Desde el día en que me convertí al Señor a los catorce años de edad, nunca he tenido ninguna razón para dudar de la verdad a la que apunta la expresión «gracia irresistible». Había leído la Biblia a diario desde la edad de los nueve a los catorce años, y si había algo claro para mí, era mi incapacidad para confiar en Cristo. La «gracia» que necesitaba no era la gracia suficiente para capacitarme para cooperar con ella, sino la gracia irresistible que me resucitaría.

No obstante, la experiencia personal no es el principal fundamento para una doctrina, y parecen haber muchos tan enojados con «la gracia irresistible» que desean resistirla vigorosamente. Ya sea que lo sepan o no, tienden a apelar a los mismos versículos de la Escritura que los Remonstrantes del siglo XVII (hoy comúnmente conocidos como Arminianos). Aún hoy se cree que Esteban resolvió la disputa cuando le dijo al Sanedrín que ellos «resisten siempre al Espíritu Santo» (Hechos 7:51). Sus palabras son tomadas como una prueba irresistible de que no hay «gracia irresistible».

Sin embargo, la «gracia irresistible» no se irá tan fácilmente.

¿Qué tipo de gracia necesitamos?

Admito que tengo una pequeña alergia a la expresión «gracia irresistible», y tiendo a evitar usarla (por razones que explicaré más adelante). Esta confesión no es totalmente idiosincrásica, ya que los teólogos reformadores quienes expandieron y defendieron esta doctrina, tampoco tenían un  apego particular a la expresión (Francis Turretin la describió como «bárbara»). Igual que el término «puritano», sufre de una deficiencia por haber sido acuñado por sus oponentes y por lo tanto, también definida por ellos. Así que no debe sorprender si los teólogos reformadores preferían hablar de la gracia invencible.

Pero hablaremos de esto más adelante, Primero, los fundamentos.

Nuestra naturaleza pecadora

La teología reformada y agustiniana nunca ha enseñado que no podemos o que no resistimos a Dios. De hecho, sostiene lo opuesto: en nuestra condición no renovada, todos resistimos, siempre resistimos, inevitablemente resistimos y no podemos hacer más que resistir.

Este es el gran panorama desplegado en la Palabra de Dios. No es únicamente del hombre pre-diluviano de quien se puede decir que «toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal» (Génesis 6:5). La cadena bíblica de textos en Romanos 3:10-18 resume toda la narrativa del Antiguo Testamento. Pablo enfatiza esto en otro lugar: por naturaleza estamos «muertos en delitos y pecados… [siguiendo] la corriente de este mundo… hijos de desobediencia» (Efesios 2:1-2). No hay nada en nosotros capaz de «cooperar» con «la gracia suficiente». La salvación que es nuestra a través de la fe es completamente por gracia; no tiene lugar en cooperación con la gracia. En ningún sentido es una obra nuestra. Somos «hechura suya» (Efesios 2:8-10), es decir, somos completamente suyos.

Pablo corta su teología corintia con la misma tela: «el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad» (1 Corintios 2:14). De la cabeza a los pies, somos por naturaleza enemigos de Dios (Romanos 5:10; 8:5–8; Colosenses 1:21).

La misma perspectiva está entrelazada en las enseñanzas de Jesús, como resalta su conversación con Nicodemo. Sin el soberano, eficaz e irresistible nuevo nacimiento que viene de arriba (vea también 1 Pedro 1:23; Santiago 1:18), somos incapaces de ver o entrar en el Reino de Dios (Juan 3:3, 5). Somos esclavos del pecado; solamente el Hijo puede hacernos libres (Juan 8:34, 36).

El impresionante testimonio de Pablo

Sin embargo ¿no sugieren las palabras de Esteban que la gracia siempre es resistible? ¿Y no indica el mandato a creer que somos capaces de cooperar con la gracia? Difícilmente—porque la fe es el fruto de la obra del Espíritu en nosotros. La promesa de justificación, dice Pablo, sorprendentemente revirtiendo las palabras que esperaríamos, es «por fe, para que esté de acuerdo con la gracia» (Romanos 4:16). En otras palabras, nuestro ejercicio de la fe es tal que él mismo es todo gracia; de acuerdo a Efesios 2:8, toda la realidad de la salvación por fe es una obra de gracia, eficazmente consumada en nosotros por Dios.

El contexto más amplio de las palabras de Esteban es también esclarecedor. Lucas conecta el martirio de Esteban con la conversión de Saulo de Tarso. Él probablemente escuchó las palabras de Esteban; ciertamente «estaba de completo acuerdo con ellos en su muerte», estuvo presente durante ella y en las secuelas que continuaron «respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor» (Hechos 7:58–8:1; 9:1). Saulo nos es introducido como la ilustración por excelencia de lo que Esteban llamó «tercos e incircuncisos de corazón y de oídos» y por lo tanto, siempre resistiendo al Espíritu Santo (Hechos 7:51).

