“El orgullo no obtiene placer por poseer algo, sino por tener más que el prójimo. Es la comparación lo que te hace sentir orgulloso, el placer de estar por encima del resto. Una vez que el elemento de la competencia se va, el orgullo se va” (C. S. Lewis, Mero cristianismo).

La sola mención de la palabra orgullo, debería advertirnos de un gran peligro y generarle un sano temor a cualquier cristiano que la oiga. Ciertamente, debemos recordar que hay dos formas de apreciación para el orgullo, se le puede identificar ya sea desde el punto de vista de una virtud o de un pecado. Si hablamos de virtud, podríamos decir que un padre está orgulloso de los logros de su hijo en los estudios, una esposa está orgullosa de su esposo o simplemente alguien está orgulloso de alguna otra cosa que se considere particularmente loable. Pero en este artículo nos enfocaremos en el orgullo como un pecado, el cual podría describirse como: “el exceso de estimación hacia uno mismo y sus propios méritos, y como consecuencia, considerarse superior a los demás”. Siendo esto algo que es específicamente desagradable a los ojos de Dios, tal como nos lo recuerda Salomón en el libro de Proverbios cuando dice que Él abomina al de «ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente» (Pr 6:17). La primera abominación en la lista es la soberbia u orgullo, y por lo tanto haremos bien en prestar atención a ese orden puntual que la Biblia nos da en este pasaje.

No siempre el orgullo se hace manifiesto en un hombre de la manera que podríamos imaginarnos, por eso precisamos del consejo de Dios en su palabra para poder señalarlo y para, a la misma vez, examinar nuestros corazones y hacer los ajustes pertinentes.

Un texto fundamental

Noten conmigo Jeremías 9:23-24, «Así dice el Señor: No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza; mas el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce, pues yo soy el Señor que hago misericordia, derecho y justicia en la tierra, porque en estas cosas me complazco —declara el Señor».  Creo firmemente que aquí hay algunas cosas que nos ayudan a descubrir evidencias del orgullo en un hombre.

1. El hombre orgulloso se gloría en su conocimiento

«No se gloríe el sabio de su sabiduría». Si lo miramos positivamente, podemos decir que un hombre orgulloso es aquel que busca dar a conocer lo que sabe, que pretende hacer notorio su conocimiento de manera que lo coloque en el centro de la admiración de otros.  No tiene reparos en posicionarse por encima de los demás en cuanto a expresar lo que conoce acerca de distintas cosas. Es probable que arrastre a su familia, en caso de tenerla, y a sus amigos sacando provecho de ellos mientras le ayudan a promover su saber.

2. El hombre orgulloso se gloría en su posición

«Ni se gloríe el poderoso de su poder». Otra característica del hombre orgulloso es su enfoque en la posición, en tener control sobre todo lo que le rodea.  Se gloría en su habilidad para obtener lo que desea a expensas de otros, tiene pericia para manipular a los demás con el fin de quedar bien posicionado.

3. El hombre orgulloso se gloría en sus riquezas

«Ni el rico se gloríe de su riqueza». Es también claro por el texto de Jeremías, que un hombre orgulloso persigue la demostración de su capacidad y poder a través de las posesiones materiales; aquel que busca mantenerse muy por encima del estándar de la mayoría. Su satisfacción y confianza está colocada en sus bienes o poder adquisitivo y, en tener lo último de marca en vanguardia y hacerlo público.

Creo que estas son algunas de las evidencias que se desprenden de la consideración de este texto bíblico.  Dios, a través del profeta, declara cuál es la cosa más valiosa que un hombre pueda tener: El entendimiento y conocimiento de Dios. «Mas el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce». Esto es algo que sitúa a Dios en el primer lugar, y que solamente procuran los hombres que se humillan y buscan honrar al Señor. Un hombre orgulloso nunca pensará en la gracia de las cosas que habrá recibido de lo alto.

4. El hombre orgulloso no hace la voluntad de Dios

También el apóstol Juan nos instruyó acertadamente bajo inspiración del Espíritu de Dios cuando dijo: «Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo» (1 Jn 2:16).  ¿Ves a un hombre que tiene pasión por las cosas de la carne, de los ojos y por la arrogancia de la vida? Ese es un hombre orgulloso que no tiene interés en ver la voluntad de Dios cumplida en su propia vida, así como lo expresa luego el apóstol: «Y el mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2:17).

5. El hombre orgulloso no tiene buena memoria

El apóstol Pablo nos recuerda cuál es la correcta forma de pensar de un hombre humilde y cómo actúa uno que no lo es, «Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4:7) Si quieres identificar al hombre orgulloso, o si quieres descubrir puntos ciegos en tu propia vida sobre el tema, aquí hay tres buenas preguntas que el apóstol Pablo nos formula a fin de meditar en ellas.  Déjenme ampliar un tanto más en el asunto, porque es posible leer entre líneas algo de lo que Pablo está diciendo acá, algo que los corintios no tenían en cuenta, como todos los orgullosos: La falta de memoria sobre la fuente de lo que somos o poseemos, es la gracia de Dios.

