El teólogo puritano John Owen (1616-1683) es ampliamente conocido por sus enseñanzas sobre el pecado y la tentación. Owen tenía la habilidad de hacer agudas observaciones no sólo sobre la pecaminosidad del hombre sino también sobre su fragilidad: “No somos más que polvo”, afirma Owen y “Dios sabe que no somos más que polvo”. En consecuencia, Dios, en Su providencia, hace concesiones generales “que se ajustan y adaptan a nuestro refrigerio y alivio en nuestra peregrinación”.

Estas disposiciones divinas incluyen provisiones tangibles como “casas, tierras, [y] posesiones”, así como bendiciones intangibles como “el consuelo de los parientes y amigos”. Aunque nuestra mayor necesidad es Cristo, “tenemos gran necesidad de estas cosas” (Obras de John Owen, 21:340). Para Owen, una de las fuentes de consuelo que disfrutó en su peregrinaje fue la amistad con John Bunyan, ministro bautista y alegorista.

Amistad improbable

Aunque pasado por alto, la amistad es un ingrediente importante de la reforma. A veces pensamos en figuras como Lutero y Calvino trabajando como reformadores solitarios y nos olvidamos de los miembros del reparto que complementaron e incluso ampliaron sus ministerios. Junto a Lutero estaba Melanchthon y alrededor de Calvino estaban Farel, Viret y Beza. Estos Reformadores en las alas, como los llamó el difunto David Steinmetz, subrayan el papel vital que desempeñan las amistades en los entornos en los que los cristianos viven, trabajan y rinden culto. Por ejemplo, tras la restauración de Carlos II en el trono de Inglaterra en 1660, la improbable amistad entre Owen y Bunyan dio lugar a la publicación de uno de los logros literarios más importantes del mundo moderno.

El antiguo filósofo Cicerón describió célebremente la amistad como “nada más que el acuerdo con buena voluntad y afecto entre dos personas sobre todas las cosas divinas y humanas” (How to Be a Friend, 39). Según todos los indicios, Owen y Bunyan compartían mucha buena voluntad y afecto mutuo, aunque a primera vista tuvieran poco en común. Owen era culto y estaba bien relacionado. Bunyan era brillante y dotado, pero inculto, pobre e insignificante. Con antecedentes tan diferentes, su relación ha cautivado durante mucho tiempo la imaginación de biógrafos, estudiosos y lectores en general. Dos episodios muy conocidos ilustran su relación y también nos enseñan algo sobre el valor y los límites de la amistad.

La predicación del calderero

Bunyan era tal vez un predicador muy popular debido en parte, a los relatos de sus predicaciones a sus compañeros de prisión en la cárcel de Bedford. Tras su salida de la cárcel, la reputación de Bunyan creció ya que viajaba con frecuencia a Londres y sus alrededores a predicar, donde hasta tres mil disidentes ansiosos se reunían para escucharle. En una ocasión, no menos de mil doscientas personas se reunieron desde las 7:00 de una “oscura mañana de invierno” para sentarse bajo su predicación (Joseph Ivimey, Life of Mr. John Bunyan, 295).

De vez en cuando, “entre sus oyentes” en Londres “estaba su amigo y admirador, el Dr. John Owen”. Al oír la noticia de que Owen apreciaba la predicación de Bunyan, el rey Carlos II supuestamente le preguntó a Owen “cómo él, que tenía tanta erudición, podía oír predicar a un calderero”. A lo que Owen, al parecer, respondió: “Con la venia de su majestad, si tuviera la capacidad de este calderero para predicar, renunciaría con mucho gusto a toda mi erudición” (Ivimey, A History of the Baptists, 2:41).

El historiador Allen Guelzo, en un artículo de Christianity Today sobre Owen, se pregunta si este episodio es “apócrifo o no”, pero se apresura a afirmar que “esta pequeña historia… revela buena parte del carácter cristiano [de Owen]”. La primera referencia que he encontrado a este episodio data del siglo XIX, aunque el atractivo de esta historia proviene de la admiración que Owen, antiguo vicerrector de la Universidad de Oxford, habría sentido por las dotes de predicador de Bunyan el calderero, un inculto reparador de metales. James Moffatt, por ejemplo, insiste en que “el relato es evidentemente auténtico” y describe la “noble envidia” de Owen por la capacidad de Bunyan “de hablar eficazmente… a la gente común” (The Golden Booklet of John Owen, 77).

