“Creo en Jesucristo, Su Unigénito Hijo, nuestro Señor quien fue concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María.” (Credo de los Apóstoles) 

Sólo un ladrillo en el muro de la cristiandad. Eso es lo que el joven pastor afirmó acerca del nacimiento virginal. No hay necesidad de mantener barreras innecesarias a la fe cristiana. Si alguien saca ese ladrillo, dijo, no significa que todo el muro se caiga. 

De hecho, el muro puede no caer de inmediato. ¿Pero quién empieza a sacar ladrillos de las paredes que quiere mantener en pie? El muro puede permanecer en pie durante toda nuestra vida, pero ¿qué pasa con las generaciones que siguen? ¿Por qué legarles un muro defectuoso? Además, este pastor –ahora un ex-pastor–, demostró que abandonar el nacimiento virginal sea con dificultad el final de la remoción de ladrillos. 

De hecho, es vital que la iglesia afirme, como lo ha hecho a través de los siglos, que Jesús “fue concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María” porque los Evangelios lo enseñan de forma clara. Creer en la concepción virginal es esencial, ya que creer en cualquier cosa que Dios nos diga es esencial. Podría haber traído a Su Hijo al mundo de una manera diferente, pero no lo hizo… y nos ha dicho cómo lo hizo. ¿Fingiremos clamar “Señor, Señor” y no creer en lo que dice? 

El Credo de los Apóstoles confiesa: “Creemos en Jesucristo, Su único Hijo, nuestro Señor, quien fue concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María”.  

Quién es Jesús –de acuerdo con las Escrituras, y expresado en este probado y cuidadoso resumen de la iglesia primitiva– no está desconectado con la concepción virginal. Sin embargo, antes de llegar a Su nacimiento, el Credo hace tres afirmaciones importantísimas sobre Jesús que pueden sonar tan familiares que seamos propensos a pasar por alto su significado. Considere la simplicidad y profundidad de la antigua confesión de la iglesia de Jesús como “Cristo, Su único Hijo, nuestro Señor”. 

Jesús, el Cristo

“Jesucristo” –Su nombre de pila y Su título mesiánico se han asociado con tanta estrechez durante dos milenios que a menudo los tratamos como Su nombre y apellido–. “Cristo”, por supuesto, es la palabra griega para el Ungido (Mesías en hebreo). Durante mil años antes de la primera Navidad, el pueblo de Dios esperó la llegada del Mesías, el Cristo, que cumpliría las promesas de Dios a través del gran rey David. 

A través del profeta Natán, Dios anunció a David, “Tu casa y tu reino permanecerán para siempre delante de tu trono será establecido para siempre.” (2 Sam. 7:16). El trono de David establecido para siempre significaba un descendiente tras otro, con una dinastía sin fin, o una descendencia singular en la línea de David gobernando para siempre.  

David, por medio de la guía divina, llegó a tomarlo como lo último, e incluso habló de un descendiente que sería su Superior, su Señor, al que Dios mismo le diría: “Siéntate a mi diestra” (Sal. 110:1). Dios no sólo haría de este descendiente un reinado sin fin, sino que, de modo escandaloso, también “un sacerdote para siempre” (Sal. 110:4). 

A través de Isaías y los profetas, el pueblo de Dios creció en sus expectativas y anhelos de que naciera este gran niño, este hijo que se les daría, sobre cuyos hombros estaría Su gobierno y al que el pueblo llamaría, notablemente, “Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Is. 9:6). 

El aumento de Su soberanía y de la paz no tendrán fin sobre el trono de David y sobre Su reino, para afianzarlo y sostenerlo con el derecho y la justicia desde entonces y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará esto. (Is. 9:7) 

Cómo podría llamarse “Dios Poderoso” sería descubierto con el tiempo, pero anhelar un Cristo futuro y esperado por mucho tiempo era sin duda anticiparse a uno que sería humano, y no menos. Al igual que Su antepasado David, sería un rey humano. Nacer en el linaje de David significaría nacer de una mujer. Cuando atribuimos el título de Cristo a Jesús, aunque implica mucho más, no esperamos nada menos que uno que sea verdadero humano. 

Verdadero hombre

Y así fue. No era un espíritu que pretendiera o pareciera ser humano. Como lo capta el Evangelio de Juan: “El Verbo se hizo carne” (Jn. 1:14). Era humano, hasta el final. Nacido de madre humana, fue envuelto como un frágil bebé, expuesto al peligro en este mundo caído, creció en fuerza, sabiduría y estatura (Lc. 2:40, 52), y aprendió la obediencia a través de lo que padeció (Heb. 5:8). Comió, bebió, durmió y se cansó (Jn. 4:6), tuvo sed (Jn. 19:28) y hambre (Mt. 4:2) y se debilitó físicamente (Mt. 4:11; Lc. 23:26). Murió (Lc. 23:46). Y resucitó con un cuerpo en verdad humano, pero ahora glorificado (Lc. 24:39; Jn. 20:20, 27). 

Con todo, no sólo es humano en termino corporal, sino también en alma. Mostró con claridad las emociones humanas, maravillándose (Mt. 8:10), estando atribulado (Jn. 11:33-35; 12:27; 13:21), y sintiendose “muy triste, hasta la muerte” (Mt. 26:38).  

Así también demostró una mente humana al crecer en sabiduría (Lc. 2:52) y reconoció que no sabía todas las cosas desde Su plano terrenal (Mc. 13:32) y una voluntad humana en Su sumisión en toda Su vida a la de Su Padre (Jn. 6:38), culminando en Getsemaní (Mt. 26:39). 