Cuando el pueblo de Israel vagó por el desierto cuarenta años, algo que les caracterizó fue la falta de memoria.  En Deuteronomio 8, encontramos verdades muy importantes sobre esto, vemos lo que Dios esperaba que tuvieran en cuenta, pero un actuar contrario a los estatutos de Dios, fue el distintivo de la nación de Israel y también de cada uno de nosotros. «Cuídate de no olvidar al Señor tu Dios dejando de guardar sus mandamientos, sus ordenanzas y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no sea que cuando hayas comido y te hayas saciado, y hayas construido buenas casas y habitado en ellas, y cuando tus vacas y tus ovejas se multipliquen, y tu plata y oro se multipliquen, y todo lo que tengas se multiplique, entonces tu corazón se enorgullezca, y te olvides del Señor tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto de la casa de servidumbre. Él te condujo a través del inmenso y terrible desierto, con sus serpientes abrasadoras y escorpiones, tierra sedienta donde no había agua; Él sacó para ti agua de la roca de pedernal. En el desierto te alimentó con el maná que tus padres no habían conocido, para humillarte y probarte, y para finalmente hacerte bien. No sea que digas en tu corazón: «Mi poder y la fuerza de mi mano me han producido esta riqueza». Mas acuérdate del Señor tu Dios, porque Él es el que te da poder para hacer riquezas, a fin de confirmar su pacto, el cual juró a tus padres como en este día. Y sucederá que si alguna vez te olvidas del Señor tu Dios, y vas en pos de otros dioses, y los sirves y los adoras, yo testifico contra vosotros hoy, que ciertamente pereceréis» (Dt 8:11-19).

«Entonces tu corazón se enorgullezca, y te olvides del Señor tu Dios». Es una de las frases puntuales en el pasaje; es la relación orgullo/olvido. En el corazón del hombre no hay lugar para dos. El hombre orgulloso olvida a Dios para dar lugar a aquello que lo satisface a corto plazo, y que lo hace sentir poderoso y dueño de su vida.  Pero también es importante notar lo que marca el texto cuando dice: «acuérdate del Señor tu Dios, porque Él es el que te da poder para hacer riquezas», aquí se ve la relación poder/recuerdo. El verdadero poder en el hombre radica en el recuerdo constante de la gracia de Dios que le provee todas y cada una de las cosas que tiene, tanto espirituales como materiales. Los hombres humildes tienen buena memoria.

El origen de todo

Recordamos que el orgullo tuvo su origen en Satanás mismo, quien quiso ocupar el lugar de Dios. «Aun cuando tu corazón se ha enaltecido y has dicho: ‘Un dios soy, sentado estoy en el trono de los dioses, en el corazón de los mares’, no eres más que un hombre y no Dios, aunque hayas igualado tu corazón al corazón de Dios» (Ez 28:1). Pero a partir de esto, y la entrada del pecado en el hombre, el orgullo fue parte integral del ser humano.  Luego de una memorable discusión de Jesús con los fariseos sobre la limpieza ceremonial frente a los alimentos, el Señor aprovechó a enseñar a sus discípulos dónde se encontraba la verdadera fuente de contaminación, él les dijo: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de adentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaños, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo e insensatez. Todas estas maldades de adentro salen, y contaminan al hombre» (Mr 7:20-23). Si queremos comprender mejor las evidencias y los peligros del orgullo, éste es un buen texto bíblico, puesto que enlista una serie de graves pecados entre los cuales se encuentra el orgullo. Jesús dijo que el orgullo posee la misma fuente de origen que, por ejemplo, los homicidios y los adulterios; dos males que corrompen la sociedad continuamente.

Pues también lo podemos ver aquí; el orgullo es un pecado contaminador y destruye al hombre de manera integral.

El mayor ejemplo es el mejor remedio

No existe duda alguna que, el mayor ejemplo de todos para contrarrestar el orgullo es el de nuestro Señor Jesucristo.  El apóstol Pablo describió la grandeza de la obra de Jesús desde el polo opuesto al orgullo, es decir, la humildad.  «Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil 2:3-11).

El evangelio nos protege del orgullo

Como puedes ver, este pasaje de Filipenses 2, que es la piedra fundamental en la cual aprendemos sobre la humildad, no es otra cosa que una exposición del evangelio, el mejor y único remedio contra el orgullo. El evangelio pone fin a la raíz del orgullo como ninguna otra cosa puede hacerlo.  Cualquier evidencia de orgullo que un hombre pueda tener, ya sea gloriarse en su conocimiento, su posición, sus riquezas, no tener en cuenta la voluntad de Dios, o tener una falta de memoria sobre la gracia del Señor, desaparecen cuando el evangelio llega al corazón y Jesucristo lo transforma. Es entonces que las evidencias de un hombre humilde comienzan a ocupar el lugar de las que marcan el orgullo. Necesitamos predicarnos el evangelio una y otra vez e imitar a Jesucristo, a fin de poder hacer frente y salir victoriosos sobre este pecado del orgullo.

Si un hombre se llama cristiano y persiste en su orgullo, debería volver a examinar su percepción de lo que es la vida cristiana, la cual Pablo nos dice que implica básicamente el haber sido llamados a la comunión con Jesucristo (1 Co 1:9). Por lo tanto, tener orgullo e insistir en una relación saludable con Dios es completamente inconsistente, pues Santiago nos dice sobre Dios que, «Él da mayor gracia. Por eso dice: Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes». (Stg 4:6).