Sin importar el origen de la cita, ésta expresa una máxima que a menudo comparto con mis alumnos: como cristianos, debemos deleitarnos con los dones que Dios concede a otras personas. Bunyan estaría de acuerdo. En un momento de su relación, Owen se echó atrás en su compromiso de escribir un prólogo para una de las obras de Bunyan. Aun así, Bunyan vio el lado positivo. “Quizás era más para la gloria de Dios que la verdad saliera desnuda al mundo, que secundada por un poderoso portador de la armadura como él” (Obras de John Bunyan, 2:649). Incluso cuando Owen falló a su amigo, Bunyan vio en Owen a alguien a quien admiraba.

El nacimiento de un clásico

El segundo episodio está mejor documentado y tiene lugar cuando Bunyan fue encarcelado durante doce años por predicar ilegalmente como ministro no conformista. La historia la cuenta John Asty, uno de los primeros biógrafos de Owen.

Un amigo de Bunyan se dirigió a Owen para que solicitara al obispo Thomas Barlow, antiguo tutor de Owen en Oxford, la liberación de Bunyan. Owen tenía una larga historia con Barlow y quizás pensó que podría convencer a su antiguo tutor. Sus esperanzas, sin embargo, se encontraron primero con la decepción. Barlow “falló” a Owen, aunque éste “esperaba el servicio de la amistad profesada [de Barlow]”. Los tiempos eran tensos y Barlow no estaba dispuesto a actuar a menos que Owen obtuviera también la aprobación del Señor Canciller, Heneage Finch. Aunque Barlow le aseguró a Owen que “se esforzaría por servirle”, parece que hizo que Owen trabajara más de lo previsto para conseguir la libertad de Bunyan, algo que sólo se complicó por el hecho de que Owen también estaba ocupado asegurando una licencia para casarse con su segunda esposa, Dorothy D’Oyley. Al final, no obstante, el acto se llevó a cabo, y “el pobre hombre [Bunyan] fue liberado” el 21 de junio de 1677.

Los detalles completos de la intervención de Owen en favor de Bunyan son difíciles de reconstruir, pero los retrasos que Owen y otros experimentaron para conseguir la liberación de su amigo resultaron beneficiosos para Bunyan. Aprovechó al máximo su tiempo en prisión. Una vez que Bunyan fue finalmente liberado, sabemos que se acercó al editor de Owen, Nathaniel Ponder, con un manuscrito que escribió mientras estaba en prisión, con pruebas que sugieren que Owen presentó a los dos.

El manuscrito no era otro que El progreso del peregrino, y el editor de Owen sería apodado a partir de entonces como “Bunyan Ponder”. El resultado fue la producción de un libro que cambió el mundo y es probable que Owen se encuentre entre el elenco de personajes a los que Bunyan hace referencia en su “Apología” y que le animaron a imprimir El progreso del peregrino. En última instancia, la obra maestra de Bunyan es un testimonio de cómo la persecución, la decepción y el fracaso a menudo crean las condiciones para la excelencia literaria y la fidelidad personal.

El refrigerio de la amistad

La relación entre Owen y Bunyan estuvo marcada por la admiración mutua, los favores personales, las expectativas no cumplidas e incluso las conexiones ministeriales entre sus respectivas congregaciones de Leadenhall y Bedford. Sus vidas nos recuerdan, como cristianos, que todos estamos “necesitados” de amistad. Necesitamos los dones de los demás, incluso cuando son muy diferentes a los nuestros y necesitamos la ayuda y el ánimo de los demás en los momentos más difíciles, especialmente.

Como diría Owen, tal vez incluso pensando en Bunyan, el consuelo de los amigos es una de las grandes fuentes de “refresco” que Dios nos da mientras hacemos nuestra peregrinación desde este mundo al que está por venir.