¿Cuál es el propósito del trabajo del hombre? ¿Para quién trabaja el hombre? ¿Cómo debe el hombre administrar el dinero que proviene de su trabajo? Para responder estas preguntas empecemos por el principio.

«En el principio creo Dios los cielos y la tierra» (Gn 1:1). Dios quien es el creador de todo, después de crear el mundo, la comida, los animales, el cosmos, afirma que todo esto es bueno. Sin embargo, el pináculo de Su obra es la creación del hombre y a la mujer a Su imagen y semejanza: «Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Dios los bendijo y les dijo: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra» (Gn 1:27-28).

Dios colocó al hombre como administrador de todo lo bueno que Él ha creado. El hombre es colocado en el Jardín del Edén como un representante de Dios en cuánto a su forma de vivir, y un administrador en cuánto a sus labores. Asimismo, Dios provee un solo mandamiento al hombre: «Y el Señor Dios ordenó al hombre: “De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás”» (Gn 2:16-17).

Todos sabemos que la historia no termina allí. El hombre y la mujer desobedecen este mandamiento al creer en la palabra del enemigo para prontamente separarse de una relación perfecta con Dios, y así traer así mismos y a toda la humanidad, las consecuencias del pecado que resultaría en una mala representación de Dios y una egocéntrica forma de administrar lo que Dios ha creado.

Ahora el hombre, con el sudor de su frente comerá de la tierra que ha sido maldecida por su causa. Y la mujer sufrirá en gran manera durante el parto. La relación entre hombre y mujer se verá afectada en cuánto a control y poder (Gn 3:16-18). A pesar de la desobediencia del hombre, Dios es misericordioso, al dejarlos con vida y proveer esperanza de restauración en una Simiente, Cristo (Gn 3:15), que obedecerá perfectamente para recuperar lo que ellos perdieron (Ro 5:19).

Ellos en ese momento, y ahora nosotros, estamos en un mundo donde hay sufrimiento, dolor y dificultad para cumplir el mandato de Dios de multiplicarse, administrar la tierra y trabajarla para Su gloria.

¿Por qué el hombre trabaja?

El mandato de Génesis 1:27-28 no fue revocado por Dios, más bien fue afectado por nuestro pecado. La reiteración de este mandato lo vemos en el pacto con Noé (Gn 9:1, 7) y en el pacto con Abraham (Gn 17). A lo largo de toda la Biblia leemos sobre la importancia de la descendencia, del trabajo y de gobernar o administrar la creación de Dios por parte de Sus representantes: Su pueblo.

Es por ello que, el trabajo y el fruto de él, le pertenece a Dios. Esto responde a la segunda pregunta que nos hicimos previamente: ¿Para quién trabaja el hombre? El hombre trabaja para Dios; todo lo que el hombre hace, es para la gloria de Dios (Col 3:17).

El trabajo no es para nuestra gloria, todo trabajo que el Señor provee, sea cual sea, es para representarlo y ser un fiel administrador de lo que Él ha creado y proveído. El trabajo, tampoco puede ser nuestra identidad ni nuestra esperanza y seguridad, es solo un medio para vivir en este mundo. Por mucho tiempo yo puse toda mi esperanza en mi trabajo, me sentía feliz, útil e importante porque ganaba un buen sueldo, el cual administraba según mi sabiduría, pero no siempre reflexionaba sobre el Proveedor y propósito del trabajo.

La obtención de un salario me proveía tranquilidad, satisfacción y cierta seguridad económica, también me hacía pensar más en como acumular tesoros en la tierra a través de mi trabajo para no perder lo que este me proveía. Hasta que un día esa seguridad fue quitada, y mi identidad trastocada. Cuando estamos seguros laboralmente, se nos puede olvidar el propósito de trabajar y de quién proviene el trabajo para administrarlo de manera que traiga gloria a Él.

Todo lo que tenemos, Dios lo ha proveído de maneras providenciales y bondadosas. ¿Cómo lo hemos usado? Es importante evaluar nuestros corazones en cómo usamos nuestro dinero para con otros, en cómo somos administradores de Su provisión y lo que Él ha creado. Pues, estamos de paso en este mundo, somos ciudadanos de un Reino mejor, que representamos al vivir de acuerdo con Sus principios porque nuestra felicidad, identidad y seguridad no provienen de nuestra labor, aun cuando esta sea necesaria para cuidar de los nuestros.

La iglesia primitiva

El pasaje de Hechos 2:43-47 responde a la última pregunta. ¿Cómo se debe administrar el hombre el dinero que proviene de su trabajo? Un cristiano es llamado a la fidelidad en todo lo que hace. Dios proveyó leyes para cuidar a Su Pueblo, a los vulnerables y a los extranjeros; también proveyó leyes para administrar las cosechas y el ganado.

La iglesia primitiva nos presenta un hermoso ejemplo de como un pueblo vive a la luz de su salvación al compartir lo que Dios les ha dado. Este pasaje nos ilustra varias acciones:

  • Se dedicaban a las enseñanzas de los apóstoles.
  • Se dedicaban a la comunión y al partimiento del pan y la oración.
  • Estaban juntos y tenían todas las cosas en común.
  • Vendían sus propiedades y sus bienes.
  • Compartían con todos, según la necesidad de cada uno.
  • Se congregaban.
  • Partían el pan en los hogares, y comían juntos con alegría, alabando a Dios.

Este es un ejemplo de una comunidad que se cuidaba unos a otros, velaban por otros basado en el fundamento de la Palabra de Dios. Si preguntas en tu iglesia o en tu comunidad, te sorprenderías de la necesidad económica que hay, de trabajo, de ayuda en alguna casa porque hay goteras, porque la pintura se está cayendo, porque no hay refrigerador, de la necesidad de un dentista, de un médico, de un profesional de cualquier índole.

Servir a la familia en y de Cristo, con lo que Dios ha puesto en nuestras manos es también ser buenos administradores de Dios. La realidad es que ese es nuestro llamado al cuidar también a nuestra familia de la fe, a ser cuidados por ellos para la gloria de Dios. El mandato de multiplicarnos, fructificar y administrar la tierra sigue siendo un mandato importante, no sólo con nuestro dinero, también con nuestro tiempo, habilidades y profesiones. De manera que, el pueblo de Dios sea las manos de Dios entre él mismo.

En un siguiente articulo estaremos hablando más de las formas prácticas de cómo administrar nuestros recursos y profesiones para ayudar a otros, porque somos ayudados por Dios.

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Sergio Cano es esposo de Susana tienen tres hijos, Susana María, Sergio Alejandro y Daniela. Vive en la ciudad de Guatemala. Es diácono de iglesia Reforma, donde juntos sirven en discipulado a matrimonios e individualmente. Tiene un diplomado en consejería bíblica con la Organización Hope for the Heart.