Para muchos puede sonar ya como un “cliché”. Para otros puede ser un concepto que se ha explotado demasiado. Escuchamos frases como, “solo el evangelio” o “solo creo en el evangelio—nada más”. Pero, ¿qué es el evangelio y por qué es tan importante para los cristianos? Uno de los peligros más reales para el cristianismo es mezclar filosofías humanistas y contemporáneas con el evangelio. El evangelio es claro, permanente y eterno. El evangelio trasciende culturas, eras, generaciones e ideologías. El evangelio no es un aditamento a la Biblia, el evangelio es la Biblia. El evangelio no es parte de quién es Dios, el evangelio revela todo lo que Dios es. El evangelio no es del Nuevo Testamento solamente, el evangelio es del Antiguo también.

Así que es importante que delineemos claramente el evangelio y que expliquemos bíblicamente cuáles son las implicaciones prácticas de éste. Permíteme darte tres aspectos que califican qué es el evangelio y lo que provoca en nuestras vidas.

Es la revelación del eterno plan redentor

En esencia, el evangelio revela que el plan de Dios siempre ha sido el de salvarnos. Pedro revela esta realidad cuando escribe: “Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo. Porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 2:18–20).

El evangelio revela que desde antes de la fundación del mundo el plan de Dios era rescatar. Rescatar a una criatura que de manera voluntaria y arrogante se rebeló en contra de su Creador. El reino de Dios no le fue suficiente al hombre que quiso crear su propio reino, su propia dinastía. En efecto, el hombre “quiso ser como Dios” (Génesis 3:5), pero no lo logró. Adán y Eva olvidaron que ya habían sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Ellos no querían ser como Dios, ellos querían ser Dios. Querían ser sus propios reyes, sus propios señores.

El evangelio demuestra que Dios nos salva no porque tenga que salvarnos, sino porque desea salvarnos. Por amor, por puro y santo amor. Un amor que no se compara con nada más en esta tierra. Nosotros lo intentamos imitar, ¿no es cierto? Pablo ordena a los esposos que “amen a sus mujeres como Cristo amó a la iglesia” (Efesios 5:25), y vemos que es algo sumamente complicado. Desde luego, con la ayuda del Espíritu Santo podemos lograrlo. Pero no deja de ser notable que el amor de Dios sea tan perfecto, tan puro y tan eterno. El amor entre las tres personas de la trinidad, ha sido derramado sobre la creación. Como el rocío de la mañana, así el amor trinitario ha caído gentil y generosamente sobre todo aquél que crea y se arrepienta (Marcos 1:15). El evangelio revela que el plan eterno de Dios ha sido el de rescatar a su creación y a su criatura.

Es la revelación del poder salvador

En esencia, el evangelio revela el poder de Dios para salvar. Nadie más podría salvarnos de nuestros pecados. En las Escrituras vemos a “héroes” que hicieron grandes cosas para Dios. Noé construyó un gran arca (Génesis 7), Moisés liberó a su pueblo (Éxodo 14) y Salomón fue el hombre más sabio del planeta (1 Reyes 3). Pero cuando vemos que nuestros “héroes” no siempre vivieron vidas tan “heroicas”, tenemos que clamar por un verdadero héroe. Uno que nunca nos falle, que jamás nos abandone, que siempre sea un ejemplo de sabiduría, de poder y de amor.

El evangelio revela que solo en Jesús podemos ser salvos. Cuando su nacimiento fue anunciado, el ángel claramente explica que, “su nombre será Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:20). Solamente Dios podía pagar por la deuda del ser humano. Dios Hijo tomó nuestro lugar. Dios Hijo fue nuestra substitución. Pero mucha atención con esto. Jesús no murió en nuestro lugar solamente porque alguien tenía que pagar nuestra deuda. Jesús murió en nuestro lugar porque nadie podía pagarla. Precisamente Dios hace solo lo que Dios puede hacer por el hombre. Dios amó al que lo odiaba. Salvó al que se había rebelado. Murió para dar vida. Amó aún cuando fue rechazado.

El evangelio no se trata de que puedes tener vida eterna—por lo menos no solamente. El evangelio es que no puedes tener vida eterna a menos que pongas tu fe en aquél que la ha puesto a tu alcance. El evangelio no se trata de ti, se trata de Él. No se trata de lo que tú digas o pienses, sino de lo que Él ha hecho por alguien que no podía decir o pensar nada. En las palabras de Pablo: “Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y pecados” (Efesios 2:1).

Es la revelación del propósito transformador

En esencia, el evangelio revela que solo Dios transforma vidas. Todos lo hemos intentado alguna vez. Queremos ser felices. Lo hemos intentado con cosas materiales. O escuela, o logros, o relaciones sociales, de noviazgo o matrimonios. Queremos ser felices con hijos, sin hijos, con más hijos o menos hijos. Queremos ser felices con vacaciones o con salud. Pero no podemos. No podemos ser felices porque el ser humano fue creado para ser feliz solo en Dios. Ése es el diseño de Dios para nosotros—ser felices en Él. O más bien, fuimos creados para estar “en paz con Dios” (Romanos 5:1) y por lo tanto ser felices.

Si la criatura está en enemistad con su Creador es imposible tener paz. Solo en Dios podemos tener paz. Pero no es una paz que viene de un estado mental—por lo menos no únicamente. La paz que viene de Dios se debe a que finalmente de nuevo el ser humano puede funcionar y actuar como fue diseñado para funcionar y actuar.

Por ejemplo, Pablo nos ordena a “sed pues imitadores de Dios como hijos amados” (Efesios 5:1). Esta orden nos conecta al primer capítulo de Génesis, cuando Adán sí era un imitador de Dios—fue hecho a imagen y semejanza de Dios después de todo. Debido a la caída en pecado, imitar a Dios es imposible. Solo el evangelio nos puede transformar para de nuevo ser lo que antes éramos. El evangelio nos lleva a nuestro estado original. No completamente aún, claro está. Batallamos con la carne y es una guerra mortal contra ella todos los días (Romanos 8:13). Pero reconocemos y celebramos que en Cristo “somos una nueva criatura” (2 Corintios 5:17), una criatura transformada, renovada y santificada.

Gracias a Dios por el evangelio. Gracias a Dios por su plan eterno de rescatarnos, por su poder para salvarnos y su propósito de transformarnos. No podemos hacer más que unir nuestras voces con Judas para decir: “Y a Aquel que es poderoso para guardarlos a ustedes sin caída y para presentarlos sin mancha en presencia de Su gloria con gran alegría, al único Dios nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea gloria, majestad, dominio y autoridad, antes de todo tiempo, y ahora y por todos los siglos. Amén” (Judas 24-25).