¿Experimentas conflicto en tu vida matrimonial? ¿Hay desacuerdos y malentendidos? ¿Es, de alguna manera, posible evitar esos problemas?

La Biblia nos enseña que el pecado ha afectado todas las esferas de la vida humana, tanto nuestra vida interior como nuestras relaciones. Nuestra relación con Dios, primeramente, y también nuestra relación con otras personas (Rom. 8:6-7). Obviamente, el matrimonio no escapa a esta realidad.

El matrimonio es, entonces, la unión de dos pecadores, con todo lo que ello implica. Pero el matrimonio cristiano es la unión de dos pecadores redimidos, y las implicancias de ello son maravillosas.

Uno de los pecados que más afecta a nuestros matrimonios es el orgullo (y de él nacen muchos otros). El orgullo es, sin dudas, un poderoso enemigo de nuestro hogar.

¿Qué caras muestra este pecado en nuestra relación con nuestras esposas? ¿Cómo el evangelio nos transforma en este aspecto de nuestra vida?

 

Un enemigo de múltiples caras

En ocasiones el orgullo se nos muestra a cara descubierta, es evidente, casi ni se oculta.

¿Cuántas veces ha surgido un desacuerdo entre tú y tu esposa y en algún momento te das cuenta de que ella tiene la razón? ¿Te costó reconocer que estabas equivocado? Ahí está, esa es una de sus caras más visibles: la terquedad. A veces preferimos no dar el brazo a torcer y nos obstinamos en hacer algo de una manera, aunque sepamos que estamos equivocados y que quizás las cosas saldrán mal. Nuestro orgullo se manifiesta como terquedad.

¿Cuántas veces ha surgido una discusión o un enojo? ¿Cuántas veces has dicho o hecho algo que resulta ofensivo para tu esposa? ¿Te costó reconocer tu falta y pedir perdón? Aunque es, a todas luces, una necedad, muchos hombres preferimos no pedir perdón. ¿Y qué hacemos? Dejamos pasar un tiempo y luego pretendemos actuar como si nada hubiera pasado. A veces, hasta parece ser una táctica que da resultado. Nuestro orgullo se muestra como la resistencia a reconocer nuestra falta.

Algunos hombres tienen una interesante manera de reaccionar cuando saben que sus esposas pueden estar enojadas por algún motivo. ¡Reaccionan mostrando (simulando, en verdad) un enojo aún mayor! Nuestro orgullo se hace evidente como enojo e ira pecaminosa.

Al leer lo anterior probablemente hayas dicho: “Bueno, yo no soy así. Yo jamás actúo de esa manera”. Gracias al Señor por eso, hermano mío. Pero el orgullo tiene otras caras más sutiles.

 

Cuando el orgullo se disfraza

La efectividad del orgullo tiene que ver, en gran manera, con su enorme capacidad de ocultarse bajo otros rostros. Incluso se pone máscaras agradables (se muestra servicial, preocupado por el otro y hasta humilde). Pero sigue siendo el mismo enemigo.

Una de esas formas más sutiles del orgullo, cuando se manifiesta en nuestros matrimonios, es el silencio.

Sencillamente no hablamos. Cuando nuestra esposa, que nos conoce profundamente, nota en nosotros algo distinto, algo extraño, suele preguntar si nos pasa algo, si hay algún motivo de preocupación. ¿Qué contestamos?

Lamentablemente muchas veces no estamos dispuestos a compartir nuestras cargas y preocupaciones con nuestra esposa. Y entonces respondemos que no sucede nada, que es algo intrascendente, y hasta tratamos de restarle importancia a la cosa con una sonrisa forzada.

No nos engañemos, ellas saben perfectamente que hay algo que nos está causando preocupación, pero si nosotros no estamos dispuestos a hablar de ello, difícilmente puedan saber cómo ayudarnos.

¿Cuál es la razón por la que actuamos así? A veces queremos justificarnos pensando que en realidad no queremos traer los problemas del trabajo a casa, o que no deseamos generar preocupación innecesaria en nuestra esposa.

Los hombres hemos recibido una gran responsabilidad de parte del Señor, la de guardar y cultivar nuestros hogares. En ocasiones, la cultura ha hecho que creamos que eso significa que tenemos que ser fuertes e independientes. No tenemos que pedir ayuda a nadie, no tenemos que mostrar nuestras debilidades, tenemos que arreglárnosla solos. Hay que ser hombres.

Dios no nos ha llamado a vivir así. Ser hombres de acuerdo al evangelio no es ser autosuficientes.

La razón por la cual muchas veces no hablamos con nuestras esposas de aquello que nos genera temor, preocupación o angustia es sencillamente orgullo. Es pensar: “yo puedo solo, yo tengo que poder solo”. El orgullo es básicamente eso: creernos autosuficientes. Y las Escrituras abundan sobre las consecuencias de pensar así (ver Prov. 16:18)

 

El Señor es nuestra ayuda

El evangelio es siempre la solución a nuestro orgullo. El Señor, a través de Su Palabra, nos ayuda a examinar nuestros corazones y ver qué motiva nuestras actitudes. Él nos ayuda a desenmascarar nuestro “sentirnos autosuficientes” y confesarlo delante de Él para ser transformados.

El capítulo 2 de Génesis nos cuenta cómo el Señor vio que no era bueno que el hombre esté solo, y por eso le dio una “ayuda idónea”. Tan idónea es esa ayuda que tú y tu esposa son ahora “una sola carne”.

Ya son dos, no uno solo. Dios sabe que necesitas ayuda.

Aprender a compartir nuestras cargas con nuestras esposas es un proceso, pero trae gran madurez al matrimonio. Muchas de las grandes soluciones, que yo no veía en su momento, me fueron brindadas por mi esposa. Muchas de las situaciones que me resultaron difíciles de sobrellevar, no lo fueron tanto gracias a su ayuda, ánimo, consejo y oración.

Ruego al Señor para que cada uno de nosotros desarrolle una masculinidad despojada de orgullo y autosuficiencia.

¡Dios te brindó Su ayuda en la forma de una esposa! ¡Agradece por eso! ¡Pídele que te ayude a despojarte del orgullo!