Por generaciones hemos cantado la canción “Oh ven, Oh ven Emanuel” en la Navidad, y me pregunto ¿Cuántas de nosotras hemos entendido la profundidad de lo que significa que Dios está con nosotros, que Él es nuestro Emanuel?  

La canción comienza: 

“Oh ven, oh ven Emanuel de la maldad rescatar 
Que llora en triste desolación
Y espera ansioso al Hijo de Dios
Cantad, cantad con gozo Israel 
Vendrá a ti muy pronto Emanuel”.  

¿Por qué somos cautivos? ¿Estamos en exilio? ¿Por qué Emanuel necesitaba venir para rescatar a los cautivos? ¿Cuántas de nosotras entendemos por qué tuvo que ser Cristo? 

Estas son cosas que hemos escuchado durante tantos años que se convierten en una rutina y no nos detenemos a analizar los eventos, ni tampoco la necesidad o la relevancia que este hecho tiene para nuestras vidas.   

Todo comenzó en el jardín de Edén. Dios creó a la raza humana en un paraíso donde la presencia de Dios era evidente (Gén. 3:8), pero ellos preferían cometer anarquía que vivir en paz con Dios; y entonces todo se trastornó dejando una guerra entre el bien y el mal, tanto en el mundo como en nuestros corazones.  

Como el pecado fue contra un Dios perfecto el pago tuvo que ser de la misma altura. ¿Hay alguien nacido de mujer, aparte de Jesús, que ha sido perfecto? Ya estamos comenzando a ver por qué Jesús y nadie más. Por la falta de candidatos, Dios en Su bondad anunció Su plan en la misma caída (Gén. 3:15). Por esta caída nacemos con naturaleza pecaminosa y esto nos mantiene en cautiverio al príncipe de este mundo (1 Jn. 5:19) hasta que nuestro rescate fue pagado.  

Seguimos caminado a través del pueblo judío y aunque vemos que la separación persistía, Dios en Su gracia siempre había hecho Su presencia evidente; sin embargo, a pesar de su omnipresencia, Dios había limitado que Su pueblo sintiera esta presencia en la oscuridad del Santísimo del templo, o el tabernáculo, donde todo esta apuntando hacia El Mesías.  

Este lugar fue separado por un velo enorme demostrando el tamaño de la separación entre Dios y nosotras por el pecado cometido. Solamente se permitía la entrada del sumo sacerdote una vez al año y después de un ritual de limpieza, simbolizando la necesidad de apartarse del pecado 

Posteriormente se debía sacrificar a un cordero sin manchas, simbolizando la necesidad de un sacrificio perfecto, el sacerdote rociaba la sangre por encima del propiciatorio porque, “sin derramamiento de sangre no hay perdón” (Heb. 9:22), todo simbolizando que alguien perfecto tenía que morir para obtener el perdón por nuestros pecados.  

Esta “silla de la misericordia” (el propiciatorio) estaba ubicada sobre el arca del pacto que contenía los 10 mandamientos, el maná y la vara de Aarón que retoñó en frente del pueblo. Todo apuntando a la ley que estaban continuamente quebrantando, la bondad de Su provisión, de Su poder y elección de cómo resolver el problema.  

Durante todo el tiempo caminado en el desierto, Dios demostró Su presencia “de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos” (Ex. 13:21). Y esta misma columna se colocó entre el campamento de Egipto y el campamento de Israel antes de cruzar el Mar Rojo en seco, demostrando el cuidado por Su pueblo (Ex. 14:19). 

Dios siempre está presente, pero Su pueblo no lo reconocía.  Él demostró por generaciones Su amor, Su cuidado, Su poder y la necesidad de un Mesías; y “cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos” (Gál. 4:4-5). 

Aunque Dios siempre está presente, esto nunca ha sido suficiente para vivir en paz y salir del cautiverio del maligno por la falta de reconciliación con Él, algo imposible para nosotras y, entonces, la segunda persona de la Trinidad se encarnó, vivió la vida que era imposible para nosotras y luego murió para pagar este rescate.   

Por eso la canción dice: “¡Alégrate! Emanuel, Vendrá a ti”. Emanuel no solamente vino a la tierra, sino ¡Él se convirtió en uno de nosotros!, el único que podía vencer a nuestro enemigo para traernos lo que necesitábamos: paz con Dios y vida eterna con Él. ¡Un rescate que no se puede perder porque no fue hecho por nosotras sino por Dios!   

En Su gracia, Él cambió el mundo trayendo esperanza mientras completó todas las profecías dándonos la esperanza que necesitábamos. La muerte y el pecado fueron conquistados para que no tuviéramos que vivir con culpa.  Él es el gran YO SOY, el siempre presente, el Dios que nunca cambia y quien ha hecho lo indecible para que pudiéramos conocerle y tener una relación con Él.  

Cuando Cristo caminó en esta tierra, literalmente se convirtió en Dios con nosotros y nos demostró la manera de vivir. Con Su muerte Él demostró la forma de morir mientras pagó nuestra deuda. También demostró que hay vida mas allá por aquellos que creen en Él y algún día nos levantaremos de entre los muertos (Rom. 6:4).  

Pero Su gracia y bondad no terminan aquí, Él no solamente caminó entre nosotras, sino que al ascender al cielo El Padre mandó El Espíritu Santo para morar en nosotras (Jn. 14:16-17). Nunca más estaremos solas. porque ¡Él vive en nosotras! Él convierte nuestras debilidades en fortalezas, nuestro terror en valor, nuestra tristeza en gozo, nuestros conflictos en paz y nos llena con propósito.  

Él no solamente nos salvó, sino que Él camina con nosotras para ayudarnos en nuestra lucha.  Su muerte nos ha liberado no solamente de la muerte eterna como consecuencia del pecado, sino también del poder del mismo. Antes de venir a Cristo la única opción que teníamos era pecar. ¡Ahora como Dios mora en nosotras, Él nos da el poder y la habilidad de decir no a nuestros deseos pecaminosos! Ahora no tenemos que entrar en el lugar Santísimo con terror por la penalidad de muerte, para residir con Dios, sino que tenemos libertad y acceso a Dios con confianza por medio de la fe en Él (Ef. 3:12). 

Como las bondades de Dios son tan increíblemente abundantes y Su poder es más de lo que podemos entender o imaginar, Dios nos ha prometido que un día ¡Él volverá con una nueva tierra y un nuevo cielo, donde Él reinará y será nuestra Luz para el resto de la eternidad! (Apoc. 21:23). 

Es como J.I. Packer dijo: “Nada en la ficción es tan fantástico como esta verdad de la encarnación”.  Él es quien ha hecho todo, Él es el gran dador de todo lo bueno, aquel que nos ha dado todo lo que necesitamos para vivir vidas de santidad (2 Ped. 1:3).  

Espero que este año mientras realizamos todas las costumbres que hemos hecho por años, meditemos en lo que Dios ha hecho, que sigue haciendo y lo que sin duda, Él terminará de hacer para que nuestros corazones se llenen de gratitud y busquemos formas de compartir las buenas nuevas con todos a nuestro alrededor.  

Este ha sido un año difícil, un año donde muchas se están preguntando ¿Por qué? Nosotras tenemos la respuesta y Dios puede utilizar las mismas dificultades para abrir los ojos espirituales de muchas. Aprovechemos.  

Feliz Navidad y Bendiciones en el año nuevo.