Hay algo que es angustioso al levantar la mano en el aula. Quizá porque significa que el maestro y todos los demás tienen que dejar de hacer lo que están haciendo y escucharte. Si estás en tercer grado y la persona que enseña es la señorita Muller, la profesora de inglés más dulce del mundo, es posible que no lo pienses dos veces antes de levantar la mano. Pero si tu maestro es una figura reconocida, hacer una pregunta requiere cierta dosis de valentía. No querrás hacerle perder el tiempo, ni avergonzarte frente a tus compañeros preguntando algo que ellos ya saben.

A Jesús a menudo se le llamaba rabino o maestro. Si hojeas los Evangelios, verás tres cosas sobre la forma como Jesús maneja las preguntas:

1) Jesús da la bienvenida a las preguntas en Su ministerio

En Su ministerio terrenal, casi todos se refieren a Jesús como “Maestro”. Miles de personas viajaron de lejos y de cerca para escuchar a Jesús enseñar y exponer las Escrituras; y sin embargo, incluso en medio de Su aclamación, Jesús permaneció abierto y accesible. Los Evangelios registran 183 preguntas dirigidas a Jesús, que van desde: “¿Es lícito que un hombre se divorcie de su esposa?” (Mc. 10: 2-3) hasta “¿quién es mi prójimo?” (Lc. 10:29).

Los líderes religiosos a menudo inventaban preguntas como una forma de atrapar a Jesús. En Marcos 12, los fariseos y herodianos le preguntaron: “Maestro, sabemos que eres veraz y que no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial, … ¿Es lícito pagar impuesto al César, o no?(v. 14) ¿Pagaremos o no pagaremos?” (v. 15a). Pero Jesús ve su hipocresía y responde en consecuencia: “¿Por qué me estáis poniendo a prueba? Traedme un denario para verlo. Se lo trajeron, y Él les dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Y ellos le dijeron: Del César. Entonces Jesús les dijo: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Y se maravillaban de Él” (Mc. 12: 15-17).

Si bien la conducta de Jesús al responder preguntas no siempre puede confundirse con la de un maestro de escuela primaria amable, Él es, no obstante, un buen Maestro. No tolera preguntas capciosas, pero para aquellos que se acercan a Él confundidos y necesitados, Jesús no solo da respuestas interesantes; Él es la respuesta. Cuando otros especulan acerca de quién es el Hijo del Hombre, ya sea Juan el Bautista, Elías o Jeremías, Jesús llega al meollo del asunto preguntando a Sus discípulos: “¿Quién decís que soy yo?” (Mt. 15: 13-16).

2) Jesús no responde a las preguntas de la manera que esperamos

Lejos de darnos fragmentos de información sobre temas difíciles cuya respuesta sólo Él conoce, Jesús nos ayuda a hacer las preguntas correctas. Es por eso que a menudo comienza a responder las preguntas de los demás con una pregunta propia. Veamos algunos ejemplos:

“Entonces se le acercaron los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, pero tus discípulos no ayunan? Y Jesús les dijo: ¿Acaso los acompañantes del novio pueden estar de luto mientras el novio está con ellos? Pero vendrán días cuando el novio les será quitado, y entonces ayunarán” (Mt. 9: 14-15).

“Pero estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales pensaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Está blasfemando; ¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? Y al instante Jesús, conociendo en su espíritu que pensaban de esa manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones?” (Mc. 2: 6-8).

“Y he aquí, cierto intérprete de la ley se levantó, y para ponerle a prueba dijo: Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Y Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” (Lc. 10: 25-26).

Si bien puede parecer que Jesús está desviando las preguntas de los discípulos, lo que realmente está haciendo es redirigirlas. Las preguntas más importantes y desconcertantes de la humanidad se formulan como si pudieran resolverse con más información y datos. Pero a medida que Jesús redirige nuestras preguntas, nos muestra las preguntas detrás de nuestras preguntas, las preguntas que deberíamos estar haciendo.

Jesús no nos trata como si fuéramos cubos de Rubik necesitados de la solución correcta; nos trata como somos: ovejas perdidas. Necesitamos más que un buen maestro; necesitamos un buen Pastor que entregue Su vida por nosotros. Jesús es Dios que vino a responder la pregunta más preeminente del hombre: ¿Qué puede lavar mi pecado? (Jn 1:29).

Además, Jesús redirige constantemente nuestras preguntas para que podamos ver la implicación de que en Él no solo tenemos un buen Maestro, sino también un Sumo Sacerdote comprensivo. Nuestro buen Maestro no solo ve los problemas que nos dejan perplejos, sino que también ve nuestra difícil situación y nos responde diciendo: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera” (Mt. 11: 28-30).

3) Jesús nunca descarta nuestras preguntas

Intrínsecas al cristianismo son nuestras preguntas sobre la vida y el mundo. Esta religión no es una mera enseñanza o una perspectiva de la vida. Es la buena noticia que Dios ha venido a morar con el hombre, la joya de la corona de Su creación.

Es por eso que Jesús nunca descarta nuestras preguntas. Él conoce nuestro marco: Él sabe que tenemos dificultades incluso para articular nuestras luchas y ansiedades en preguntas. Pero Èl conoce las necesidades de Su pequeño rebaño, e incluso cuando no podemos pensar en las peticiones adecuadas para llevar ante Él, ya ha enviado Su Espíritu para ayudarnos en nuestra debilidad: “Y de la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. (Ro 8:26).