is 42:8), está celoso por nuestros afectos, por nuestro amor para con Él, cela nuestra adoración, nuestra dependencia a Él, cela nuestro corazón.

Dios es celoso, pero sin pecado. Dios es celoso, mas no envidioso. Cuando nuestros corazones engañosos buscan otros dioses, cuando nuestros afectos se inclinan a lo creado más que al Creador, cuando nuestro amor busca amores sustitutos; nuestro Dios responde con celos santos, justos, celos que nos atraen a Él, que protegen lo que le pertenece a Él, no de manera pecaminosa sino de manera Santa, como Él es.

Necesitamos a Cristo

Nosotras aun vivimos en este mundo roto y manchado por el pecado, aún estamos en un cuerpo pecaminoso y mortal inclinado a hacer el mal; aun experimentamos celos pecaminosos, envidia hacia los demás porque nuestros corazones están alejados de aquel en quienes estamos completas, en quien encontramos plenitud: Cristo Jesús.

Necesitamos a Cristo todos los días, todo el tiempo; Él es el único que puede transformar el corazón, el único que limpia nuestros corazones celosos y envidiosos y los transforma en corazones que se alegran con los que se alegran (Ro 12:15), que ve a los otros como a superiores que a sí mismo y que actúan sin rivalidad, sin egoísmo y sin vanagloria buscando su propio bien (Fil 2:3-4).

Cuando nuestros corazones comiencen a experimentar celos, cuando nuestros ojos se desvíen mirando a otros con envidia deseando lo que ellos tienen, recordemos que tenemos a Cristo quien en Su gracia nos perdona nuestros pecados limpiándonos de toda maldad si solo acudimos a Él en busca del perdón (1 Jn 1:9). Volvamos a Él, una y otra vez, Él es suficiente.

Publicado originalmente en Lifeway Mujeres


[1] Jerry bridges (Pecados respetables, Mundo Hispano 2008)

[2] Ibid, p. 169