Siempre que pienso en Tito 2, lo que viene a mi mente es la obligación que las mujeres tienen para discipular a las más jóvenes; sin embargo, al leerlo, la primera cosa que me llama la atención es que Pablo hace referencia primero a la conducta de las ancianas antes de explicar lo que deben hacer en la iglesia.

“Las ancianas deben ser reverentes en su conducta” y luego da las características específicas, como no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, y que enseñen lo bueno.

Podemos inferir que la edad entonces, realmente no es clave en la definición de una anciana, sino que es una mujer madura en la fe. Una mujer que ha transformada su mente a través de La Palabra, para conocer la buena voluntad de Dios (Rom. 12:2), y es quien demuestra este conocimiento en su vida a través de presentar su cuerpo como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios (Rom. 12:1).

Ella demuestra lo que Pablo ora para los colosenses: “…seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría y comprensión espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1:9-10).

En otras palabras ¡antes de hacer, necesitamos ser!  Es ser alguien que vive para agradar al Señor y aunque su vida nunca será perfecta demuestra crecimiento espiritual y humildad cuando falla.

Entonces nos preguntamos: ¿qué es lo que deben las ancianas enseñar a las jóvenes?  El primer punto es: “enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos”. ¿Esto no te llama la atención? ¿No es esto por lo cual las madres son conocidas? Fisiológicamente, la mujer tiene más oxitocina, lo cual aumenta el deseo de abrazar y tener vínculos con otros.

Sin embargo, esto mismo causa la disminución de la capacidad de hacer juicios sabios con su familia, y entonces, tiene la tendencia a fallar en aplicar la disciplina a sus hijos o captar fallos en su esposo.

Pero aparte de esta debilidad con la cual nacemos, también todas venimos de culturas no cristianas con sus propias ideas erradas en cómo amar a la familia, y necesitamos renovar nuestra mente en todas áreas incluyendo como amar.

La única persona capaz de amar incondicionalmente (“ágape”) es Dios; sin embargo, cuando nuestra meta es glorificar a Dios (1 Cor. 10:31), recibimos y aplicamos las instrucciones de aquellas que han aprendido y lo han vivido, y poco a poco Él nos hará a Su imagen (Rom. 8:29).

En segundo lugar, deben enseñar a las jóvenes “a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, y amables” es aprender a caminar guiadas por el Espíritu (Gal.5:18), demostrando Su fruto (Gal.5:22-23). Finalmente nos enseña a ser “sujetas a sus maridos” algo que no es natural para nosotras.

Con la caída, parte del castigo de Dios para nosotras que leemos en Génesis 3:16 es: “tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti”. La palabra hebrea utilizada para deseo es: teshuqah y significa dominar. Nuestra naturaleza pecaminosa nos lleva a querer a controlar todo incluyendo a nuestros esposos, y mientras nuestra fe en Dios y nuestra confianza en Su control crece, podemos dejar de controlar porque Dios está controlando nuestras circunstancias.

Aun cuando estamos viendo que una decisión de nuestro esposo está errada podamos confiar en que Dios tiene propósito aun en ese error. Por eso, Efesios 5:22 enfatiza “Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor”. La razón para la sumisión no es porque confiamos 100% en nuestros esposos, sino porque confiamos en El Señor. ¿Y la razón para hacer todo? “Para que la palabra de Dios no sea blasfemada”.

Como cristianas, nuestras vidas ya no pertenecen a nosotras sino a Jesucristo quien pagó la deuda que fue imposible para nosotras saldar y nos salvó para la eternidad.  La forma en que ambas, ancianas y jóvenes, debemos pensar es: “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál. 2:20).

¿Cuál es la función entonces de la anciana en la iglesia? Viviremos vidas irreprensibles y sencillas, en medio de una generación torcida y perversa, para que resplandezcamos como luminares en el mundo (Fil. 2:15); y al pasar el legado a la próxima generación, ellas también lo harán.

Bendiciones

Cathy Scheraldi