Un día como los demás, en una tarde fría mientras transcurría mi jornada laborar, el dueño del comercio donde trabajo estaba charlando sobre las consecuencias del COVID-19 con un cliente amigo. Una de las tantas charlas repetitivas sobre el tema.

Mientas ellos disfrutaban el recreo, yo seguía en mis ocupaciones. Sin embargo, no podía dejar de escuchar la conversación desesperanza sobre el asunto. Y comencé a pensar para mis adentros: “¿Qué paralelismo tiene el coronavirus y el evangelio? ¿Qué distinción hay entre ambos?”

Entonces, tomé lápiz y papel en medio del caos, y por unos breves minutos capturé todos los pensamientos al vuelo que pude. Luego continúe con mis asuntos.

Esa es la historia detrás del título de este artículo y la razón de su existencia.

La variedad de personas que se acercan al mismo tema

Una de las cosa que pude notar es qué hay cuatro tipos de pensamientos rondando en la mente de nuestros clientes, aquí en Argentina, a lo largo de este año. Sospecho que puede funcionar como un espejo de la creencia general sobre el asunto en toda America Latina:

  • El escéptico. Este dice: “¡Ba! Todo esto son puras mentiras. No existe tal enfermedad. Solo es un invento que creen los estúpidos. Sácate ese barbijo de una buena vez”.
  • El paranoico. Este dirá: “Buena día” (Rocía con alcohol la puerta) “¿cómo andan, bien?” (Se coloca alcohol en gel en las manos) “¿Sabían qué hay una conspiración mundial sobre esta enfermedad?” (Inunda de alcohol el mostrador) “He oído de unos nanobots que fueron inyectados de antemano en la población mundial para controlarnos a través del COVID-19” (Me baña en alcohol a mí).
  • El afanado. Él ,o ella, dirán algo como: “No sé cómo vamos a llegar a fin de año. La economía cayó al suelo, pero los precios subieron hasta las nubes. Perdí mi trabajo. Tengo una familia que mantener, cuentas que pagar y una casa de alquiler. ¿Qué será de mí?”
  • El afligido. Con estas amadas almas hay que tener mucha compasión. Hemos atendido personas que rompían en llanto ante nosotros, mientras contaban como su madre, o su padre, habían muerto por causa del COVID-19. Además, tuvimos casos de clientes que se asuntaron por meses; para luego venir a decirnos cuánto sufrieron bajo el azote del coronavirus y las secuelas que cosecharon.

Como vemos, el asunto es variado y delicado. Por eso decidí anotar cuatro semejanzas y diferencias entre el coronavirus y el evangelio.

Semejanzas entre el coronavirus y el evangelio

Primero, es por fe. El Covid es una enfermedad invisible. Uno no puede ver el virus cuando flota por el aire, o cuando se escabulle por la nariz. Nosotros salimos a vivir la vida y aceptamos por fe que afuera está un enemigo invisible que nos contagiará. Lo mismo podemos decir sobre el evangelio y las realidades eternas que nos definen. Aceptemos las verdades del evangelio del mismo modo que abrazamos las advertencias del Covid. Pablo dijo:

“Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación, al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” (2 Cor. 4:17-18)

Segundo, es misterioso. Nadie puede asegurar de dónde viene y a dónde va el virus. La información que tenemos de él sigue siendo escasa en comparación a las urgentes necesidades de convertirlo y refrenarlo. El Covid, como el viento, sopla dónde quiere y nadie conoce sus caminos. Jesucristo explicó que exactamente eso hace el evangelio en nuestras vidas:

“No te asombres de que te haya dicho: «Os es necesario nacer de nuevo». El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.” (Jn 3:7-8).

Tercero, es consecuencia del pecado. Toda enfermedad lo es. De no haber caído el primero hombre en el huerto de Edén, no habría enfermedad, aflicción, ni muerte. En Génesis 3 se desató una serie de consecuencias que tenían en potencia los efectos del coronavirus. Pero, la caída de Adán trajo consigo la promesa de la venida Jesucristo, ésta es la semilla del evangelio:

“Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar.” (Gén. 3:15). Y en otro lugar dice: “Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia.” (Rom. 5:20).

Cuarto, su presencia tiene consecuencias claras sobre las personas. He conocido de cerca gente con Covid. Los efectos causados sobre sus cuerpos son innegables. Además, deja serias consecuencias en sus vidas luego del contagio. Lo mismo podemos decir del evangelio. Éste produce una transformación verdadera en la vida de las personas que lo poseen en su corazón. En una porción extensa, pero lúcida, Pablo dijo:

“Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios […] Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria. Por tanto, considerad los miembros de vuestro cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría […] Pero ahora desechad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, lenguaje soez de vuestra boca […] Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo de la unidad.” (Col 3:1, 3-5, 8, 12-14).

Diferencias entre el coronavirus y el evangelio

Sin embargo, no todo fue positivo en m reflexión. Consideré algunas cosas muy distintas entre ellos.

Primero, el COVID es parte de la paga por nuestros pecados, pero el evangelio es nuestra liberación de ellos:

“Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado; y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí permanece para siempre. Así que, si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres.” (Jn 8:34-36).

Segundo, el COVID lleva a la muerte, pero el evangelio a vida eterna en Cristo:

“¿Qué fruto teníais entonces en aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de esas cosas es muerte. Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como resultado la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom. 6:21-23).

Tercero, el COVID nos aleja de nuestros seres amados, pero el evangelio nos acerca por siempre a nuestros hermanos y hermanas en el Señor:

“Pero no queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como lo hacen los demás que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Él a los que durmieron en Jesús…Entonces nosotros, los que estemos vivos y que permanezcamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes al encuentro del Señor en el aire, y así estaremos con el Señor siempre. Por tanto, confortaos unos a otros con estas palabras.” (1 Tes. 4:13-14, 17-18).

Y por ultimo, el COVID trae aflicción al mundo, pero el evangelio consuelo. Es difícil recibir la noticia de que algún familiar (o nosotros mismos) dió positivo. Eso llena de pesar el corazón. Pero las buenas nuevas sobre Jesucristo son las noticias más gozosas y dulces que el hombre jamás oirá:

“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz, del que trae las buenas nuevas de gozo, del que anuncia la salvación, y dice a Sión: Tu Dios reina! ¡Una voz! Tus centinelas alzan la voz, a una gritan de júbilo porque verán con sus propios ojos cuando el SEÑOR restaure a Sión. Prorrumpid a una en gritos de júbilo, lugares desolados de Jerusalén, porque el SEÑOR ha consolado a su pueblo, ha redimido a Jerusalén.” (Is 52:7-9).

Conclusión

Amado lector, espero que este artículo sirva como un aliciente para tu corazón, y juntos aprendamos que:

  • Podemos centrar todo pensamiento en el evangelio: “Destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo” (2 Cor. 10:5).
  • Podemos compartir el evangelio con los demás partiendo de cualquier tema: “Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción.” (2 Tim. 4:2).
  • Podemos consolar a otros, y a nosotros mismos, con el evangelio: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo, y si por los ríos, no te anegarán; cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará. Porque yo soy el SEÑOR tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador” (Is. 43:2-3).
  • Podemos aferrar nuestras almas al triunfo eterno del evangelio:

“Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito […] Entonces, ¿qué diremos a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros […] ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? […]Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom. 8:28, 31, 35, 37-39).