¿Qué viene a tu mente cuando lees la frase «Dios es amor»? ¿Qué responderías si te pido una definición de la misma? En la actualidad, las personas ofrecen definiciones mundanas a estas realidades celestiales que definen nuestro universo. El hombre moderno no está definido por el amor de Dios en Cristo.

La revolución sexual enseña la expresión del amor humano sin incluir el área moral: si un hombre ama a otro puede casarse con él. El feminismo inculca el amor propio: si la mujer no quiere ese feto en su cuerpo tiene derecho de abortarlo. El humanismo señala un desviado camino de amor a Dios: tú puedes amar a Dios sin importar la religión que acojas, ya que en este mundo todo es verdad y al mismo tiempo nada lo es.

Las crecientes aguas de estas corrientes filosóficas han inundado la Iglesia. Por esta razón, es imperativo recobrar una cosmovisión bíblica del amor. Y aunque son muchas las vertientes que este tema ofrece, nuestro artículo se enfoca en el amor a Dios a través del amor de Cristo.

El amor de Cristo es el único bálsamo que puede sanar nuestras heridas, el ancla que puede afirmar nuestras almas, el mayor consuelo que puede hallar nuestro corazón, y la esperanza que puede sostener nuestra fe. La mejor meditación para encaminar nuestros corazones hacia el amor divino es la contemplación del amor de Cristo hacia Su Padre y Su pueblo.

El amor de Cristo hacia Su Padre

Cristo consagra Su amor a la contemplación de las perfecciones de Su Padre: “en Él se deleita” (Sal. 22:8). La piedra angular que sostiene el corazón de Cristo es Su permanencia en el amor del Padre: “Yo… permanezco en Su amor” (Jn. 15:10). Esta es la base que nutre la eterna relación que forma la santa Trinidad. Desde la eternidad pasada el Hijo estuvo ligado al Padre por un lazo irrompible de amor.

Cristo amó el plan redentor que Dios deseaba implementar sobre toda la humanidad. El Hijo acepta para Sí los propósitos eternos de Su Padre (Ef. 1:3-12). Dios amó a los Suyos desde antes de la fundación del mundo; antes que el fuego se funda en el corazón de la tierra y los ángeles habiten el cielo; antes que las estrellas decoren el universo y los planetas graviten sobre el espacio. Cuando éramos un pensamiento en la mente infinita, Dios “en amor nos predestinó” (Ef. 1:5).

Sin embargo, nunca hubiésemos conocido el amor divino si el Hijo se negaba a venir como Mediador. Así como Abraham necesitó la sumisión de Isaac para ofrecerlo en sacrifico al Señor, el Padre dependía de la entrega voluntaria del Hijo para ofrecerlo como ofrenda del pecado de la humanidad (Jn. 10:15, 17).

El amor de Cristo por Su Padre lo movilizó al dejar Su gloria. Las Escrituras revelan el corazón de Cristo con relación al plan redentor: “Al entrar Él en el mundo, dice: … UN CUERPO HAS PREPARADO PARA MÍ; EN HOLOCAUSTOS Y SACRIFICIOS POR EL PECADO NO TE HAS COMPLACIDO. ENTONCES DIJE: «HE AQUÍ, YO HE VENIDO… PARA HACER, OH DIOS, TU VOLUNTAD»” (Heb. 10:5-7).

Notemos, el Espíritu Santo adjudica estas palabras a Cristo en el momento en que deja Su Trono y se prepara para entrar al mundo por medio del vientre de la virgen María. Este amor encendía el corazón de Cristo a cada instante mientras andaba como hombre en la tierra. Él puede decir: “Amo al Padre como todo mi corazón, toda mi alma y toda mi mente” (Mt. 22: 37) y “siempre hago lo que le agrada (Jn. 8:29)”. Fue el deleite en Dios lo que impulsó a Cristo a morir en forma vicaria: “Pues por amor de Ti he sufrido vituperio” (Sal. 69:7).

Oh, querido hijo o hija de Dios, ¿no es cierto que nuestro corazón corre presuroso tras sus amantes? ¿No es verdad que nuestra voluntad procura edificar su propio reino? Siempre queriendo vivir para nosotros mismos. Pero el amor de Cristo nos muestra “un camino más excelente” (1 Cor. 12:31), una senda que lleva a la muerte del yo. Aprendamos de Cristo un completo amor a la gloria del Padre. Profundicemos en una piadosa pasión por la voluntad de Dios, presentando nuestros “cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios” (Rom. 12:1).

