La comparación nos resulta tan natural como comer, respirar, reír y llorar. Desde los días cuando apenas éramos pequeños niños empezamos a compararnos con los demás y rápidamente descubrimos que el viejo adagio es cierto: La comparación es el enemigo del gozo. Mientras nos comparamos tan fácilmente con los demás, descubrimos que esto fomenta una profunda infelicidad. Lo que promete gozo, en realidad genera miseria.

La razón se debe a  que la comparación es intrínsecamente competitiva, de modo que en realidad no queremos ser simplemente bonitos, sino más bonitos que la otra persona; realmente no queremos ser simplemente ricos, sino más ricos que esa persona; realmente no queremos ser simplemente exitosos, sino más exitosos que él. Ningún recuento de seguidores es lo suficientemente alto hasta que sea más alto que el de ella, ninguna iglesia es lo suficientemente grande hasta que sea más grande que la de él. Si no conseguimos las cosas que nuestro corazón desea, crecemos en envidia, pero si las conseguimos, crecemos en orgullo. Nuestra comparación nunca es recompensada con contentamiento.

Incluso en nuestras vidas cristianas podemos ser propensos a la comparación. Podemos juzgarnos justos comparándonos con la depravación de los demás, podemos juzgarnos fieles comparándonos con la pecaminosidad de los demás, podemos juzgarnos comprometidos comparándonos con la apatía de los demás. Podemos llegar a ser como el fariseo que Jesús presentó en una parábola —el que fue al templo a orar y dijo: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres”—, especialmente como ese recaudador de impuestos traidor que estaba cerca. Con tal actitud no es de extrañar que Jesús “refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás”.

Pero si la comparación es el enemigo más natural del gozo, puede convertirse sobrenaturalmente en su aliado. Sin embargo, la comparación sólo puede convertirse en un aliado cuando la usamos para compararnos con el estándar correcto y si lo hacemos por la razón correcta. Sólo puede convertirse en un aliado cuando nos comparamos con Jesús por el deseo de parecernos más a Él. La manera de crecer en santidad no es compararnos con otras personas, sino compararnos con el Salvador.

Si estás en un parque de diversiones  y quieres subirte a las montañas rusas, debes tener cierta altura. No importa si eres más alto que los demás —todo lo que importa es si tu cabeza llega a la parte superior de la cinta métrica de ellos. El fariseo cayó en la tentación universal de juzgarse a sí mismo como un buen hombre al compararse con personas que consideraba peores. Pero eso es como intentar montar en las montañas rusas diciendo: “¡Soy más alto que esta otra persona!” Eso no importa porque esa no es la medida correcta. Lo que importa es si estás a la altura.

Del mismo modo, nos encanta compararnos con otras personas porque es una comparación que podemos ganar fácilmente. Sólo tenemos que mirar a nuestro alrededor el tiempo suficiente para encontrar a alguien que sea peor, y eso nunca es difícil de hacer. Pero no importa si somos más santos que la persona que está a nuestro lado o que la persona que está en la pantalla de la televisión. Lo que importa es si somos tan santos como Jesús, porque Él es quien demostró perfectamente cómo vivir una vida sin mancha, cómo amar al Señor con todo el corazón, el alma, la fuerza y la mente, y amar al prójimo como a sí mismo. Cuando nos comparamos con Él, siempre seremos confrontados y desafiados —veremos nuestras fallas —, nos arrepentiremos de ellas y aceptaremos el desafío de ser cada vez más conforme a Su imagen. Es una comparación que siempre perderemos, pero en lugar de crecer en envidia y orgullo, sólo creceremos en humildad y en la piedad que ésta fomenta.