¿Qué produjo su conversión? Quizás alguien en algún lugar ha predicado un sermón titulado: «Cómo Saulo cooperó con la gracia en el camino hacia Damasco». Sin embargo, los mismos textos (Hechos 9, 22 y 26 y las reflexiones posteriores de Pablo en Gálatas 1:11-16) describen a un hombre aplastado hasta el suelo y cegado por Cristo—¡«gracia irresistible» en letras mayúsculas! ¿Diremos que un Saulo de Tarso necesita «gracia irresistible» mientras que la persona promedio puede venir a la fe por una «gracia menos irresistible»?

El poder de Dios que resucita

Afortunadamente, como han reconocido diversas generaciones de cristianos reformados, una cabeza confundida puede estar casada con un corazón purificado y con poesía clara como el agua, como es el caso de Carlos Wesley, quien ha enseñado a cientos de cristianos (de todas las denominaciones) a cantar:

En vil prisión mi alma padeció

Atada en pecado y oscuridad;

Pronto en mi celda resplandeció

La clara luz de su verdad.

Cristo las férreas cadenas destruyó.

Quedé ya libre ¡Gloria a Dios!

No es sorprendente que John («Rabbi») Duncan comentara: «Me gustan muchos de los himnos de Wesley, sin embargo, cuando leo algunos de ellos me pregunto: “¿Qué ocurrió con tu libre albedrío ahora, amigo mío?”».

Lázaro estaba muerto, sin embargo salió de la tumba por la orden de Cristo. No podía quedarse muerto de la misma manera que no podía cooperar con Jesús para volver a la vida. Lo mismo es cierto de aquellos que están muertos en sus delitos y pecados. Puesto que la Escritura no nos muestra como personas enfermas que necesitan medicina; somos cadáveres espirituales que necesitan una resurrección monergística.

El problema aquí es olvidar la gran máxima de Anselmo de Canterbury, la cual se aplica a muchos desvíos en la doctrina: «Aún no has considerado la grandeza del peso del pecado». Siente su peso, y lo que implica «la gracia irresistible» se convertirá en una sine qua non en la aplicación de la redención. Puesto que nuestra doctrina ha sido cortada con la misma tela: «depravación total».

Dios llama; nosotros acudimos

Nada en este énfasis le resta valor a los hechos gemelos de que nosotros somos responsables de creer en Cristo, y que nosotros—no Dios, no la gracia, no el Espíritu Santo, sino nosotros—somos los que creemos.

Somos responsables de creer. El hecho de que por nosotros mismos somos incapaces de hacerlo no disminuye la responsabilidad de hacerlo. Ya que nuestra incapacidad no es causada por la ausencia de poderes volitivos, sino por la forma en la que nuestros corazones pervierten esos poderes, de modo que siempre resistimos al Señor hasta que Él soberanamente vence esa resistencia.

Somos los que creemos. La doctrina de «la gracia irresistible» no significa ni implica que Dios es el que cree. Es cierto que la fe es un fruto de la gracia de Dios (Efesios 2:8), pero nosotros somos los que creemos. Aquí se les debe permitir a los exponentes de la doctrina que declaren su significado y los parámetros teológicos. Esto lo hace la Confesión de Fe de Westminster, afirmando que la «gracia irresistible» («llamamiento eficaz»)

es solamente de la libre y especial gracia de Dios y de ninguna otra cosa prevista en el hombre; el cual es en esto enteramente pasivo, hasta que siendo vivificado y renovado por el Espíritu Santo, es capacitado por medio de esto para responder a este llamamiento y para recibir la gracia ofrecida y trasmitida en él. (Artículo 10.2).

No obstante, la Confesión de Westminster también afirma que este llamamiento eficaz involucra a Dios

renovando sus voluntades y por su potencia todopoderoso, induciéndoles hacia aquello que es bueno, y trayéndoles eficazmente a Jesucristo; de tal manera que ellos vienen con absoluta libertad, habiendo recibido por la gracia de Dios la voluntad de hacerlo. (10.1, énfasis añadido)

Esto está de acuerdo con la afirmación anterior de que la ordenación soberana de Dios no lo hace autor de pecado,

ni hace violencia al libre albedrío de sus criaturas, ni quita la libertad ni contingencia de las causas secundarias, sino más bien las establece. (3.1)

Para los críticos de la doctrina de «la gracia irresistible», es axiomático que esta no puede existir en armonía con la libertad y la responsabilidad humanas. Sin embargo, es uno de los curiosos intentos característicos por rechazar «la gracia irresistible» sobre la base de la Escritura. Pues la Escritura en sí misma es una ilustración primaria del principio de que lo que puede venir a existir únicamente por «la gracia irresistible» (la inspiración de una Biblia infalible por un Dios Santo) es al mismo tiempo la responsabilidad activa de los individuos (la composición de una Biblia infalible por hombres pecadores).

El impasse doctrinal aquí nunca se resolverá hasta que se reconozca que lo que apoya este tipo de objeciones a la gracia irresistible es usualmente una confusión teológica básica acerca de la forma en la que Dios se relaciona con el orden de la creación. La absoluta soberanía divina no destruye la realidad de las acciones libres de los hombres (como resaltan las citas anteriores de la Confesión de Fe).

Dudando acerca de «la gracia irresistible»

¿Por qué entonces tener alergias hacia la expresión «gracia irresistible»?