El amor de Cristo hacia Su pueblo

Cristo derrama Su amor en aquellos pecadores que, desde antes de la creación del mundo, han sido destinados para creer en Él y formar parte de Sus redimidos (Jn. 17:6-10). Y aunque este amor es selectivo (Dt. 7:6-8), no llega a nosotros por merecimiento, sino “de pura gracia” (Os. 14:4 RV60).

La comprensión del amor de Cristo por los Suyos “sobrepasa todo conocimiento” (Ef. 3:19). La durabilidad de Su amor es eterna (Jer. 31:3). Las dimensiones de Su amor son altas como los cielos, profundas como el Seol, más extensas que la tierra y más anchas que el mar (Job. 11:8-9). Incluso las inclinaciones y caminos que traza este amor redentor son incomprensibles (Is. 55:9). Por eso, en todo el universo, “nadie tiene un amor mayor que este” (Jn. 15:13).

La hermosura del amor de Cristo resplandece en Su santidad (Sal. 110:3). Cristo ama la justicia (Heb. 1:9), la verdad (1 Cor. 13:6) y odia la maldad (Sal. 45:7). Por eso Su amor por la Iglesia la purifica (Ef. 5:25-27) y Su amor al prójimo es el cumplimiento de la Ley (Mt. 22:39). ¿Acaso existe un corazón más puro que éste? ¿Algún ángel en el cielo, u hombre en la tierra, osaría comparar su alma con la Majestad de Cristo? Cuando el salmista analizó Su corazón, dijo: “Bueno eres tú y bienhechor” (Sal. 119:68). En Él no halló mancha de pecado.

La manifestación del amor de Cristo se revela al ocupar nuestro en lugar la cruz, entregando Su vida hasta la muerte (1Jn. 3:16). Fue por amor que “no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse” (Fil. 2:6) sino que se vistió en carne y sangre para hacerse “maldición” por nosotros (Gal. 3:13) y ser hecho “pecado” por Dios (2 Cor. 5:21). Este amor “cubre todas las transgresiones” (Prov 10:12) y arroja “a las profundidades del mar todos nuestros pecados” (Miq. 7:19). Aquí somos aceptos y estamos seguros, “¿quién nos separará del amor de Cristo?” (Ro. 8:35).

La definición del amor, por excelencia, es Cristo crucificado. Lo que hizo por nosotros en esa cruz romana es la expresión tangible de Su amor. En Gestemaní “Su sudor se volvía como gruesas gotas de sangre” (Lc. 22: 44); esas eran gotas de amor por nuestras almas. Camino al calvario “fue despreciado y desechado de los hombres” (Is. 53:3), sufrió burlas y golpes (Lc. 22:63-65); pero toleraba esta vergüenza por amor. En el Gólgota le dieron vinagre a Su boca y clavos a Sus manos (Mt. 27: 33-36); pero, mientras más tortuosos los sufrimientos, más clara la revelación de Su amor.

El alcance del amor de Cristo es tan basto que desborda sobre toda la Iglesia (Ef. 5:25). Pero tan individual que cada redimido pueden gozarse en él (Gal. 2:20). El vaciamiento de Su amor fue tan pleno, que cada cristiano puede exclamar: “¡Cristo mostró en mí toda —no algo, no parte, no mucho; sino toda— Su clemencia!” (1 Tim. 1:15 RV 60).

La meta principal del amor de Cristo es “llevarnos a Dios” (1 Pd. 3:18). Que admiremos y amemos las perfecciones de Su Padre (Jn. 17:22-24). Quien experimenta el amor de Cristo, y permanece en Él, llega al mismísimo amor de Dios (Jn. 15:9-10). El objetivo de Cristo crucificado es que conozcamos, adoremos y glorifiquemos a Dios (Sal. 22: 22-31). Su compromiso como Mediador es acercarnos a Dios (1 Tim. 2:5), y logró con creces Su propósito: “Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con Su sangre, e hizo de nosotros un reino y sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap. 1:5-6).

Pero ¿qué respondes a todo esto? Un hijo de Dios exclama: «No sé si soy amado, mis maldades son innumerables como gotas de lluvia, pesadas como aluvión de invierno». Otra hija de Dios lamenta: «no sé si soy salva, mi vida espiritual es tan endeble como el pastizal que se tumba por el viento». Oh, almas temblorosas, déjenme responderles con claridad: “Tú eres muy amado” (Dn. 9:23 RV60). Consuela tu conciencia con la realidad de que en el corazón de Cristo estás seguro/a. Y cuando dudes a causa de tu incredulidad, haz como Tomás y fija tu mente en Sus manos y pies traspasados por ti (Jn. 20: 27).

