Hay ciertos pasajes de las Escrituras que me cuesta enseñar a nuestros hijos. Los lamentos son uno de ellos. Son crudos, incómodos y a veces torpes, como una nota disonante en una sinfonía. Sin embargo, como esa nota de disonancia, añaden una belleza compleja a la experiencia sinfónica completa. En lugar de saltar con rapidez esas partes en nuestros tiempos de enseñanza familiar, a veces necesito un recordatorio para ir más despacio, y ayudar a nuestros hijos a sentarse en la disonancia mientras aprenden el lenguaje del lamento.

A medida que los niños crecen, tienden a interiorizar del mundo que los rodea que la vulnerabilidad es un signo de debilidad, y la expresión de emociones vulnerables es algo que debe evitarse. He visto a mis propios hijos llegar a entender sus emociones de esta manera, y aunque odio admitirlo, debo reconocer que a menudo soy culpable cuando se trata de esta influencia. Cuando veo a alguien llorando, en especial a uno de mis hijos, quiero arreglar su pena lo más pronto posible (o al menos decirles que todo va a estar bien).

Es la misma disonancia que siento cuando leo un lamento. Quiero saltar a las partes que me hacen sentir mejor en lugar de sentarme un rato en el lugar del dolor del escritor y tratar de entenderlo.

Las Escrituras nos muestran, sin embargo, que el lamento y la alabanza son medios igualmente importantes para comunicarse con Dios. Ambos son necesarios si queremos tener una relación rica y profunda con Él. David lloró y bailó. Jeremías lloró y alabó. Jesús lloró y se regocijó. La lamentación y la alabanza pueden coexistir entre sí y deben coexistir. El lamento realza nuestra adoración al llevar nuestra cruda humanidad ante Aquel que desea todo de nuestros corazones. Por eso, es nuestro privilegio y responsabilidad como padres enseñar a nuestros hijos el lenguaje de ambos.

¿Cómo hacemos esto de manera práctica cuando va contra nuestra intuición cultural? Tal vez lo más importante que podemos hacer es permitir que nuestros hijos se expongan a las pruebas y el sufrimiento de este mundo mientras pueden procesarlos en la seguridad y el refugio de nuestros hogares.

Intentar protegerlos por completo de las dificultades que la vida traerá no sólo es imposible, sino también perjudicial para su bienestar emocional. Los niños, como todos los seres humanos, necesitan experimentar dificultades para poder asimilar toda la gama de emociones que Dios ha dado a la humanidad. Y es nuestro trabajo como padres ayudar a nuestros hijos a procesar las experiencias difíciles, así como las emociones que las acompañan.

En el caso de los niños pequeños, esto puede hacerse a través del uso de una lista de emociones para ayudarles a conceptualizar lo que están sintiendo en diferentes situaciones. Cuando leemos la Biblia juntos, podemos hacer preguntas como: “¿Qué crees que esta persona estaba sintiendo cuando eso sucedía?” o “¿Con quién te identificas más en este pasaje? ¿Por qué?”

Para los niños en edad escolar, podemos ir un paso más allá y ayudarles a hacer la conexión entre el sufrimiento y personas específicas que conocemos en nuestra propia comunidad. Una cosa que hice hace unos años fue identificar a todas las personas que conocía que estaban pasando por pruebas difíciles en ese momento: padres luchando contra el cáncer, bebés prematuros luchando por sobrevivir, padres adoptivos criando niños enfermos. Imprimí fotos de cada familia y empezamos a orar todos los días por ellos y a enviarles palabras o imágenes de aliento.

Uno de los bebés por los que orábamos había sido puesto en un hospital y sólo le quedaba un corto tiempo de vida. Recuerdo con claridad el día en que de modo sorprendente recibió un trasplante abdominal completo y se le dio la oportunidad de una nueva vida. ¡Cómo nos alegramos de esa noticia! Esta alegría se mezcló con el dolor, sin embargo, cuando tuve que explicar a nuestros hijos que otro niño había muerto para darle los órganos al niño por el que habíamos estado orando.

Esta fue la oportunidad perfecta para entrar tanto en la alegría como en la tristeza a través de la misma experiencia, y para sacar a relucir el hecho más glorioso de que esto fue lo que Jesús hizo por nosotros cuando murió por nuestros pecados. ¡Él voluntariamente entregó Su vida para que pudiéramos tener la vida eterna con Él!

