Nota editorial: Este artículo pertenece a una serie titulada Proyecto Reforma, 31 publicaciones de personajes que fueron instrumentos de Dios durante la Reforma Protestante. Puedes leer todos los artículos aquí


Hans Gooseflesh alcanzó la mayoría de edad a finales del siglo XIV y principios del XV cuando el espíritu que predominaba en su época era el de “Dios debe estar enojado.” Sus padres y abuelos fueron de la generación que sufrió la peste negra eliminar a un tercio de los habitantes del continente. En algunos pueblos de Europa hasta el sesenta por ciento de las personas perdieron la vida.  

Gooseflesh nació en una familia de clase alta. Su papá era orfebre y lo llamaban el “Compañero de la Casa de la Moneda”, era un fabricante de monedas y medallones. Mientras visitaba el taller de su padre siendo niño, sin duda alguna se maravillaba y quizás ayudaba a su padre en el proceso de acuñar monedas. El metal fundido se vertía en moldes (diminutos moldes para pasteles con escritos e imágenes ya grabados). El molde se hacía a partir de un troquel que era lo suficientemente fuerte como para grabar la impresión de una moneda. Además, el molde era meticulosamente grabado a mano en acero por artesanos que usaban afiladas herramientas similares a las joyas para extraer el acero de una forma tan fácil como untar mantequilla.  

Arranque fallido 

Desafortunadamente Hans no heredaría el negocio familiar. A raíz de la manifestación de los gremios contra los trabajadores, que incluía al padre de Hans, llevó a que la familia se mudara a Eltville y por tanto, obligó a Hans a buscar otras oportunidades de trabajo.  

Tras la devastación de la plaga, el catolicismo romano generó un extraordinario consumismo por los bienes y servicios religiosos. Más allá de la venta de rosarios, símbolos, íconos y crucifijos para suplementar a los fieles y penitentes surgió una industria turística floreciente que atraía a cientos de miles de católicos peregrinos entusiasmados por ver las reliquias traídas de Tierra Santa.  

Un ojo de buey era una insignia con un espejo que podías usar al visitar las reliquias que se mostraban. La idea era que si el espejo en la insignia atrapaba el reflejo de la reliquia, ¿cómo no podrías ser bendecido? La catedral de Aquisgrán albergaba (y sigue albergando) cuatro de las llamadas grandes reliquias: el manto de María, los pañales de Cristo, la ropa de Juan cuando fue decapitado y los taparrabos de Cristo.  

Hans Gooseflesh inició una empresa que intentaba acaparar el mercado de los ojos de buey en la peregrinación de Aquisgrán de 1439, que se esperaba atraer a más de 100.000 peregrinos. Usando su experiencia en la fabricación de monedas, planeó fabricar 32.000 ojos de buey y alcanzar una ganancia del 2.500% en la empresa. Desafortunadamente, resultó ser un año de pocas visitas. La empresa quebró. Hans y sus inversores lo perdieron todo, pero crearon una propiedad intelectual significativa.   

Limones en libros 

La transmisión del conocimiento estaba migrando de la tradición oral a los manuales, directorios e historias. Las personas querían libros y la mayoría de la demanda era suplida por copistas y escribas que trabajando fuertemente, lograban solamente producir tan solo un comentario de la Biblia una vez cada año. Sí, tan solo uno. La innovación de la imprenta ayudó a producir más libros, pero no permitía errores, se rompían fácilmente y se limitaban a un solo uso.   

Hans Gooseflesh hizo limonada a partir de los limones de su empresa fallida de los ojos de bueyes. En el proceso de descubrir cómo elaborar souvenirs para los peregrinos de Aquisgrán, concibió un método para elaborar formas en las que un conjunto de caracteres de metal se podía unir para crear un bloque de metal, en lugar de uno de madera, que pudiera usarse para imprimir palabras legibles en una sola página, y luego separarlas, unirlas para crear nuevas formas para proyectos completamente distintos. Fue una variación de los moldes tradicionales que usaba en su infancia para elaborar los mercenarios metálicos listos para ser usados.  

 

Reinicio histórico 

Johannes Gensfleisch zur Laden zum Gutenberg (anglicizado aquí como “Hans Gooseflesh”) murió cincuenta años antes de que Martin Lutero clavara sus noventa y cinco tesis en la puerta. Nunca predicó un sermón ni fue el autor de un tratado teológico. De hecho, Hans Gooseflesh, aparte de su Biblia homónima de Gutenberg, hizo un buen negocio al imprimir tratados papales sobre las indulgencias. Fue un reformador tan solo por accidente- o mejor, por la gracia común. Sin embargo, la rápida adaptación de la industria de la imprenta al sistema de Gutenberg generó un sistema de producción y distribución que generó que los libros de Lutero ocuparan el treinta por ciento de los siete millones de libros en el mercado literario de Alemania entre 1518 y 1525. 

Los chinos habían inventado este sistema de impresión siete siglos antes, pero era demasiado complejo de usar. El mundo musulmán se abstuvo de usar la imprenta por cuatroscientos años, entonces, en una unica ventana de la historia humana, Dios levantó a un fabricante inexperto para que un monje espiritualmente torturado y sus sucesores reclamaran la Palabra de Dios y reiniciaran la historia de la redención.