Desde Génesis hasta Apocalipsis, las Escrituras son claras acerca de la necesidad absoluta que tienen las personas de experimentar la salvación y conocer a Dios. A menos que nos alejemos de nuestro pecado, nos acerquemos a Dios y conozcamos experimentalmente lo que la Biblia describe como la circuncisión espiritual y sobrenatural del corazón (Dt. 30:6; Ro. 2:25-29), no conoceremos a Dios como Salvador y estaremos bajo Su juicio e ira (Ef. 2:1-3).

Tal y como Tom Schreiner ha demostrado en sus artículos sobre la conversión (en La historia de Israel y en el Nuevo Testamento), las Escrituras nos enseñan la necesidad de la conversión. A lo mejor no es el tema central de las Escrituras, pero ciertamente es fundacional para toda la historia de la redención, especialmente en términos de cómo la redención es aplicada al pueblo de Dios. Sin conversión no podemos conocer a Dios de manera salvadora; no podemos experimentar el perdón de nuestros pecados, y tampoco podremos entrar al Reino de Dios.

Todavía podríamos preguntarnos: «¿Por qué es necesaria la conversión?».

La conversión: el entendimiento popular vs el entendimiento bíblico

Antes de responder a esta pregunta, vale la pena clarificar que no estamos hablando de «conversión» en el sentido popular de la palabra. Estamos hablando en el sentido bíblico. ¿Cuál es la diferencia?

Si buscas en Google la frase «conversión espiritual», la mayoría de las entradas dirán algo así: conversión es la «adopción de una nueva religión» o la «internalización de un nuevo sistema de creencias». Estas definiciones ven la «conversión» como un cambio de pensamiento o perspectiva que, en la mayor parte, dejan a la persona fundamentalmente igual. Esa no es la conversión cristiana.

Por el contrario, la conversión cristiana depende de la soberanía y de la obra sobrenatural del Dios Trino en las vidas de las personas. En la conversión, Dios trae a la persona de una muerte espiritual a la vida. Esto le permite a la persona poder odiar lo que anteriormente amó —su pecado y rebelión en contra de Dios— y venir a Cristo en fe.

Tres verdades que confirman la necesidad de la conversión

¿Por qué es absolutamente necesario este entendimiento de la conversión? Tres verdades fundacionales resaltan la enseñanza bíblica sobre la conversión y nos ayudan a ver por qué la conversión es tan importante en las Escrituras, la teología y en la proclamación del evangelio.

Permíteme también resaltar que estas tres verdades están completamente interconectadas. Una persona no puede entender correctamente lo que enseña la Biblia acerca de la conversión, sin tener un buen entendimiento de estas verdades, lo que es un recordatorio de que nuestras creencias teológicas son mutuamente independientes las unas de las otras. Si tenemos un área de nuestra teología incorrecta, ésta afectará a otras áreas, y esto ciertamente ocurre con nuestro entendimiento de la conversión.

  1. El problema del hombre

La visión bíblica del problema del hombre es la primera verdad fundacional que da sentido a la enseñanza bíblica de la conversión. Aunque los seres humanos hayan sido creados a la imagen de Dios y posean increíble valor y significado, en Adán nos rebelamos en contra de Dios y, por tanto, nos convertimos en pecadores sujetos a la ira de Dios (Gn. 3; Ro. 5:12-21).

Cuando la Biblia habla del pecado y de los seres humanos como pecadores, no tiene en mente un problema menor. No es algo que pueda ser remediado con autoayuda, con más educación, ni siquiera convirtiéndonos en mejores personas. Esas soluciones perennes subestiman grandemente la naturaleza del problema del hombre que las Escrituras describen de manera gráfica y poderosa.

