El primer cuarto del siglo XXI ha demostrado inequívocamente que el feminismo radical es destructivo. El feminismo ha atacado la educación intentando enseñar a los niños que los roles de género subvertidos son la norma y no una rareza.1 Ha atacado la fuerza laboral de tal manera que hoy en día, la mayoría de las mujeres creen que no podrían vivir sin trabajar.2 Incluso condujo a la legalización del asesinato de bebés por nacer a través del movimiento abortista.3 En su esencia, el feminismo es antitético a las Escrituras y a la cosmovisión cristiana.4 Debido a que el feminismo ve el mundo a través de un lente individualista, en lugar de un lente familiar y comunitario, es incapaz de adoptar la enseñanza de las Escrituras sobre los roles de hombres y mujeres en la familia, la iglesia y la sociedad. Hace más de un siglo, el gran teólogo de Princeton, B. B. Warfield, vio el movimiento feminista como lo que realmente era, es decir, anticristiano, y escribió con una voz casi profética: 

«La diferencia de conclusiones entre Pablo y el movimiento feminista actual tiene su origen en una disparidad fundamental de sus puntos de vista respecto a la constitución de la raza humana. Para Pablo, la humanidad está constituida por familias, y todo organismo diverso, incluyendo la iglesia, está compuesto de familias unidas por uno u otro vínculo. La relación de los sexos en la familia se traslada, por tanto, a la iglesia. Para el movimiento feminista, el género humano está formado por individuos; la mujer es simplemente un individuo al lado del hombre y no ve ninguna razón para que haya diferencias en el trato entre ambos. Y, en efecto, si ignoramos la gran diferencia natural fundamental del sexo, para así destruir la gran unidad social fundamental de la familia, en aras del individualismo, no parecería haber ninguna razón para no borrar las diferencias establecidas por Pablo entre los sexos en la iglesia. A excepción, claro está, de la autoridad de Pablo».5 

El feminismo lidera el rechazo a las enseñanzas de Pablo 

Los comentarios de Pablo en las Escrituras son a menudo calificados de misóginos por la sociedad actual, la cual ha sido, en gran parte, dominada por la filosofía y la retórica feminista desde el siglo pasado. Es casi inimaginable que cualquier hombre tenga la audacia de escribir lo que Pablo o Warfield hicieron. En 1 Timoteo 2:12 Pablo escribe que no permite que las mujeres hablen en la iglesia. Primera a Timoteo 3:1-13 y Tito 1:5-9 argumentan que solo los hombres están autorizados para servir en la posición de anciano o pastor. Efesios 5:22-24 pide que las mujeres se sometan a sus maridos y que los maridos sean la cabeza del hogar.6 Una y otra vez, la enseñanza de Pablo es que los hombres deben liderar a sus esposas y familias en el amor de Cristo y, las esposas deben someterse al gobierno de sus maridos. Las Escrituras enseñan que hay una diferencia entre los sexos instituida desde el principio, cuando Dios creó al ser humano como hombre y mujer (1 Tim 2:13), y esas diferencias deben ser honradas y realizadas en su máximo potencial dentro de los confines de las relaciones. No es la actitud individualista, sino la familiar, la que permite el éxito de ambos sexos. 

La familia como solución 

El problema radica en la idea de que el hombre o la mujer pueden ser una isla para sí mismos. Una vez que el individualismo se impone y se elimina la visión de que la familia es de vital importancia, el diseño, la intención y la teleología de la creación se invierten prácticamente sobre sí mismos. La solución, por tanto, se encuentra en una antropología sólida que busque ser fiel a la verdad de la Palabra de Dios. 

Las iglesias deben, tal como lo hace Warfield, promover una comprensión de los sexos que sintetice la visión conservadora y complementaria de los roles de género, especialmente en relación con sus funciones dentro de la familia y el hogar. Los hombres y las mujeres son iguales en su esencia como personas, su dignidad y su valor. Sin embargo, el hombre y la mujer han sido creados para propósitos diferentes que el otro no está llamado a cumplir. Esto es cierto tanto en el hogar como en cualquier otro ámbito, y cuando vemos a hombres y mujeres a la luz de la comunión con Cristo y con el conocimiento de que «no es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2:18), se adoptará un concepto familiar de la humanidad, en lugar de uno individualista. El rechazo de una perspectiva familiar de los sexos en favor de una visión individualista promoverá cosmovisiones contrarias, como el feminismo radical. 

Efesios 5:22-6:4 deja sumamente claro que debe haber una estructura dentro del hogar, que corresponde a la estructura de la Iglesia. 

A la cabeza del hogar está el hombre como esposo, padre y líder. Él mantiene a su familia y la protege, a la vez que dirige a su esposa en las disciplinas espirituales. Igual a él, pero bajo su autoridad y gobierno, se encuentra su esposa. La esposa y madre del hogar está encargada de hacer muchas cosas y, en efecto, puede hacer muchas tareas; por ejemplo, Proverbios 31 describe a una mujer que no solo cuida de su hogar y alimenta a la gente en su casa, sino que también se ocupa de las finanzas del hogar de varias maneras. Sin embargo, debe someterse continuamente a la autoridad de su esposo. Al igual que el cristiano encuentra libertad en Cristo para obedecer sus mandatos, la esposa cristiana encuentra libertad para servir a su hogar y guiar a sus hijos de muchísimas maneras. 

