¿Hasta qué punto, si acaso, un patrón persistente de uso de la pornografía justifica la disciplina de la iglesia?

Es una escena bastante familiar. Alguien está sentado frente a ti, con los hombros caídos, la cabeza hundida por la vergüenza. Si puedes ver sus ojos, notarás que lucen vacíos y exhaustos.

Pero el punto es que estás aquí de nuevo. Y tus preguntas predecibles acerca de la pureza y la pornografía se encuentran con sus respuestas tristemente predecibles.

Si eres pastor, estoy seguro de que te has encontrado en esta clase de situaciones. Te has estado reuniendo con alguien, intentado ayudarle a superar su adicción a la pornografía. Y, sin embargo, a pesar de todo el tiempo y las oraciones, de los abrazos, de las promesas, las buenas intenciones y las resoluciones morales, nada parece suceder. Todo parece inútil. Es como si estuvieras sentado frente a la viva imagen de Sísifo. Una vez más, la roca rueda bajando la colina.

¿Es la disciplina de la iglesia tu única opción? Si no lo es, ¿en qué consiste el verdadero arrepentimiento?

¿Qué es el arrepentimiento?

Arrepentirse no es lamentarse. Podemos sentirnos tristes y, sin embargo, en el fondo seguir amando nuestro pecado (Lc. 18:23; 2 Co. 7:10-11). Tampoco se evidencia el arrepentimiento en simples resoluciones, remordimientos o promesas morales.

El arrepentimiento es un cambio radical en nuestra actitud hacia el pecado que produce un cambio correspondiente en la acción. El arrepentimiento es creencia en acción. Es darle la espalda a nuestras pasiones ilícitas para que podamos abrazar verdaderamente las promesas de Dios. Reconoce el atractivo del pecado, pero lo reemplaza con la seguridad del cielo. Intercambia lo que creemos que debemos tener (el pecado), por  lo que Dios sabe que necesitamos más (a Él). El arrepentimiento no consiste simplemente en consagrarnos para tener una mejor conducta, sino vivir para un mejor Salvador.

Es bastante sencillo: «convertir[nos] de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Ts. 1:9). En otras palabras, el arrepentimiento verdadero produce como resultado un cambio imperfecto, interrumpido, pero genuino.

Cómo discernir el arrepentimiento

Estoy seguro de que todos nosotros hemos vivido el lamento de Pablo en Romanos 7: «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago… ¡Miserable de mí!». El poder del pecado permanece tenazmente fuerte, ya sea el abuso del alcohol o la anorexia, los chimes o la gula, cortar a otros con nuestras palabras o cortar nuestra propia piel. Indudablemente, ninguno de nosotros siempre se arrepiente completa o perfectamente. De hecho, algunos cristianos caminan con una cojera discernible de por vida.

No obstante, el cristiano verdadero desea cambiar. Por mucho que pueda sentirse derrotado, nunca admite la derrota. Sigue luchando. Después de todo, ser cristiano no significa que tu vida está exenta de la derrota, significa que sigues inquebrantablemente a Jesús incluso en medio de la derrota. Durante algunas temporadas, puede parecer que tropezamos más de lo que permanecemos de pie, pero conseguimos levantarnos nuevamente. Porque ningún cristiano verdadero termina declarando una tregua con el pecado.

Un cristiano verdadero no solo desea cambiar; su vida da evidencia de cambio. Quizá sea imperceptiblemente lento, y puede venir acompañado de grandes luchas, pero con el tiempo habrá algún cambio discernible.

¿El uso persistente de la pornografía justifica la disciplina de la iglesia?

Ahora bien, pasemos a la pregunta importante: cuando persisten patrones constantes de pornografía, ¿se justifica la disciplina de la iglesia? Partiendo de la Escritura, entiendo que se requiere de la disciplina correctiva de la iglesia cuando el pecado es demostrable, grave e impenitente.

