¿Cómo puedo ser libre de mi obsesión con mi apariencia? Una pregunta importantísima de una joven anónima que escucha cada episodio y que, sin duda, estará escuchándonos hoy. “¡Hola, Pastor John! Tengo 19 años. Tengo una pregunta sobre mi autoimagen con la que he estado luchando por un tiempo. Durante años he tenido que luchar con odiar lo que veo en el espejo. Ha sido un trayecto muy frustrante y emocional. Lucho frecuentemente con compararme con los demás y soy muy crítica sobre mi apariencia. Me siento muy apenada cuando no me pongo maquillaje o cuando uso cierto tipo de ropa. Sé que esto es un gran problema para muchas mujeres jóvenes. Las mujeres necesitan que Jesús perdone sus pecados, no que las haga sentir hermosas. Y, aun sabiendo eso, sigo luchando con esto. Sé que esto se deriva del orgullo y del amor propio: estar obsesionada con mi apariencia. Es muy dañino y desalentador y afecta mi vida todos los días. Me preguntaba, ¿cómo alentaría usted con la Biblia a mujeres que luchan con esto?”.

Anciana, arrugada —y hermosa

Permítanme comenzar con una historia. Evelyn Brand nació en Inglaterra en 1879 y creció en una familia inglesa adinerada. Estudió en el Conservatorio de Arte de Londres. Ella vestía con la mejor seda de su época. Se convirtió rotundamente a Cristo, se casó y se fue con su marido a ministrar como misioneros en la cordillera Kollimalai en India.

Después de unos 10 años, su esposo falleció a la edad de 44. Regresó a casa quebrantada, apesadumbrada por el dolor y la tristeza. Pero después de un año de restauración, y contra todos los consejos, regresó sola a la India. Su alma fue restaurada. Entregó su vida a la gente de aquellas colinas: cuidando a los enfermos, enseñando agricultura, dando conferencias sobre la enfermedad del gusano de Guinea, criando huérfanos, limpiando zonas selváticas, sacando dientes, fundando escuelas, esparciendo el evangelio.

Vivía en una choza portátil (de 0.75 metros cuadrados) por un tiempo; después la quitaba, la movía y la volvía a colocar. A la edad de 67 tuvo una caída y se fracturó la cadera. Su hijo, Paul Brand (un famoso cirujano), la animó a retirarse. Ya había sufrido fracturas de brazo y de vértebras y malaria recurrente. Su respuesta fue: “Paul, tú conoces estas montañas. Si yo me voy, ¿quién ayudará a esta gente? ¿Quiénes tratarán sus heridas, sacarán sus dientes, les enseñarán sobre Jesús? Cuando alguien venga a tomar mi lugar, entonces, y solo entonces, me retiraré”.

Continuó trabajando. Entonces, a la edad de 95, murió. La gente de la aldea la enterró en una simple frazada de algodón para que su cuerpo se descompusiera y se convirtiera en parte de las montañas. Su hijo comentó: “Con las más profundas y numerosas arrugas de cualquier ser humano que haya visto en esta tierra, ella era una mujer hermosa”.

Ahora, aquí viene la parte buena: durante sus últimos veinte años de vida, ella se rehusó a tener un espejo en su hogar. Me encanta. Ella se encontraba consumida por su ministerio, no por espejos ni por sí misma. Un colega comentó en una ocasión que la “Abue Brand” estaba más viva que cualquier otra persona que conociera.

Un atractivo incorruptible

Ahora el mundo gasta miles de millones de dólares y tiempo publicitario sin fin intentando persuadir a las mujeres de que la vida consiste en su apariencia: su piel, su figura, su cabello. El engaño es tan antiguo como la misma historia. En su centro se encuentra el intento de engañar a la mujer para compararse con otras mujeres, aun si Pablo escribió: “ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos” (2 Corintios 10:12). Él se refería a una situación diferente, pero el principio es el mismo.

Hace tres mil años, el sabio del Antiguo Testamento suplicó a las mujeres que no se dejaran engañar. Dijo: “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (Proverbios 31:30). En otras palabras, la verdadera hermosura, aquello verdaderamente digno de alabanza en la vida, no es la apariencia externa, sino la reverencia por Dios y una vida para los demás.

Hace dos mil años, el apóstol Pedro dijo: “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 Pedro 3:3-4).