La verdadera y plena humanidad de Cristo nunca fue cuestionada por Sus discípulos y los que caminaron con Él por las calles de Galilea y Jerusalén. Lo vieron, lo oyeron y lo tocaron (1 Jn 1:1). Claramente no era nada menos que humano. Sin embargo, los monoteístas más estrictos, que adoraron a este hombre, llegaron a ver –con el tiempo–, que Él era más que eso. 

Jesús, el unigénito Hijo de Dios

Ser el Cristo es una cosa; ser el “unigénito Hijo” de Dios es otra muy distinta. Este Jesús no sólo es verdadero hombre, como la iglesia llegó a confesar, sino también, verdadero Dios. Pero no como los cínicos modernos podrían suponer. Confesar a Jesús como el propio Hijo de Dios –como Dios mismo en la triunidad de la Divinidad– no fue un proyecto emprendido por Sus apóstoles y las generaciones siguientes, debido a que su veneración a un gran maestro creció sin proporciones. 

Más bien, cuando este verdadero hombre resucitó de entre los muertos, como un hecho objetivo de la historia, con más de quinientos testigos (1 Cor. 15:6), la pieza final ya estaba en su lugar. De siglos de profecía y una vida de insinuaciones y revelaciones impactantes llegó el veredicto: este hombre no sólo era Cristo, sino que era verdadero Dios, el propio Hijo de Dios. 

Verdadero Dios

Hace mucho tiempo que Dios mismo se comprometió a venir (Sal. 96:11-13; Miq. 5:2). Isaías, como hemos visto, vio a “Dios poderoso” en este niño que nace, este hijo que se nos da. Y ahora, con los ojos abiertos por Su resurrección, lo vemos “en todas las Escrituras” (Lc. 24:27, 44), y en cada página de los Evangelios. Desde la letanía de detalles inesperados que rodean Su nacimiento, a la sorprendente autoridad de Su enseñanza, a los crecientes susurros con cada señal que realizó. 

La religión judía mantenía una clara división ontológica entre Dios y el hombre. Sólo Dios era el Creador; sólo Dios merecía ser adorado; sólo Dios calmaba los mares; sólo Dios juzgaba al mundo. Una y otra vez, las palabras y actos de Cristo demostraron que la verdadera identidad de este hombre desafiaba las categorías. No sólo era hombre manifiesto, sino que era Dios manifiesto en carne.  

De alguna manera el único y verdadero Dios había venido entre ellos como uno de ellos, como hombre. Él era realmente uno –una esencia, como la iglesia lo explicaría– y también tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. 

Jesús, Nuestro Señor

Una última marca imponente de la identidad divina en la mente judía era el título de Señor. La primera y principal confesión de su fe era que Yahveh es el Señor. Yahveh, el más sagrado de los nombres, el nombre personal de Dios, revelado a Moisés en la zarza. Tan santo era el nombre, que por miedo a pronunciarlo mal, o de alguna manera deshonrarlo con labios impuros, el pueblo lo llamaba Señor (Adonai en hebreo) cuando leía en voz alta el nombre de Dios en los pergaminos. 

Esto hace que la temprana atribución de que Jesús es el Señor –por los judíos, en especial– sea tan impresionante. “Jesús es Señor” es a la vez la más básica y la más alta de las declaraciones. Y, con el telón de fondo de las Escrituras Hebreas, no solo es una clara y resonante confesión de la deidad de Cristo, sino también un testimonio de Su singularidad como persona. 

Él es el único Señor de Su pueblo. Y este único Señor es una persona singular. Como verdadero hombre y verdadero Dios, no es dos personas. Más bien, es una persona espectacular con dos naturalezas completas y distintas, divina y humana; como el gran credo del año 451 d.C. reclamaría: “ inconfundibles, incambiables, indivisibles, inseparables “. 

Una Persona espectacular

Esta persona singular es la que vivió meses en el vientre de María, y nació en Belén. A diferencia de cualquier otro hombre, Él es Dios. Y a diferencia de cualquier otro hombre, fue “concebido por el Espíritu Santo” (Lc. 1:31, 35; Mt. 1:18, 20). 

Dios podría haber elegido traer a Su Hijo al mundo de otra manera. Pero no lo hizo. Vio conveniente en Su inescrutable sabiduría, para nuestro gozo y para la gloria de Su Hijo, hacerlo de la manera en que lo hizo en esa primera Navidad. Y nos maravillamos. Wayne Grudem captura lo que muchos han observado a lo largo de los siglos: 

“Dios, en Su sabiduría, ordenó una combinación de influencia humana y divina en el nacimiento de Cristo, para que Su plena humanidad fuera evidente para nosotros desde el hecho de Su nacimiento humano ordinario de una madre humana, y Su plena deidad fuera evidente desde el hecho de Su concepción en el vientre de María por la poderosa obra del Espíritu Santo.” 

La gloria de Su concepción virginal no es un ladrillo que se pueda quitar y tirar. Esto no es sólo un hecho objetivo y obstinado de la historia y la revelación divina, sino también un precioso vistazo que nos da el Padre sobre quién es este Jesús. Él es el Cristo, y verdadero hombre; es el único Hijo de Dios, y verdadero Dios. Y todo en una persona unida, no confundida e indivisa, que es nuestro Señor. 

Los siervos del Señor lo reciben con alegría, y lo proclaman con gusto, junto con un montón de otras sorprendentes verdades que un mundo incrédulo encuentra igual de desagradables.