Dios hace Su aparición en medio de la vida normal sin anunciarse, sin trompeteo, en medio de la rutina; sin embargo, su aparición cambia todo. Su presencia manifiesta convierte lo ordinario en extraordinario. Aunque Él siempre está presente, Su presencia manifiesta abre nuestras mentes a una realidad sobrenatural a la que fuimos ciegas. Como es omnipresente, Él siempre ha estado presente. Sin embargo, cuando Él decide encontrarnos de manera individual, nos bendice al revelarse en esta presencia.

En el Jardín de Edén Dios caminaba con Adán y Eva (Gen. 3:8); pero, con la caída, es como si una neblina hubiera entrado y, aunque Él está presente, nos dificulta identificarlo. Pero Dios en su bondad trata a cada uno de sus hijos como si fuéramos únicos y, en su perfecto tiempo fija Su mirada en nosotros y nos cambia para siempre. Es lo que Dios ha hecho y como es eterno, lo hará por siempre.

Podemos buscar algunos ejemplos bíblicos para ayudarnos a aprender el camino de Dios y reconocerle en nuestras vidas porque, aunque con Él se aclara la neblina, Él es tan diferente que nosotros aun viéndolo no lo reconocemos. No obstante, en Su bondad, pacientemente nos enseña como Él es. Aun eso es gracia porque ver la magnitud de Su santidad de forma repentina nos abrumaría y nos paralizaría pues nos revelaría cuán lejos estamos de parecernos a Él. Poco a poco nos revela sus atributos precisamente porque Él ha orquestado nuestras vidas para que pudiésemos no ser paralizadas, sino estimuladas a ser más como Él y representarle a aquellas que todavía están viviendo en la neblina.

Comenzaremos con Moisés. Un judío adoptado por la hija de Faraón y criado en el palacio, con la mejor educación de ese tiempo, el siguiente en la línea para convertirse en Faraón, pero con algunas grietas graves en su carácter, como el orgullo, la ira y la impulsividad. El mató a un egipcio por maltratar a un judío y en tan solo minutos se convirtió en un fugitivo. Después de 40 años de humillación en el desierto, trabajando como empleado de su suegro, cuando un día caminaba con el rebaño frente al monte de

Dios, Cristo levantó la neblina y se le apareció en una zarza ardiendo en fuego. Y ¡Él fue cambiado para siempre! (Éxodo 3).

Lo mismo ocurrió con Gedeón. Dios había humillado a Israel por siete años bajo el dominio de los Madianitas, por su rebeldía. El pueblo fue aterrorizado y su economía destruida. Gedeón, estuvo escondido en el lagar, sacudiendo el trigo temeroso de que los madianitas lo vieran; cuando de repente, Cristo comienza a aclarar la neblina. Aunque Cristo está parado a su lado, Gedeón no es capaz de ver Su gloria todavía y pide una señal. Entonces le trajo un sacrificio y Cristo extendió la punta de la vara que estaba en su mano, tocó la carne, el pan sin levadura y subió fuego de la roca que consumió todo y Él se desapareció.

Al aclarar mejor la neblina, Gedeón dijo: “ahora he visto al ángel del SEÑOR cara a cara” (Jueces 6). Gedeón fue cambiado para siempre. Recordemos que Cristo, a través de 300 judíos fue capaz de destruir los madianitas, los amalecitas y a todos los hijos del oriente. Aunque el pueblo había visto este milagro, regresaron a la rebeldía dentro de pocos años con la muerte de Gedeón; aun así, Gedeón que tuvo un encuentro con Dios, se mantuvo fiel hasta su muerte.

En el Nuevo Testamento vemos a María, quien Dios utilizó para traer a Cristo al mundo. El encuentro con ella es un poquito diferente porque El Señor utilizo al ángel Gabriel y no a Cristo para aclarar la neblina. La Biblia no nos dice lo que ella estaba haciendo en ese momento, pero presumo que estaba haciendo sus quehaceres. Uno se pregunta por qué no fue Cristo quien se apareció, sino el ángel Gabriel; y, especulo que la situación de María era diferente.

Por su respuesta positiva de inmediato al ángel y su oración al llegar a la casa de su prima Elizabet (Lucas 1), ella tenía un caminar con El Señor y, entonces, por su estudio de las Escrituras, la neblina fue menos densa que con los otros dos de los que hablé. Al mismo tiempo, Cristo no podía aclarar totalmente la neblina porque ella abrazaba, acariciaba y caminaba con Dios hecho hombre durante 33 años.

La Luz de los hombres (Juan 1), la lumbrera que iluminaría el mundo con Su gloria (Rev.21:23), estaba en su vientre y luego en sus brazos. Este conocimiento es suficiente

para paralizar a cualquiera, pero Dios…el Infinito Santo Dios, se humilló, despojándose de Su gloria para que María, Gedeón, Moisés y todos Sus elegidos pudieran conocerle.

¿Y ahora?, ¿cuál es nuestra respuesta a Él? ¿Seguimos viviendo de la misma forma que antes de conocerle? Él, en Su bondad nos buscó y encontró a cada una de nosotras para que no siguiéramos en el mismo caminar, sino que le seguiríamos en sus huellas. Este encuentro que tuvimos es lo que nos da el poder de seguirle y, mientras más caminamos con Él, menos densa se hace la neblina. Solamente Dios es capaz de quitarla en Su perfecto tiempo. Busquémoslo a Él con más propósito para que Él levante la neblina con más rapidez y nuestros corazones se llenen de Su gloria