En la identificación fundamental de Dios “Yo soy el que soy” (Ex 3:14) está implícita la verdad de que “El Señor es Rey eternamente y para siempre” (Sal 10:16). “Del Señor es el reino” (Sal 22:28). El reino es de Dios no porque alguien lo haya ungido, autorizado, elegido o instituido como Rey. Le pertenece porque Él es quien es —y eso incluye ser el gobernante de todo—. Ser Dios es ser Rey: “el Señor es el Dios verdadero; Él es el Dios vivo y el Rey eterno” (Jer 10:10). Su reinado no tiene principio ni puede tener fin. Él es el “Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios”; por lo tanto, a Él le corresponden “honor y gloria por los siglos de los siglos” (1Ti 1:17; cf. Sal 145:13; 29:10; 93:2).

Por lo tanto, cuando Josafat oró: “Oh Señor,… ¿no eres Tú Dios en los cielos? ¿Y no gobiernas Tú sobre todos los reinos de las naciones? (2Cr 20:6), no quiso decir que las naciones lo habían elegido o designado. Dios no encontró a las naciones sin rey y se las ingenió para ser su rey. Él las creó como naciones bajo Su autoridad, y un día tendrá la plenitud de Sus elegidos de todas ellas en alegre sumisión: “Todas las naciones que Tú has hecho vendrán y adorarán delante de Ti, Señor” (Sal 86:9; cf. Ap 5:9; Ro 11:12, 25). Por lo tanto, “Dios reina sobre las naciones” (Sal 47:8) tanto si lo eligen como si no.

De hecho, si no lo reconocen como su rey, en el libro de Daniel se nos muestra con detalle gráfico lo que sucederá. Nabucodonosor, el rey de Babilonia, recibió una visión del Señor para mostrarle lo que le costaría su arrogancia. En la visión, un vigilante dice:

Sea cambiado su corazón de hombre, Y séale dado un corazón de bestia… Con el fin de que sepan los vivientes Que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres, Y se lo da a quien le place, Y pone sobre él al más humilde de los hombres (Dn 4:16-17).

Nabucodonosor había tenido un sueño. Para saber lo que Dios revelaba en el sueño, llamó a Daniel para que lo interpretara. Daniel da la interpretación:

Esta es la interpretación, oh rey, y este es el decreto del Altísimo que ha venido sobre mi señor el rey: Será usted echado de entre los hombres, y su morada estará con las bestias del campo, y le darán hierba para comer como al ganado, y será empapado con el rocíó del cielo. Y siete años pasarán sobre usted, hasta que reconozca que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres y que lo da a quien le place (Dn 4:24-25).

La visión se cumplió en aquel mismo instante:

Nabucodonosor… fue echado de entre los hombres, comía hierba como el ganado y su cuerpo se empapó con el rocío del cielo hasta que sus cabellos crecieron como las plumas de las águilas y sus uñas como las de las aves (Dn 4:33).

Sorprendentemente, el efecto fue más redentor que endurecedor:

Pero al fin de los días, yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo, y recobré mi razón, y bendije al Altísimo y alabé y glorifiqué al que vive para siempre.

Porque Su dominio es un dominio eterno,
Y Su reino permanece de generación en generación.

Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, Mas Él actúa conforme a Su voluntad en el ejército del cielo Y entre los habitantes de la tierra.

Nadie puede detener Su mano, Ni decirle: “¿Qué has hecho?”.

En ese momento recobré mi razón. Y mi majestad y mi esplendor me fueron devueltos para gloria de mi reino… Ahora yo, Nabucodonosor, alabo, ensalzo y glorifico al Rey del cielo, porque Sus obras son todas verdaderas y justos Sus caminos. Él puede humillar a los que caminan con soberbia (Dn 4:34-37).

Luego, para subrayar todo esto, y para mostrar lo poco dispuestos que están la mayoría de los gobernantes a abrazar la verdad que Nabucodonosor había aprendido, Daniel nos cuenta cómo el hijo de Nabucodonosor, Belsasar, respondió neciamente (y de forma suicida) a la experiencia de su padre. Daniel le repite a Belsasar las consecuencias del orgullo:

Cuando [el corazón de su padre] se enalteció y su espíritu se endureció en su arrogancia, fue depuesto de su trono real y su gloria le fue quitada. Fue echado de entre los hombres, su corazón se hizo semejante al de las bestias y con los asnos monteses tuvo su morada. Se le dio a comer hierba como al ganado y su cuerpo se empapó con el rocío del cielo, hasta que reconoció que el Dios Altísimo domina sobre el reino de los hombres y que pone sobre él a quien le place (Dn 5:20-21).

Entonces Daniel interpreta la escritura en la pared (mene, mene, tekel, ufarsin) que Dios ha enviado para hacer caer a Belsasar:

“Pero usted, su hijo Belsasar, no se ha humillado su corazón aunque sabía todo esto, sino que se ha ensalzado usted contra el Señor del cielo… al Dios que tiene en Su mano su propio aliento y es dueño de todos sus caminos, no ha glorificado… Esta es la interpretación del escrito [en la pared]: Mene: Dios ha contado su reino y le ha puesto fin. Tekel: ha sido pesado en la balanza y hallado falto de peso. Peres: su reino ha sido dividido y entregado a los medos y persas”… Aquella misma noche fue asesinado Belsasar, rey de los caldeos (Dn 5:22-23, 26-28, 30).

Estos dos relatos sobre Nabucodonosor y Belsasar, condensan tantos aspectos esenciales de la visión del Antiguo Testamento acerca de la providencia de Dios sobre reyes y naciones, que podemos tomarlos como títulos del desarrollo de la providencia sobre reyes y naciones. En resumen, son:

  1. El Altísimo domina sobre el reino de los hombres (Dn 4:17, 25, 32).
  2. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada  (Dn 4:35).
  3. Él actúa conforme a Su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra, y nadie puede detener Su mano (Dn 4:35).
  4. El aliento y los caminos del rey están en la mano de Dios (Dn 5:23).
  1. El Altísimo da el reino a quien le place, incluso al más humilde de los hombres (Dn 4:17).
  2. Él puede humillar a los que caminan con soberbia (Dn 4:37).
  3. Todas Sus obras son verdaderas y todos Sus caminos son justos (Dn 4:37).
  4. El objetivo de Dios es que los vivientes sepan y se gocen de que el Altísimo domina de todas estas maneras (Dn 4:17).
  5. Su objetivo es que sepamos que cuando no nos sometemos y nos gozamos en el reinado de Dios, estamos actuando como animales, no como los seres humanos deberían actuar (Dn 4:32-33; 5:21).

Providencia

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Páginas 299-306

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