La resistencia a «la gracia irresistible» no se inició en primer lugar entre los arminianos sino en la teología medieval que estaba enraizada en una visión defectuosa de la gracia. La gracia era vista virtualmente en términos intangibles, como una sustancia. Podía ser infundida en alguien—de ahí «la gracia infundida» y se veía a los sacramentos como «medios de gracia» (es decir, los medios por los cuales «obtenemos» la gracia).

No obstante, la gracia no es una sustancia impersonal. Es una abreviación de «la gracia de nuestro Señor Jesucristo». La gracia no es una cosa sino una Persona. Y por lo tanto, «la gracia irresistible», entendida adecuadamente, no es una fuerza; es una Persona que demuestra ser irresistible a nosotros a través de la obra del Espíritu. Un comentario de John Owen sobre «la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros» (2 Tesalonicenses 3:16-18) es apropiado: «En efecto, Él hace que estos dos, “la gracia sea con vosotros” y “nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros” sean expresiones equivalentes» (Communion with the Triune God, [Comunión con el Dios Trino], 143).

Esta perspectiva fue parte de la revolución teológica que tuvo lugar durante la Reforma. En la teología medieval antigua, el sacerdote administra «la gracia» de manera sacramental. Era «infundida» en el bautismo y se cooperaba con ella a lo largo de la vida. Por el contrario, especialmente la teología de Calvino, colocó la aplicación de la redención donde pertenecía desde el inicio: en las manos del Espíritu Santo. Él no tiene parte en la distribución de una sustancia sino en la glorificación de una Persona.

De esta manera, el Espíritu glorifica a Cristo en nosotros y obra sobre y en nosotros de tal manera que nos es irresistible. En ese punto nos damos cuenta de que no podemos hacer otra cosa más que confiar en Él. Pues confiar en otro no es en última instancia un simple acto de la voluntad; viene a existir en nosotros por la confiabilidad del objeto. Nosotros que resistimos a Cristo, ahora nos damos cuenta de que lo queremos—sin duda, debemos tenerlo. Toda nuestra oposición es vencida por Aquel Lleno de Gracia. La elección es hecha para nosotros al mismo tiempo que es hecha por nosotros.

En la literatura moderna probablemente no existe otro testimonio más famoso que el de C. S. Lewis en Cautivado por la alegría—mucho más sorprendente ya que él no se hubiera descrito a sí mismo como «calvinista»:

Debes imaginarme solo, en aquella habitación del Magdalen, noche tras noche, sintiendo, cada vez que mi mente se apartaba por un momento del trabajo, el acercamiento continuo, inexorable, de Aquel con quien tan encarecidamente no deseaba encontrarme. Aquel a quien temía tan profundamente cayó al final sobre mí. Hacia la festividad de la Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, oré: quizá era, aquella noche, el converso más desalentado y reacio de toda Inglaterra… Las palabras

compelle intrare, fuérzalos a entrar, han sido tan abusadas por hombres impíos que temblamos ante ellas; sin embargo, bien comprendidas, sondean la profundidad de la misericordia divina. La dureza de Dios es más tierna que la dulzura de los hombres, y su coacción es nuestra liberación. (Capítulo XIV)

El espíritu irresistible de Cristo

«El misterio es la vida de los dogmáticos» escribió una vez Herman Bavinck (Reformed Dogmatics [Dogmáticas Reformadas], 2:29). No afirmamos ser capaces de explicar cómo el Espíritu obra de tal manera que es soberanamente irresistible y no obstante, venimos a Él libremente. El viento sopla donde quiere; vemos la evidencia de su presencia. Así es con todo el que nace del Espíritu (Juan 3:8).

Al concluir este artículo, me encuentro inesperadamente recordando al joven de 14 años con el cual inició. Posteriormente a su experiencia de «la gracia irresistible», él escribió y a menudo cantó las palabras del pastor y poeta ciego George Matheson, de origen Escocés:

Hazme cautivo, Señor

Y entonces seré libre;

Oblígame a rendir mi espada,

Y conquistador seré…

Mi corazón es débil y pobre

Hasta que encuentre un amo;

No tiene un curso de acción firme—

Varía con el viento.

No puede moverse libremente,

Hasta que traigas su cadena;

Esclavízalo con tu amor incomparable,

Y entonces reinará inmortal.

Mi voluntad no me pertenece

Hasta que la hagas Tuya.

Si va a llegar al trono de un monarca

Debe renunciar a su corona;

Únicamente permanece en pie

En medio de la batalla fiera,
Cuando se ha inclinado en tu regazo,
Y ha hallado su vida en Ti.

Esta es la obra del Espíritu invencible. Dominados, vamos a Él libremente, aun si el sendero hacia esa libertad es un difícil camino de renuencia y resistencia. Pues no es «la gracia resistible» la que vence nuestra resistencia; tampoco «la gracia cooperante» es capaz de someternos. Únicamente el Espíritu invencible que glorifica a Cristo puede llevarnos a confiar en Él.

Por mi parte, no puedo imaginar cómo alguna vez habría venido a la fe sin «la gracia irresistible»—es decir, sin el irresistible Espíritu de Cristo.