Nota editorial: Este artículo pertenece a una serie titulada Proyecto Reforma, 31 publicaciones de personajes que fueron instrumentos de Dios durante la Reforma Protestante. Puedes leer todos los artículos aquí


En el otoño de 1539, Juan Calvino escribió a Sadoleto, un cardenal italiano buscando ganar a Ginebra para la Iglesia Católica Romana: «Tu celo por la vida celestial [es] un celo que mantiene al hombre completamente entregado a sí mismo, y ni siquiera en una de sus expresiones, lo estimula a santificar el nombre de Dios». Continúa diciendo que Sadoleto debe «poner delante [del hombre] el celo por mostrar la gloria de Dios como el principal motivo de su existencia» (Selections from His Writings, [Selecciones de sus escritos] 89).

Esto sería un eslogan apropiado acerca de la vida y la obra de Calvino—un celo por mostrar la gloria de Dios. El significado esencial de la vida y la predicación de Calvino es que él recobró y encarnó una pasión por la realidad absoluta y la majestad de Dios.

Controlado por la majestad

Calvino nació el 10 de julio de 1509 en Noyon, Francia, cuando Martín Lutero tenía 25 años de edad y apenas había empezado a enseñar la Biblia en Wittenberg. El mensaje y el espíritu de la Reforma no llegaría a Calvino hasta pasados veinte años, y mientras tanto dedicó sus años como joven adulto a estudiar teología medieval, leyes y los clásicos.

Sin embargo, en 1533 algo dramático había sucedido en su vida a través de la influencia de la enseñanza de la Reforma. Calvino cuenta cómo había estado luchando por vivir la fe católica con celo cuando «Dios, por una súbita conversión sometió y trajo mi mente a una disposición enseñable… Recibiendo así una muestra y conocimiento de la verdadera piedad, inmediatamente fui inflamado con un intenso deseo de progresar» (Selections from His Writings, [Selecciones de sus escritos] 26).

Repentinamente, Calvino gustó y probó la majestad de Dios en la Escritura. Y en ese momento, tanto Dios como Su Palabra se hicieron tan poderosamente reales en su alma, que él se convirtió en el amante siervo de Dios y de Su Palabra por el resto de su vida.

El pastor genovés

Calvino sabía qué tipo de ministerio quería. Deseaba el disfrute de la comodidad de la literatura para poder promover la fe reformada como un académico. Pero Dios tenía planes radicalmente distintos.

Tras escapar de París y dejar Francia de manera definitiva, Calvino planeaba ir a Estrasburgo para una vida de pacífica producción literaria. No obstante, mientras Calvino pasaba la noche en Ginebra, Guillermo Farel, el fogoso líder de la Reforma en esa ciudad, se enteró de que estaba allí y lo buscó. Fue un encuentro que cambió el curso de la historia, no solamente para Ginebra, sino para el mundo. Calvino recuerda:

Farel, quien ardía con un celo extraordinario por el avance del Evangelio, se enteró de que mi corazón estaba decidido a dedicarse a los estudios privados… y dándose cuenta de que no lograba nada con sus súplicas, procedió a pronunciar una imprecación de que Dios maldijera mi retiro y la tranquilidad que yo buscaba en los estudios, si me rehusaba a ayudar en un momento en el que la necesidad era tan urgente. Por esta imprecación, fui golpeado con tal terror, que desistí del viaje que había emprendido.

El curso de su vida fue cambiado irrevocablemente. Nunca más Calvino trabajaría en lo que él llamó «la tranquilidad de los estudios». Desde ese momento en adelante, cada página de los 48 volúmenes de libros, tratados, sermones, comentarios y cartas que escribiría, serían martillados con el yunque de la responsabilidad pastoral. Durante los siguientes 28 años (aparte de un paro de dos años), Calvino se entregó a la exposición de la Palabra—mostrando a su rebaño genovés la majestad de Dios en la Escritura

La gloria recobrada

La necesidad fundamental de la Reforma era esta: Roma había «destruido la gloria de Cristo de muchas maneras» (Portrait of Calvin [Retrato de Calvino], 113). La razón, según Calvino, de que la iglesia «continuaba con tantas doctrinas extrañas» era «debido a que la excelencia de Cristo no es percibida por nosotros» (Portrait of Calvin [Retrato de Calvino], 66). En otras palabras, a través de los siglos, el gran guardián de la doctrina bíblica es una pasión por la gloria y la excelencia de Dios en Cristo.

En primer lugar, no se trata de los puntos principales de la Reforma: la justificación, los abusos sacerdotales, la transustanciación, las oraciones a los santos y la autoridad papal. Por encima de todos ellos—para Calvino, a riesgo de todos ellos—está el asunto fundamental de si la gloria de Dios brillaba en toda su plenitud o si de alguna forma estaba siendo apagada. Desde el inicio de su ministerio hasta el final de su vida, la estrella polar de su vida fue la centralidad y la supremacía de la majestad de la gloria de Dios.

Destapando los tesoros de la Escritura

El teólogo Geerhardus Vos argumenta que su enfoque en la gloria de Dios es la razón de que la tradición reformada haya triunfado con mayor plenitud que la tradición luterana en «dominar el rico contenido de la Escritura». Ambas «se han volcado en las Escrituras» pero hubo una diferencia:

Debido a que la teología reformada se arraigó de la idea central de las Escrituras, estaba en una posición de estudiarlas con mayor profundidad desde este punto central y dejar que cada parte de su contenido hablara por sí mismo. Esta idea central, que funcionaba como la llave para abrir los ricos tesoros de la Escritura, fue la preeminencia de la gloria de Dios en relación a todo lo que ha sido creado (Shorter Writings [Escritos cortos], 243)

El verdadero genio de Ginebra no fue la mente de Juan Calvino, sino la pasión por la gloria de Dios. Cada generación necesita destapar los tesoros de la Escritura para enfrentar los peligros y posibilidades peculiares de su propia época. Nuestra generación no menos que las anteriores. Pienso que solamente haremos esto bien si hemos sido profunda y gozosamente controlados por la más grande realidad que las Escrituras revelan—la majestad de la gloria de Dios.