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    ¿Estaría bien que me enoje con Dios?

    Lo sentí como una prueba: una prueba de mi fe,  de mis convicciones y de mi amor por Dios. Poco tiempo después de la muerte de mi hijo, recibí un mensaje de un conocido. Sus intenciones eran buenas: quería consolarme, pero sus consejos eran dudosos: quería que me enfadara con Dios. Parafraseando a uno de sus autores favoritos, dijo: «Está bien enfadarse con Dios por esto. Está bien decirle exactamente lo que sientes por Él en este momento. Házselo saber. A Él no le importa».

    Mis instintos se rebelaron contra su consejo, pero por un momento dudé. No sentía ira por mi pérdida, pero ¿debería sentirla? No me molestaba la soberanía de Dios al llevarse a mi hijo, pero ¿sería apropiado que me molestara? Yo estaba apoyándome fuertemente en Dios para que me consolara, pero ¿debería ahora también echarle la culpa? En ese mismo momento, un versículo de las Escrituras, un simple fragmento, me vino a la mente. «Maldice a Dios y muere». En este caso, no se trataba de un humano que se lo exigiera a otro como hizo la mujer de Job con su marido. Más bien, era el recordatorio del Espíritu Santo de lo que significaría para mí levantar el puño al cielo.

    Ese momento fue una prueba para mi fe. ¿No nos hemos preguntado todos si nuestra fe sería capaz de resistir un golpe tan duro como la muerte repentina e inexplicable de un hijo? Desde luego, yo sí. En ese momento, tuve que decidir si mi fe me empujaría hacia Dios o me alejaría de Él. Tuve que elegir entre la sumisión y la rebelión.

    Ese momento fue una prueba para mis convicciones. A menudo, he proclamado las glorias de la bondad y la soberanía de Dios, pero eso ha sido fácil porque se han alineado constantemente con mis propios deseos. En ese momento, tuve que elegir si seguiría proclamando en la oscuridad lo que había celebrado en la luz o si por el contrario, permitiría que mis circunstancias dieran un vuelco a mis convicciones. Tuve que elegir si esas doctrinas me acercarían a Dios en la comodidad o me alejarían en la ira.

    Ese momento fue una prueba de mi amor. He proclamado tantas veces mi amor por Dios, pero ahora Él se había llevado a mi hijo, mi primogénito, mi protegido, el hombre más preciado para mí en todo el mundo. En ese momento tuve que elegir si amaría a Dios a través de esto o me enojaría con Él, si eso haría que mis afectos se volvieran cada vez más hacia Él, o si los alejaría.

    Ese momento fue una prueba, estoy seguro de ello porque aunque hay una corriente de enseñanza en el mundo cristiano que dice que es un signo de madurez y autenticidad enfadarse con Dios, a mí no me convence. De hecho, estoy seguro de que es lo contrario: que nunca habrá un momento apropiado para que me enfade con Dios o en Dios. ¿Por qué? Porque en última instancia, enfadarse con lo que hace Dios es enfadarse con quien es Dios. Enfadarse con Sus acciones es enfadarse con Su persona. Es dudar que Sus acciones sean justas, sabias, correctas, que sean buenas. Es poner en duda Su carácter.

    Eso no quiere decir que no podamos enfadarnos nunca. No quiere decir que debamos ser completamente impasibles ante la pena, el dolor y el sufrimiento. Con respecto a esto, John Piper distingue de forma muy útil entre la ira por una cosa y la ira por una persona: «La ira contra una cosa no contiene indignación por una elección o un acto. Simplemente no nos gusta el efecto de la cosa: el embrague roto, el grano de arena que acaba de entrar en nuestro ojo o la lluvia en nuestro picnic. Pero cuando nos enfadamos con una persona, nos disgusta una elección que ha hecho y un acto que ha realizado. Enfadarse con una persona siempre implica una fuerte desaprobación. Si te enfadas conmigo, crees que he hecho algo que no debería haber hecho».

    ¿Y quién soy yo para enfadarme por lo que ha hecho Dios? ¿Quién soy yo para desaprobar lo que Él ha permitido? ¿Quién soy yo para concluir que Dios ha hecho algo que no debería haber hecho o para sugerir siquiera esa idea? Puede que me enfade por lo que hago, o por lo que haces tú, o por lo que hace John Piper, pero todos somos pecadores, todos somos tontos, todos estamos equivocados, todos cometemos errores, todos a veces hacemos daño incluso cuando intentamos hacer el bien. Es muy posible que hayamos hecho algo que no deberíamos haber hecho. Sin embargo,Dios no. Él sólo hace lo que es correcto y lo que es bueno. Sólo permite lo que es mejor. Está tan a favor de nosotros que ninguna acción que emprenda será, en última instancia, contra nosotros.

    No es de extrañar, pues, que, después de que la mujer de Job animara a su marido a maldecir a Dios y a morir, éste la corrigiera con suavidad. Le advirtió que en su dolor (pues ella también había sufrido una terrible pérdida) estaba diciendo palabras que sólo eran propias de la boca de un necio. Luego, le preguntó retórica, fiel y  maravillosamente: «¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?». Luego, sigue esta afirmación de su tremenda fe: «En todo esto Job no pecó con sus labios».

    Job sabía que el consuelo no viene de la rabia contra Dios, sino de la sumisión a Él. El consuelo no viene de la ira contra la voluntad divina, sino de la aquiescencia a ella. J.R. Miller lo dice dulcemente: «[Dios] tiene derecho a tomar de nosotros lo que quiera pues todas nuestras alegrías y tesoros le pertenecen y sólo se nos prestan por un tiempo. Fue por amor que nos los dio; es por amor que nos los quita. Cuando cesamos nuestra lucha, y con fe y confianza sometemos nuestra voluntad a la Suya, la paz fluye en nuestro corazón y somos consolados». El consuelo llega cuando alineamos nuestra voluntad con la de Dios. La paz fluye cuando le bendecimos en nuestro dolor como lo hicimos en nuestras alegrías porque Su amor es igual de constante, Su carácter es igual de perfecto y Sus acciones son tan irreprochables en el recibir como en el dar.


    Este artículo se publicó originalmente en inglés en https://www.challies.com/articles/would-it-be-okay-for-me-to-be-angry-with-god/