Pablo dijo: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad” (1 Timoteo 2:9-10). En otras palabras, la verdadera belleza es una vida en servicio a otros. La más grande belleza es una vida que se olvida de sí misma por el bien de los demás en el nombre de Jesús.

Humildad, sabiduría y amor

Permítanme incluir algo a título personal que animará a miles de mujeres y ofenderá a millones probablemente. No hablo por todos los hombres, pero hablo por al menos unos cuantos miles cuando digo lo siguiente: no encontramos atractivo el maquillaje: labiales, sombras, pigmentos faciales, uñas de colores; son poco atractivas. Lo que amamos son rostros naturales, auténticos.

Ahora, si eso te suena liberador, me alegro. Si no; si es ofensivo, amenazador, molesto; bueno, no hay problema, solo es la extraña opinión de John Piper. Hay muchas personas piadosas que no estarían de acuerdo conmigo. Muchos, más piadosos que yo, estoy seguro de eso.

Ese no es el punto principal de este John Piper Responde. Así que dejemos ese paréntesis y regresemos al punto. ¿Cuál es el punto principal? El punto principal es que belleza externa es insignificante comparada con la belleza interna de la humildad, la sabiduría y el amor —una vida para los demás.

Aunque usted no lo crea, no solo Dios, sino también el mundo lo ve cuando lo mira desde la mejor perspectiva que puede proveer la gracia común. ¿Cuántas millones de personas dirían que la Madre Teresa —la anciana y arrugada Madre Teresa— tenía una belleza más poderosa que la de todas las modelos del mundo juntas; igual que Evelyn Brand quien rehusó tener espejos en su hogar durante sus últimos veinte años de vida?

Nuestros problemas en la perspectiva correcta

Permítanme terminar con otra historia. Hace mucho tiempo en nuestro vecindario, un hombre apareció por un poco de tiempo. No sé de dónde vino ni a dónde fue. Estuvo allí solo un tiempo, hasta donde pude saber. Noté que solo salía durante la noche de la torre departamental de clase baja cerca de nuestra casa. Generalmente, caminaba del otro lado de la acera de donde se encontraba la mayoría de la gente. Una noche, logré verlo por un momento mientras paseaba con mi perro y noté que tenía un enorme lunar morado que cubría la mayor parte de su rostro. No era simplemente una decoloración; era desfigurante. Quiero decir que habría espantado a prácticamente cualquier niño que lo viera y probablemente haría que la mayoría de la gente se cruzara la calle.

Una noche, hice coincidir mi salida a pasear para encontrármelo. Mientras pasaba, lo saludé y le pregunté si podría decirle algo. Ahora, sé que lo que estaba por hacer fue muy arriesgado y no lo recomiendo necesariamente, pero sí fue lo que me sentí guiado a hacer. Se detuvo y yo fui directo al grano. Le dije: “Mi nombre es John. Vivo en esta calle en esa casa roja de allá. Soy el pastor de aquella iglesia de allá. Quiero que sepa que sé que está aquí y que no quiero evitarlo. Entiendo que la vida debe ser muy difícil para usted, pero quiero que sepa dos cosas que son ciertas por causa de Jesús. Una es que me intereso por usted y que no lo menosprecio por su apariencia”. (Se entiende por qué fue algo arriesgado, ¿no? Es decir, no tenía idea de si le iba a hacer enojar esto o no). “Lo otro que quiero decirle es que tengo noticias espectaculares para aquellos con cualquier tipo de discapacidad —es decir, todos aquellos que confíen en Jesús serán sanados completamente en la resurrección. Tendremos nuevos cuerpos, nuevos rostros, nuevas piernas, nuevos brazos, pero seguiremos siendo nosotros mismos”. Él me agradeció y siguió con su camino. Creo que nunca volví a verlo jamás.

La razón por la que cuento esta historia es la siguiente: prácticamente todos nosotros nos sentimos abrumados por nuestros propios pequeños problemas. El rostro de este hombre pone en la perspectiva correcta mi preocupación con arrugas, mejillas hundidas y manchas cutáneas. Lo que todos necesitamos es una buena dosis de exposición a verdadero sufrimiento, desconocido aún para nosotros, y tal vez algunas décadas de servicio glorioso en las montañas de la India, sin espejos en el hogar.