Conozco a muchos que anhelan dejar una huella en su área de conocimiento. Conozco a escritores que anhelan conseguir ese primer contrato y publicar esa primera gran novela. Conozco a músicos que anhelan hacerse notar y lograr un contrato con una firma de grabación. Conozco a oradores que están convencidos de que podrían dejar su huella si tan sólo pudieran ser invitados a esa primera conferencia, entregar ese primer discurso o inspirar a esa primera audiencia. Conozco y admiro a muchas de esas personas y con frecuencia yo mismo los animo.

Sin embargo, incluso mientras los animo desde fuera y mientras trato de alentarlos  tanto como puedo, hay una oración que los motivo a orar en medio de todo su anhelo: “Dios, concédeme sólo el éxito que pueda manejar”.

Durante mucho tiempo he observado que la mayoría de la gente puede manejar mejor el fracaso que el éxito. Si el fracaso tiende a estimular la innovación, el éxito tiende a generar el estancamiento. Si el fracaso tiende a generar  humildad, el éxito tiende a engendrar orgullo. Si el fracaso tiende a estimular la dependencia, el éxito tiende a generar la autosuficiencia. He visto personas que parecían estar haciendo grandes progresos en la piedad, grandes avances en la vida recta y santa, hasta que alcanzaron el éxito y ganaron el reconocimiento. Fue entonces cuando su progreso pareció detenerse casi por completo o incluso revertirse. Cuando obtuvieron lo que anhelaban, perdieron el progreso por el que habían trabajado. He visto a muchas más personas arruinadas por el éxito que por el fracaso.

La razón es bastante simple: Su éxito dejó atrás su santificación. El nivel de sus logros aumentó más rápido que el crecimiento de su carácter. Sus logros vocacionales llegaron a costa de los logros espirituales. Obtuvieron más éxito del que podían manejar y eso les causó un gran daño.

El Dios que resiste a los soberbios, pero que da gracia a los humildes, ama cuando oramos suplicando por Sus bendiciones. Él honra el hecho de que oremos con corazones sumisos. Él siente admiración cuando oramos conscientes de nuestras debilidades, conscientes de nuestras tentaciones y entonces suplicamos por Su fortaleza y liberación. El viejo Agur rogó a Dios que no le diera ni pobreza ni riqueza, sino sólo lo que necesitara, pues sabía que con los bolsillos llenos y el vientre lleno sería tentado a negar la providencia pasada del Señor y con los bolsillos vacíos y el vientre vacío sería tentado a dudar de la provisión futura del Señor. Mientras que hubiera reclamado el crédito por cualquier abundancia, hubiera censurado a Dios por cualquier carencia. Conociendo sus debilidades, le pidió a Dios que no le diera más de lo que podía manejar.

Aquellos que  piden por no más de lo que pueden manejar, encontrarán gozo y bienestar incluso en los logros más sencillos, porque sabrán y confiarán en que Dios les ha dado lo que es mejor para ellos y les ha negado lo que les haría daño. Su llamado no es a resentirse por los pocos  talentos que Dios les ha asignado, ni tampoco a enterrarlos en la tierra mientras se quejan por no tener más, sino a ser fieles con ellos y a administrarlos bien. Pueden hacerlo con alegría y seguridad, confiando en que Dios les ha dado lo que Él, en Su providencia, ha determinado que es necesario y mejor. No les ha negado nada bueno.

Pero, por supuesto, estaría mal que se durmieran en sus laureles, asumiendo que no pueden ser de mayor utilidad para el Señor y Sus propósitos. Aun cuando acepten humildemente lo que el Señor les ha asignado, debe ser su gozo continuar creciendo en piedad, continuar buscando la santidad, continuar confiando en que a medida que crecen en la gracia, pueden estar preparando su carácter para manejar más éxito y con ello más oportunidades de hacer el bien a los demás y dar gloria a Dios. Porque orar: “Dios, dame sólo el éxito que pueda manejar” es aceptar el reto de estar preparado para enfrentar más.

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Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.