¿Es demostrable el uso de la pornografía? A diferencia del orgullo, por ejemplo, ¿es claro y objetivo, no da lugar a conjeturas e interpretaciones? Aunque nuestros tribunales han tenido dificultades para definirlo, parafraseando una célebre frase de Justice Potter Stewaert: «Lo sabemos cuando lo vemos». Tristemente, casi cualquier adolescente puede testificar este hecho en la actualidad. De manera que , el uso de la pornografía es demostrable.

¿Es grave? Dada la manera en que denigra a quienes han sido creados a imagen de Dios; dada la manera en que trata a otros como objetos y herramientas de gratificación sexual; dada la manera en que reconfigura el cerebro, distorsiona el regalo del sexo y destruye la institución del matrimonio; dada la manera en que nos hace cómplices del comercio sexual, violando así el claro mandamiento de amar a nuestro prójimo, no hay duda de la gravedad de la pornografía. Sí, el uso de la pornografía es grave.

¿Es impenitente? Ésta es por mucho la pregunta más difícil. Discernir el arrepentimiento será casi siempre una decisión subjetiva, y no queremos exigir la Inquisición Española por cada adicción persistente. Sin embargo, tampoco queremos crear una cultura en la que las personas teman ser honestas y transparentes acerca de sus luchas, o donde se les aliente hacia el legalismo.

Aunque no existe una fórmula simple, mientras más contestemos «sí» a las siguientes preguntas, nos encontraremos más cerca de una ofensa disciplinable.

  • ¿Hay una frialdad o indiferencia hacia el pecado?
  • ¿Ha dejado de luchar y en gran parte ha hecho las paces con su pecado?
  • ¿Ya no está avergonzado de la gravedad de su pecado?
  • ¿Las advertencias de las Escrituras ya no tienen peso?
  • ¿Encuentra la forma de inventar excusas en lugar de asumir las consecuencias?
  • ¿Ya no busca recibir consejos?
  • Jesús nos llama a abrazar las soluciones radicales a fin de cortar el pecado de nuestra vida (Mt. 5:29). ¿Está cada vez más dispuesto a aceptar tales soluciones? ¿Es rápido para explicar por qué dichas soluciones no son necesarias?
  • ¿Se está volviendo el pecado más frecuente y/o más pervertido?
  • ¿Ha persistido por un período de tiempo prolongado, no solo semanas y algunos meses, sino muchos meses o años?
  • ¿Está causando cada vez más daños en su relación con su cónyuge (si la persona está casada), o en sus relaciones con otros miembros de la iglesia?

Incluso si la respuesta a muchas de las preguntas anteriores es «sí», todavía debes sopesar cosas tales como: la salud de la congregación, la receptividad y la madurez del cuerpo cuando se trata de asuntos de disciplina, las antiguas prácticas de disciplina de la iglesia, y el respeto de los ancianos/líderes entre el cuerpo.

Y, no obstante, si siempre y únicamente decidimos ser inactivos, deberíamos considerar el efecto que esto podría tener en las ovejas errantes (que necesitan arrepentirse), en las ovejas más débiles (que corren el riesgo de descarriarse), y en los que no son ovejas en absoluto (que no necesitan estar confundidos acerca de lo que significa ser cristiano).

Vergonzosamente, el pecado de la pornografía es común dentro de la iglesia. Deberíamos ser rápidos en apoyar a los hermanos y hermanas comprometidos en la lucha. Y deberíamos estar dispuestos a acompañarles durante mucho tiempo, siempre y cuando la brasa de esa lucha aún brille.

Pero, ¿qué sucede cuando esa brasa se oscurece? Por el bien de nuestros matrimonios, por el bien de la pureza de nuestro testimonio corporativo y por el bien de la persona esclavizada al pecado y al autoengaño, debemos estar dispuestos a procurar la disciplina de la iglesia para aquellos miembros que continúan practicando impenitentemente el uso de la pornografía.

Si tal opción ni siquiera está en la mesa, ¿qué dice eso acerca de la iglesia y su postura hacia este pecado cada vez más común?

Escrito por Brad Wheeler, es el pastor principal de University Baptist Church en Fayetteville, Arkansas, Estados Unidos.


Publicado originalmente en la Revista 9Marcas #9 | El Cristiano, La Iglesia Local y la Pornografía | Puedes descargarla gratis aquí