¿Te ha pasado que no prestaste atención a la letra pequeña y has pagado un alto precio por ese descuido? Un artículo llamado “Cuando no leer la letra pequeña puede costarle el alma” describe varias cláusulas “bromistas” que las empresas han incluido en los contratos en línea. En uno, las personas que se suscribían para obtener acceso gratuito a Wi-Fi podían marcar una casilla “aceptando ‘asignarnos a su hijo primogénito por la duración de la eternidad'”. Varias personas marcaron la casilla, probablemente sin haber leído la cláusula. El artículo también dice que “en el Día de los Inocentes de 2010, el minorista británico Game Station insertó una nueva cláusula en su acuerdo de licencia, con una casilla de verificación ya marcada. Si los usuarios no desmarcaban la casilla, aceptaban otorgar a Game Station “una opción intransferible para reclamar por ahora y para siempre su alma inmortal”.

Hablando en serio, ¿qué tan loco sería si no leyeras la letra pequeña y entregaras tu alma? Crees que estás obteniendo un buen trato, pero termina costándote todo. Eso es exactamente lo que preocupa a Pablo en Gálatas: “Mirad, yo, Pablo, os digo que, si os dejáis circuncidar, Cristo de nada os aprovechará. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a cumplir toda la ley” (Gálatas 5:2-3). Los falsos maestros están diciendo: “Simplemente circuncídense y sigan estas leyes. Va a ser genial”. Pero Pablo les dice que, si firman en la línea punteada, se estarán sometiendo a todo un sistema religioso. Esa es la letra pequeña. Están a punto de obligarse a sí mismos a obedecer toda la ley, perfectamente.

“De Cristo os habéis separado, vosotros que procuráis ser justificados por la ley; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4). ¿Hay palabras más aterradoras en el Nuevo Testamento? Pablo está muy preocupado. Hay dos maneras de ser justificado ante Dios. Nosotros, por nuestro propio esfuerzo, obedecemos perfectamente la ley, o confiamos en un mediador que, interponiéndose entre nosotros y Dios, cumple la ley en nuestro lugar. Si los gálatas eligen someterse a la ley, obligándose a sí mismos a la perfección moral, por definición están rechazando a Cristo como su mediador. Están rechazando la gracia que Dios ofrece.

 

Llamado a la libertad

Entonces, les recuerda que Dios los ha llamado a la libertad. “Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permaneced firmes, y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1). Las ideas de esclavitud y libertad habrían tenido una enorme resonancia tanto para los judíos como para los gentiles de Galacia.

En la época de Pablo, los esclavos constituían alrededor del 20 por ciento de la población de Roma, y es probable que una gran proporción de las personas en las iglesias del Nuevo Testamento fueran esclavos. Si los esclavos ganaban suficiente dinero, podían comprar su libertad. Pero como no tenían derechos legales, no podían celebrar un contrato. En cambio, llevarían su dinero a un templo pagano y se lo darían a la deidad, Apolo o quien sea, quien “compraría” su libertad. La frase de Pablo aquí, “Para libertad”, aparecía a menudo en los documentos legales en estas situaciones.

Para los judíos de la audiencia de Pablo, la esclavitud y la libertad evocarían la gran historia de salvación del Antiguo Testamento: el Éxodo. Los egipcios habían esclavizado a los hijos de Abraham y “entonces pusieron sobre ellos capataces para oprimirlos con duros trabajos” (Éxodo 1:11). Pero Dios respondió a su difícil situación: “Su clamor por rescate de la esclavitud llegó hasta Dios. Y Dios oyó el gemido de ellos, y se acordó Dios de Su pacto con Abraham, con Isaac y con Jacob” (Éxodo 3:23–24). Debido a su pacto con Abraham, Dios liberó a Su pueblo de la carga aplastante de la esclavitud. Luego hizo un pacto con ellos en el monte Sinaí. A través del Éxodo, Dios había hecho de Israel Su pueblo y lo había constituido como nación.

Pablo llama a ese pacto, el pacto mosaico, el “yugo” del cual Dios está liberando a Su pueblo: “Pablo entendió que la existencia de Israel ‘bajo la ley’ era una condición de esclavitud como la de Egipto”. La ley era como Israel queriendo volver a la esclavitud en Egipto.

No fue solo el 20 por ciento de los gálatas los que fueron esclavizados. Todo ser humano nace esclavo del pecado: judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y

mujeres. Pero en Cristo, nuestra esclavitud llega a su fin. En Gálatas 3:28, Pablo dice: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús”. En un sentido espiritual, Pablo derrumba estas distinciones sociales. Todos estamos esclavizados por el pecado, pero estamos unidos en libertad por medio de Cristo, nuestro mediador, quien obedeció perfectamente la ley cuando tomó nuestro lugar.

Este artículo se publicó originalmente en Core Christianity.

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Adriel Sánchez es pastor de North Park Presbyterian Church, una congregación de la Iglesia Presbiteriana de América. Además de sus responsabilidades pastorales, también sirve como un anfitrión del programa de radio Core Christianity. Él y su esposa Ysabel viven en San Diego, California con sus tres hijos.