Sin embargo, alguien agrega: «No sé si soy perdonado otra vez por el mismo pecado. Aún tengo temor de acudir a Cristo con mis fallas». Ah, pobre alma, todavía sabes poco del evangelio. Dime, ¿qué ves en Cristo cuando miras el Calvario? ¿Acaso es un Juez justo vestido de negro, sentado en el Tribunal Supremo, con una espada desnuda a Su diestra y una miríada de ángeles a Su siniestra? Oh no, tú ves un Salvador coronado de espinas, bañado en Su propia sangre, con Su espalda flagelada y el costado de Su pecho abierto. Por lo tanto, es el amor de Cristo lo que debe persuadirte para acercarte a Él tal y como eres; es el amor de Cristo el que te invita a venir “con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna” (Heb. 4:16).

Conclusión

Para concluir primero quiero dirigirme al lector engañado por su religiosidad. Querido amigo, ¿amas a Cristo? Puede que ames orar en público, leer la Biblia, dar ofrendas y asistir a la iglesia. Los fariseos amaban todas estas cosas (Mt. 6:5). Tu amor religioso solo es otra manera de amarte a ti mismo. Si no amas a Cristo el amor de Dios no mora en tu corazón (Jn. 5:42). Examínate, la marca inconfundible de un creyente es que ama a Cristo (1 Jn. 5:10-12).

Segundo, me dirijo al lector que no cree en Cristo. Querido amigo, ¿el amor de Cristo no conmueve tu duro corazón? Dime, ¿alguna vez alguien te ha amado de este modo? Considera bien que este amor abrió una fuente carmesí llena de la sangre del Cordero, ella posee virtud para lavar tu alma. Te ruego, deja tus malos caminos y sumerge tu negro corazón en este precioso manantial para que salga blanco como la nieve (Is. 1:18).

No te pido únicamente que creas en el amor de Cristo, sino te insto: aventúrate a creer que ese amor fue revelado para perdonarte a ti. Si, a ti. Si piensas que eres un gran pecador, respondo que Cristo ya salvó al peor de todos (1 Tim. 1:15). Si argumentas que tu corazón es débil, replico que Cristo murió por los débiles (Ro. 5:8). Si razonas que tu estado espiritual es muy deplorable, te recuerdo que Cristo vino a salvar a los enfermos (Lc. 5:30-32). Por lo tanto, no digas que tu caso es difícil para Cristo, porque Él es un especialista en casos difíciles.

Finalmente me dirigió a la Iglesia de Cristo. Para los cristianos el amor de Cristo crea una nueva realidad, definiendo nuestra relación con Dios y con otros (2 Cor. 5:14-15). Los creyentes deben invertir sus vidas en el conocimiento de este amor. El primer paso es orar para que todos los santos entiendan cuán amados son por Cristo (Ef. 3: 15-19) y el segundo es crecer en este amor por medio de la meditación de Su Palabra (2 Pd. 3:18).

Jesús es amor, y las cualidades de Su amor son descritas en 1 Corintios 13. En ese capítulo tenemos la regla para amar a Dios y al prójimo con el amor de Cristo. Todo cuanto deba decirse del amor para la comunidad cristiana se encuentra aglomerado allí. Pero, este precioso fruto que solo crece en los árboles del Paraíso, lo produce el Espíritu de Cristo (Gal. 5:22).

El amor de Cristo se expresa por medio de la fe (Gal. 5:6), siendo el vínculo perfecto para la unidad (Col 3:14) y el servicio (Jn. 13:12-17, 35). La prueba de que este amor habita en nosotros es que nos perdonamos unos a otros (Ef. 4:32), amamos a los hijos de Dios (1 Jn. 4:7-11) y hacemos obras de caridad en favor del prójimo (1 Jn. 3:16-18).

La pureza del amor de Cristo brilla a través de Su Iglesia por la santidad de Sus miembros: “que el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros, y para con todos…a fin de que Él afirme vuestros corazones irreprensibles en santidad delante de nuestro Dios y Padre…” (1 Tes. 3:12-13). Este santo amor es el cumplimiento de la Ley para el pueblo redimido que vive bajo la gracia (Gál. 5:13-14).

Este amor nos vuelve embajadores del Reino, desatando la lengua de los santos, moviéndolos a proclamar a los perdidos: “Como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios! Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él” (2 Cor. 5:18-21).

Querido lector/a, te invito a unirte al sentir puritano con respecto a este tema: «No debemos contentarnos con ideas vagas acerca del amor de Cristo. Les ruego que preparen sus mentes para pensar en las cosas celestiales y meditar con seriedad en la gloria del amor de Cristo. Esto no lo podremos hacer si nuestras mentes siempre se encuentran llenas de pensamientos terrenales.» (J. Owen; Las glorias de Cristo, cap. 5).