La gente: nuestro ídolo de preferencia

¿Qué tienen en común el temor a la vergüenza y el temor al rechazo? Utilizando una imagen bíblica, ambos indican que la gente es nuestro ídolo favorito. La exaltamos por encima de Dios. La adoramos como si tuviera una mirada penetrante como la de Dios (temor a la vergüenza), o como si tuviera la habilidad, semejante a la de Dios, de “llenarnos” de autoestima, amor, admiración, aceptación y otros deseos psicológicos (temor al rechazo). Cuando pensamos en ídolos, generalmente pensamos en Baal y otras creaciones materiales hechas por hombres. En segundo lugar, pensamos en el dinero. Raras veces pensamos en nuestro cónyuge, nuestros hijos, o un amigo de la escuela. Pero las personas son nuestros ídolos favoritos. Ellos existen desde antes de Baal, el dinero y el poder. Y como todo ídolo, las personas son criaturas, no son el Creador (cp. Ro 1:25) y no merecen nuestra adoración. Adoramos a las personas porque percibimos que tienen el poder de darnos algo. Pensamos que pueden bendecirnos.

Cuando reflexionas sobre esto, te das cuenta de que la idolatría es la estrategia más antigua del corazón humano. Los objetos de adoración pueden cambiar con el tiempo, pero el corazón permanece siendo el mismo. Lo que ahora hacemos no es diferente a lo que los israelitas hicieron con el becerro de oro. Cuando los israelitas salieron de Egipto, se sentían muy vulnerables y necesitados (y tenían un corazón duro y rebelde). Aunque habían sido testigos del poder de Dios, tuvieron temor. Se sintieron fuera de control. La solución fue escoger un ídolo en lugar del Dios verdadero. Al hacer esto, se estaban oponiendo a Dios y evitándole.

Se opusieron a Dios al confiar en ellos mismos y en sus propios dioses en lugar de confiar en el Dios verdadero. Después de todo, no podían tener la certeza absoluta de que ese Dios fuera a bendecir a las mujeres con fertilidad. ¿Y qué de esos otros dioses que parecían tener poder para dar cosechas abundantes? En caso de que Dios no fuera suficiente, ellos comenzaron a seguir a otros dioses. Pensaron que los ídolos les darían lo que deseaban o sentían que necesitaban. Deseaban un dios que pudieran controlar y manipular. No deseaban a nadie por encima de ellos, ni siquiera a Dios. Pensaron que Dios no iba a ser capaz de mantener el ritmo de sus deseos y buscaron bendición y satisfacción en algo que pudieran controlar. Deseaban hacer su voluntad en vez de la de Dios. Ese es el colmo de la rebelión.

Al seguir a otros dioses, los israelitas también querían evitar a Dios. Esto les convenía más que la confianza en Él. El pueblo de Israel nunca había visto un despliegue de santidad como el que vieron en el Sinaí. Semejante santidad los hizo sentir vulnerables y al descubierto. Se dieron cuenta de su propia vergüenza, y para lidiar con ese terror santo, sus corazones rebeldes se fueron en busca de un dios que fuera inofensivo. Y el becerro de oro ciertamente lo era.

De la misma manera ocurre en la actualidad. En nuestra incredulidad, nos oponemos a Dios y lo evitamos. ¿Cuál es el resultado de esta idolatría? Como en toda idolatría, el ídolo que escogemos adorar pronto se adueña de nosotros. El objeto que tememos nos conquista. Aunque sea insignificante en realidad, el ídolo llega a ser enorme y nos gobierna. Nos dice cómo pensar, qué sentir y cómo actuar. Nos dice qué ponernos, nos dice que nos riamos de un chiste pervertido y nos dice que estemos aterrados si tenemos que ponernos de pie y hablar delante de un grupo. Nos sale el tiro por la culata. Nunca hubiéramos esperado que usar a las personas para satisfacer nuestros deseos nos convertiría en sus esclavos.

Sarah era la estrella de tres deportes en una de las mejores universidades del país. No solo eso, sino que también era la capitana de los tres equipos y había ganado el premio a la mejor atleta femenina. Con tal habilidad y reconocimiento pensarías que se sentía muy bien consigo misma, pero ya estaba preocupada por el año siguiente. Las expectativas de los demás serían mayores. ¿Cómo podría superar lo que ya había logrado? Una buena amiga suya relató: “Dijo que quería ser la mejor novia, la mejor atleta y la mejor estudiante”.

Deseaba renunciar a alguno de sus deportes para aliviar un poco el estrés abrumador en su vida, pero temía desalentar a sus compañeras. No consideraba siquiera por un momento decir “no” a alguna amiga. Una persona observó: “Ella quería agradar a todos y no podía detenerse”. Solo pudo pensar en una salida. Sarah tomó un rifle calibre 22 y se disparó en el pecho.

La gente se había convertido en el ídolo de Sarah. Necesitaba su aprobación. Necesitaba su amistad y se sentía totalmente sofocada por la posibilidad de que alguien tuviera opiniones desfavorables de ella. La trágica realidad es que Sarah se convirtió en la esclava de su ídolo y la tragedia acompaña a tal esclavitud. Sarah no veía otro camino hacia la libertad.

Para reflexionar

El propósito de estos primeros dos capítulos es revelar que el temor al hombre está en todos nosotros. La realidad detrás de este temor es mucho más profunda que la idea que tenemos de tener miedo. En el sentido bíblico, aquello a lo que tememos revela dónde está nuestra lealtad. Nos muestra dónde ponemos nuestra confianza. Muestra quién es grande en nuestras vidas.

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Este artículo fue adaptado de una porción del libro Cuando la gente es grande y Dios es pequeño publicado por Poiema Publicaciones

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Páginas 41 a la 44

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Edward T. Welch
Edward T. Welch (PhD, Universidad de Utah) es un consejero y miembro de la facultad de Christian Counseling & Educational Foundation. Ha ejercido la consejería por más de 35 años y ha escrito extensamente acerca de la depresión, el miedo y las adicciones. Entre sus libros se encuentran “Cuando la gente es grande y Dios pequeño”, “Encrucijada: Una guía paso a paso para salir de la adicción”, “Corriendo asustado: Miedo, preocupación y el descanso en Dios”, “Lado a lado”. Escribe de manera regular en CCEF.org.