Ni en un millón de años me hubiera imaginado ser una mamá homeschooler. En mi juventud fui muy crítica del sistema, pensaba que era una artimaña malignamente maquinada por los hombres que querían retener a sus mujeres en casa y que estas no se desarrollaran profesionalmente.  

Además, pensaba que era un desperdicio de tiempo y esfuerzo tener una carrera y dedicarte a “solo” enseñar a tus hijos. Obviamente, en ese tiempo ni siquiera era madre y mis concepciones sobre el rol de la mujer en el hogar no eran bíblicas, a pesar de haber tenido el ejemplo de mi madre que se negó a si misma por cuidarnos a mí y a mis hermanos, yo quería otras cosas para mi vida. 

En mi caminar con Cristo, El Señor en su misericordia me ha tenido tanta paciencia y jamás me ha llevado bruscamente de un punto a otro; con amor me ha ido mostrando sus verdades y ha preparado mi corazón para muchos cambios.  

En estos casi once años de matrimonio, es increíble cómo ha cambiado mi pensamiento desde el día cero hasta hoy y solo puedo decir que ha sido El Espíritu Santo que es quien convence de pecado y guía nuestros tercos corazones (Jn. 16:8). 

Hace algunos años comenzamos a relacionarnos de cerca con una familia que educaba a su hijo en casa y hablando del tema, pude ver muchas ventajas en ese sistema educativo, desde la economía, hasta el hecho de poder instruir a nuestros hijos en las disciplinas que particularmente consideramos importantes.  

A lo anterior, le sumé algunas inquietudes que ya venía teniendo por algún tiempo. Personalmente no estoy de acuerdo con que los niños deban tener larguísimas jornadas en la escuela y luego regresar a hacer tareas a la casa, sin tener tiempo para recreación y a veces ni siquiera para comer sanamente.  

Siendo docente universitaria he podido identificar muchas debilidades con que los jóvenes egresan de la educación básica, lo que les pone en gran desventaja en la universidad, donde el ambiente de aprendizaje es más individual y menos paternal. Así que decidí dejar de criticar la educación en casa, sentarme a escuchar algunas experiencias y estudiar al respecto, pues me pareció una propuesta bastante interesante después de todo. 

No necesité de mucho para querer intentarlo, pero también tenía muchos temores como: “yo no tengo paciencia”, “no sé cómo enseñarle a un niño”, y también me hacía las siguientes preguntas: ¿Y si no le gusta? ¿Y si no funciona? ¿Y la socialización? ¿podré seguir trabajando? Esas son algunas de las dudas y temores que pienso son más comunes entre las mamás al plantearse la idea, así que intentaré contarte cómo Dios me ayudó con cada una de ellas.  

¡No tengo paciencia con mis niños!

Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí (2 Cor. 12:9). 

La mayoría de las madres creemos que somos las únicas que perdemos la paciencia con nuestros niños, pero olvidamos un punto importante, y es que Dios no se equivoca, por algo te puso a ti como madre de esos niños, no eres perfecta, fallas y seguirás fallando, pero Él se perfecciona en tus debilidades.  

En primer lugardebemos hacer un alto y recordar que estas tratando con un niño, cuando pierdes la paciencia con alguien es porque piensas que estas explicando algo fácil de entender, o que ya lo debería saber; desde tu punto de vista es así, pero debemos ejercitar el don de la benignidad que el Espíritu Santo nos ha dado; y con bondad y empatía, bajar nuestras expectativas y dar de gracia lo que de gracia hemos recibido. ¿Quién más paciente que nuestro Dios? Que todos los días nos perdona y nos guía en amor (Sal. 103:8).  

En segundo lugar, después de Dios, nadie conoce a tu hijo más que tú. Tú sabes lo que le gusta, lo que le aburre, lo que le anima y le motiva, así que usar ese conocimiento sobre tu propio hijo es una herramienta super valiosa que ni el maestro más experimentado tendrá.  

En esos días donde no sientes mucha cooperación de su parte, tienes la libertad de poner la música que le gusta mientras trabaja o dejarle iniciar con su clase favorita o tener un día de clases al aire libre o dejarle bailar un rato, las opciones son tantas como lo que sabes de tus hijos. 

En tercer lugar, aprendí que debo ser flexible en algunas cosas, pues la idea para mí nunca fue trasladar la escuela a la casa, sino más bien que mi hogar sea un lugar donde mis hijos aprendan lo que necesitan para la vida y aunque la organización es importante, en el hogar no siempre todo sale según lo planeado, así que, si las cosas no van como quiero, trato de no perder la cabeza y recordar que la flexibilidad fue uno de los principales atributos que me atrajo de este sistema de educación. 

La siguiente semana compartiré contigo las respuestas a las preguntas que me causaban duda y temor, esto con el fin de que juntas podamos conocer más acerca de este tema y ver la forma en la que podemos seguir honrando y glorificando a Dios con la decisión de tener a nuestros hijos siendo educados en casa.