Visto bíblicamente, el pecado no es solamente un problema universal del cual no podemos escapar debido a que Adán es nuestro representante (Ro. 3:9-12, 23; 5:12-21; 1 Co. 15:22); el pecado también nos constituye en pecadores por naturaleza y acción (Ef. 2:1-3). En Adán —y por nuestras propias decisiones— nos hemos convertido en rebeldes mortales en contra de Dios, nacidos en este mundo como criaturas caídas. No podemos cambiar nuestra condición a través de nuestra propia iniciativa y acción. Y, tristemente, es una condición que no queremos cambiar, aparte de la soberana gracia de Dios.

En nuestra condición caída, no solamente nos gozamos en nuestro pecado y voluntariamente nos mantenemos en oposición al reinado de Dios sobre nosotros, sino que también nuestra voluntad es una evidencia de nuestra incapacidad de salvarnos y cambiarnos a nosotros mismos (Ro. 8:7). Como resultado, nos encontramos bajo la ira y el juicio de Dios (Ro 8:1; Ef. 2:1-3), lo reconozcamos o no. En nuestro pecado, nuestro estado frente al Juez del universo es de condenación y culpa (Ez. 18:20; Ro. 5:12, 15-19; 8:1). Las Escrituras describen este estado como de muerte espiritual y, posteriormente, física (Gn. 2:16-17; Ef. 2:1; Ro. 6:23).

La salvación, el remedio bíblico para este problema, revierte esta horrible situación. Y el punto decisivo en esta reversión es la conversión.

Lo primero que necesitamos es un Salvador que pueda pagar por nuestro pecado delante de Dios, y satisfacer los requerimientos de la justicia de Dios y Su juicio contra nosotros. Nuestro Señor Jesucristo —Dios Hijo encarnado— hace eso por nosotros en la cruz. Él cumple las propias demandas de Dios; Él paga nuestro pecado en su totalidad (Ro. 3:21-6; Gá. 3:13-14; Col. 2:13-15; He. 2:5-18).

Además, nosotros no solo necesitamos que nuestros pecados sean pagados, sino que también necesitamos ser llevados de muerte espiritual a vida, lo que resulta en la transformación de nuestra naturaleza (Ro. 6:1-23; Ef. 1:18-23, 2:4-10). Necesitamos que el Dios Trino nos llame de muerte a vida y, a través del Espíritu Santo, nos dé un nuevo nacimiento (Ef. 1:3-14; Jn. 3:1-8). Necesitamos una resurrección de la muerte, paralelamente a la resurrección de nuestro representante en nuestro pacto, lo que nos permite abandonar el pecado de manera voluntaria, dejar a un lado nuestra oposición hacia Dios y Su reino, y responder al evangelio en arrepentimiento y fe (Jn. 3:5; 6:44; 1 Co. 2:14).

En resumen, la conversión es necesaria porque es parte de la solución al serio problema de nuestra naturaleza humana, como lo describen las Escrituras.

  1. La doctrina de Dios

La enseñanza bíblica sobre la naturaleza y el carácter de Dios es la segunda verdad fundacional en que se basa la doctrina de la conversión. Si no entendemos la naturaleza y el carácter de Dios no podemos entender lo que la Biblia enseña acerca de la conversión.

Tal y como indicamos anteriormente, estas dos verdades se explican una a la otra. El problema del hombre es lo que es, porque el Dios de la Biblia es Quien es. Nuestro problema solo se puede ver claramente a la luz del carácter personal, santo y justo de Dios.

La conversión es necesaria porque, como criaturas pecadoras y rebeldes, no podemos estar en la presencia santa de Dios. El pecado no solo ha contravenido el carácter de Dios —el cual es la ley moral del universo— sino que también nos ha separado de la presencia de Dios (Gn. 3:21-24; Ef. 2:11-18; He. 9). Nosotros que fuimos creados para conocer a Dios y vivir delante de Él como sus vicerregentes, gobernando sobre la creación para Su gloria como pequeños reyes y reinas, ahora nos encontramos bajo la ira y condenación de Dios.

