¿En qué te basas para que Dios te acepte? En el Antiguo Testamento, Dios instituyó un sistema de adoración a través del cual la gente podía acercársele. Central a este sistema era el ritual de sacrificios. El adorador israelita debía acercase a Dios con un animal que había escogido de los de su casa (Lev. 1:1-2).

El animal tenía que ser “sin defecto” (Lev.1:3). Un término usualmente usado en el Antiguo Testamento para describir el prerrequisito de estar en la presencia de Dios (Sal. 15:2). La idea era clara, el animal inocente debía ser un sustituto del adorador. A través del animal, el adorador ascendía a Dios, de manera simbólica, en el humo que se elevaba al quemar el cuerpo, un grato aroma al Señor (Lev.1:8-9).

¿Cómo sabemos si el adorador estaba identificado con el animal? Durante la ceremonia ritual, en un momento específico, el adorador pondría sus manos sobre la cabeza del animal: “Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya.” (Lev. 1:4).

La palabra hebrea “poner” significa más bien apoyarse (no solo un toque suave). El adorador presionaba sobre el animal, apoyándose de la misma manera que un hombre viejo se apoya sobre su bastón. El adorador estaba diciendo, “yo, el imperfecto, el pecador, me acerco a Dios apoyándome sobre este sacrificio sin defecto.

Cada vez que un israelita traía una ofrenda para holocausto, eran recordados de que Dios requiere perfección. Tenían que inspeccionar el animal de su rebaño antes de traerlo al sacerdote, asegurándose que cumpliría con los criterios para ser un sacrificio. Los sacerdotes también debían estar seguros que el animal era adecuado, y si no lo hacían, Dios los castigaría (Mal. 1:7).

¡Imagínate lo estresante de esta tarea! Cuando la inspección estaba completa, el adorador israelita se podía acercar a Dios por medio del animal sin defecto, y la expiación sería hecha a su favor.

Nuestro acercamiento a Dios en la actualidad se ve muy diferente, pero todavía está enraizado en el ritual de sacrificios. Nosotros no ofrecemos toros o cabras en un altar para que podamos acercarnos a Dios, pero eso es debido a que tenemos un mejor sacrificio que ya ha sido ofrecido.

Dos mil años atrás, Jesús se ofreció a Sí mismo como un “holocausto” y aroma grato en nuestro lugar (Ef. 5:2). El Cordero sin defecto nos purificó con Su sangre (1 Ped. 1:18-19). Así como el israelita se apoyaba sobre el cordero a la entrada del tabernáculo, dependiendo de éste; así nosotros nos apoyamos en Jesús, sosteniéndonos con la mano de la fe presionando hacia abajo Su frente ensangrentada.

A lo largo de toda la Biblia, es como si Dios nos dijera, “No puedes hacerlo en tus propias fuerzas.” No somos sin defecto delante de Dios, así que Dios nos da un Sustituto sin defecto. El cordero en el Antiguo Testamento anticipaba el Cordero en el Nuevo Testamento, quien a través de un sacrificio puso fin a todos los sacrificios por el pecado que decían, “apóyate en mí.” Cuando nos acercamos a Dios el Padre hoy, venimos con las manos fuertemente apoyándose en Jesús, y por medio de Su vida perfecta, ascendemos aceptados a la presencia de  Dios.

¿En qué descansas para tener paz con Dios? Muchos de nosotros estamos apoyándonos en nosotros mismos. Presionamos fuerte dentro de nosotros mimos y encontramos que mientras más cavamos, más descubrimos los pecados que nos impiden acceder a Dios.

Así que mientras dependamos en algo más que Jesús, estaremos siendo confrontados por todas las razones por las que Dios no debería aceptarnos. Dios llama a cada uno de nosotros a dejar de depender en nosotros mismos, y a apoyarnos en Jesús, el Cordero perfecto que hizo expiación por nosotros. Porque Dios aceptó a Cristo como sacrificio en nuestro lugar, te acepta a ti también cuando te acercas a Él. Ve a Él hoy, confiado que te recibirá —imperfecto como puedas ser— porque tienes un Sustituto perfecto. Y no solo un Sustituto perfecto, también un Sacerdote perfecto:

Teniendo, pues, un gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna.

Hebreos 4:14-16