Bajo el padre y la madre están los hijos del hogar. Aunque ninguno de los padres debe provocar innecesariamente la ira de sus hijos, deben educarlos, cultivando en ellos las disciplinas espirituales. Esto significa que, dentro de la jerarquía social del hogar, los hijos son iguales en valor y dignidad a sus padres, pero están bajo su autoridad y jurisdicción. 

El movimiento feminista radical, por otro lado, quiere que todo esto desaparezca en favor de un hogar en el que todas las personas se someten al gobierno de la mujer que, en esta visión, de todos modos no está en casa. Esto se debe a que, en la visión feminista, la mujer suplanta al hombre como líder, autoridad, proveedor y protector del hogar. Cuando la visión del hogar está desorientada, no es de extrañar que la visión de la iglesia y de la sociedad se pierda del mismo modo. Los hombres ya no son los únicos gobernantes de la iglesia local, quienes actúan como pastores bajo la autoridad de Cristo como el verdadero Príncipe de los Pastores. Más bien, al desestimar un texto como 1 Timoteo 3:2, se coloca a las mujeres en posiciones de poder que nunca debieron ocupar. Así, se deshonra a Cristo, ya que se ignora totalmente la tipología, mientras que las mujeres poseen el poder que los hombres debían ejercer para dirigir a otros a Jesús. 

La sociedad sigue su ejemplo, ya que las mujeres acceden a puestos de poder que, aunque quizá sean capaces de desempeñar, no están diseñados para ellas. Acaban llevando cargas que nunca debieron sobrellevar, y la sociedad sale perjudicada. Esto se debe fundamentalmente a que han rechazado la autoridad de la Palabra de Dios. Volviendo a Warfield, él agrega: 

«Al final, todo se remonta a la autoridad de los apóstoles, como fundadores de la iglesia. Puede que nos guste o no lo que dice Pablo. Podemos estar o no dispuestos a hacer lo que él manda. Pero no hay lugar a dudas de lo que dice. Y el apóstol ciertamente nos diría lo que les dijo a los corintios (v. 14:36): «¿Qué? ¿Salió de vosotros la Palabra de Dios? ¿O solo a vosotros os llegó?». ¿Acaso este cristianismo es nuestro, como para que hagamos lo que queramos? ¿O es la religión de Dios, que recibe sus leyes de Él a través de los apóstoles?».7 

Como señaló Warfield, la cuestión no es tanto si a uno le gusta lo que dice la Escritura, o si incluso está de acuerdo con ello. La cuestión es que Dios ha prescrito leyes en su Palabra tanto para los individuos como para las familias. Cuando los cristianos posean una sólida teología de la antropología, reconocerán que las leyes de Dios para los hombres y las mujeres están diseñadas con el buen propósito de producir el mayor éxito posible para los seres humanos. El objetivo de la creación, después de todo, no es una isla desierta, sino una ciudad-jardín en la que el pueblo de Dios, salvo por Cristo, habita junto a su Rey para siempre. Se trata de un Reino constituido por una familia, y no por meros individuos elocuentes. Por lo tanto, un lente familiar, que honra a Cristo como Señor, es esencial para que exista una comprensión adecuada de los sexos y del verdadero éxito humano de hombres y mujeres. 

Publicado originalmente en g3min.org. Usado con permiso. 

 

Referencias 

1Ver Michael Levin, “The Impact of Feminism on Primary Education,” in Gender Sanity, ed. N. Davidson, 82. Quoted within David J. Ayer’s “The Inevitability of Failure: The Assumptions and Implementations of Modern Feminism,” within Recovering Biblical Manhood and Womanhood: A Response to Evangelical Feminism, ed. John Piper & Wayne Grudem, 389. 

2 Ver: George Gilder, Men and Marriage (Gretna, LA: Pelican, 1986), 51. Citado en Recovering Biblical Manhood and Womanhood, 389. 

3 Ver: Kristin Luker, Abortion and the Politics of Motherhood (Berkeley: University of California Press, 1984), 176. Citada en Recovering Biblical Manhood and Womanhood, 385. 

4 Una cosmovisión es la forma en que una persona ve, entiende e interactúa con el mundo que le rodea. Una cosmovisión cristiana es completamente bíblica; es decir, el cristiano ve el mundo a través del lente de las Escrituras y todo lo que ve, piensa y hace está coloreado por el hecho de que Cristo como Señor y Su Palabra dirigen toda la vida. 

5 B.B. Warfield, Que las mujeres guarden silencio en la iglesia. 

6 Así como hay mucho qué decir sobre los problemas del feminismo, también hay mucho qué decir sobre el fracaso del hombre en mantener sus responsabilidades dadas por Dios como líder de la iglesia y del hogar. Hay aún más qué decir sobre los hombres que no aman a sus esposas o a sus hijos hasta el punto de sacrificarse. 

7 B.B. Warfield, Que las mujeres guarden silencio en la iglesia.