Por tanto, no podemos conocer a Dios a menos que Su carácter santo haya sido satisfecho a través de Su propio sacrificio en Su Hijo (Ro. 6; Ef. 4:20-24; Col. 3:1-14). Por lo que no basta una transacción legal (independientemente de la importancia de esto en el veredicto de nuestra justificación delante de Dios). La salvación también implica la extirpación interna del pecado y la transformación total de nuestra naturaleza pecadora. Esto empieza cuando somos unidos a Cristo mediante la obra de regeneración del Espíritu, lo que nos permite tener una voluntad que rechaza el pecado y descansa en el trabajo consumado de Cristo nuestro Señor.

En otras palabras, la conversión es absolutamente necesaria porque Dios demanda que Sus criaturas sean santas como Él es santo. Por consiguiente, para poder habitar en Su presencia debemos estar vestidos de la justicia de Cristo, transformados por el poder del Espíritu, y ser hechos una nueva creación en Cristo Jesús (2 Co. 5:17-21). No hay forma de que los portadores de la imagen de Dios puedan regresar al propósito para el que fueron creados y disfrutar de todos los beneficios de una nueva creación sin que sus pecados sean pagados por completo, sin haber nacido del Espíritu y sin haber sido unidos a Cristo por la fe. Si fallamos en entender completamente la radiante santidad de Dios, Su perfecta justicia, y Su demanda de que Sus criaturas actúen como hijos obedientes y portadores de Su imagen, nunca podremos entender por qué la conversión es tan importante en las Escrituras.

Además, si no comprendemos que nuestra conversión solo es posible por la soberana iniciativa del Dios Trino, nunca apreciaremos la profundidad y el poder del amor de Dios por nosotros, Su pueblo.

  1. La conversión afecta a la persona por completo, como un todo

La tercera verdad fundacional que nos ayuda a entender la enseñanza bíblica acerca de la conversión es el hecho de que la conversión afecta a la persona por completo, como un todo. En las Escrituras la conversión implica dos cosas: el arrepentimiento del pecado y la fe en Cristo. Ambas son necesarias para nuestra conversión. Y por consiguiente el arrepentimiento y la fe son vistos correctamente como las dos caras de una moneda.

En otras palabras, la conversión bíblica no es un mero cambio de perspectiva intelectual que no causa una transformación en la vida del individuo. Desafortunadamente, en muchas de nuestras iglesias encontramos personas que profesan haber sido convertidas, sin embargo, solo exhiben un conocimiento teórico del evangelio y sus vidas no muestran evidencias de un cambio verdadero.

Las Escrituras consideran claramente este mero asentimiento como una conversión falsa (Mt. 7:21-23). Dios demanda una respuesta total de la persona, como criatura de Su pacto. Nuestro pecado es una rebelión de todo nuestro ser contra Dios, y la salvación cristiana es la transformación total del ser (literalmente una nueva creación). La conversión implica un desechar del pecado y un giro hacia Dios, lo que incumbe a todo el ser (el intelecto, la voluntad y las emociones) (Hch. 2:37-38; 2 Co. 7:10; He. 6:1).

No es suficiente quitarse el sombrero ante Jesús

La conversión no es opcional; es absolutamente necesaria. No podemos entender la salvación y el evangelio al margen de una idea robusta de la conversión.

El cristianismo nominal —el cual abunda en nuestras iglesias— no es el cristianismo bíblico. No es suficiente quitarse el sombrero ante Jesús. Debemos experimentar la obra de gracia soberana de Dios en nuestras vidas, lo que nos da una nueva vida y nos permite —a través de la obra del Espíritu Santo— arrepentirnos de nuestros pecados y creer en el evangelio.

Nuestro entendimiento defectuoso de la conversión normalmente se debe a nuestra teología defectuosa. El remedio para esta situación es retornar en nuestras rodillas a las Escrituras, pidiéndole a nuestro gran Dios que reviva su iglesia para que, en nuestra proclamación del evangelio, los hombres, las mujeres, los niños y las niñas se arrepientan de sus pecados y crean en Cristo Jesús nuestro Señor.

Este artículo fue publicado primero en la revista 9 Marcas.