A medida que nuestros hijos crecen, es importante abrir sus ojos a la pecaminosidad y el fracaso de este mundo. Servir en un comedor de beneficencia en el centro de la ciudad, ser voluntario en un refugio para indigentes, o ir en un viaje misionero familiar sería una excelente experiencia para exponer a nuestros hijos a un mundo muy diferente, y a menudo más destruido, que el suyo propio. Estas experiencias prácticas también crean una oportunidad para tender un puente entre el pecado y la miseria de este mundo y la historia redentora de la presencia de Dios con nosotros en tiempos difíciles.

También es fundamental que modelemos el dolor saludable ante nuestros hijos. A principios de este año, cuando una colega murió debido a complicaciones de salud relacionadas con el embarazo, nos afligimos como familia y como comunidad. Fuimos y nos sentamos durante días y días en su casa, como es la costumbre cultural donde vivimos, en Kenia. Fuimos testigos del llanto y el desgarro de la ropa que tan a menudo es la expresión de la pena mencionada en las Escrituras. Fuera de nuestra zona de confort occidentalizada, elegimos entrar en la profundidad de la pérdida juntos, como una familia. Para nosotros, esta fue la imagen definitiva de un duelo con esperanza.

Es importante dar ejemplo a nuestros hijos en tiempos de crisis o sufrimiento, pero también podemos darles ejemplo en la vida diaria. Crear un ritmo regular de alabanzas y lamentos les ayudaría a entender y experimentar mejor estas emociones.

Participar en una reflexión diaria o semanal juntos o enseñar a nuestros niños a orar con Adoración, Confesión, Acción de Gracias, Súplica (En Inglés: Adoration, Confession, Thanksgiving, Suplication, ACTS) son formas sencillas de hacerlo. Al realizar estas pequeñas prácticas diarias, somos capaces de modelar cómo buscar en nuestros propios corazones, lamentar el pecado y el quebrantamiento, y crecer en nuestra gratitud por la esperanza que tenemos en Cristo.

Más que nada, debemos recordar nuestro principal llamado como padres cristianos: enseñar toda la Palabra de Dios a nuestros hijos. Por supuesto que debemos enseñar con la discreción apropiada a la edad, pero no debemos disminuir las consecuencias de la Caída en el ciclo de la historia de la redención. Muchos niños crecen aprendiendo muchas historias de la Biblia, pero se pierden el tema de esas historias entretejidas como un tapiz deshilachado que está siendo restaurado.

Un lugar para empezar a enseñar este tema es a través del estudio de los Salmos. Me sorprendió descubrir que más de la mitad de los salmos son lamentos, y todos, menos uno, terminan en alabanzas. Este hecho muestra que nuestra pena no es el final de la historia, que es en sí misma una buena noticia. Cuando leemos los salmos con nuestros hijos, no necesitamos un plan de estudios específico. Sólo leer un salmo cada día.

Léelo con antelación para que te familiarices con el pasaje. Si hay partes que sienten que necesitan saltarse debido a la edad o madurez de sus hijos, sientan la libertad de hacerlo. El punto es atraerlos a la disonancia, permitirles hacer preguntas, pero no sentirse presionados a tener todas las respuestas. Al final de una semana o dos, ayúdenlos a escribir su propio lamento o a elegir uno para memorizarlo en familia. Al hacer esto, estamos tejiendo tanto el lamento como la alabanza en sus corazones, permitiendo a nuestros hijos desarrollar un lenguaje que puedan usar para comunicarse con Dios en el futuro.

Estoy totalmente de acuerdo con la visión de Michael Card en su libro, A Sacred Sorrow (“Un dolor santo”), en el que escribe: “El lamento no es un camino para la adoración, sino el camino de la adoración”. Mientras guiamos a nuestros hijos a través de las notas disonantes del lamento bíblico, nuestro objetivo no es apresurarnos a las partes que consideramos más “adorables” o edificantes. En su lugar, nuestro objetivo es ayudarles a sentarse en el lugar de las dificultades y a empatizar con el que está sufriendo. De hecho, esto es lo que Cristo ha hecho por nosotros.

Qué privilegio tenemos al guiar a nuestros hijos en este viaje y darles el lenguaje del lamento y la alabanza.