En 1989, el mundo publicitario conoció a un nuevo ícono en la forma de un conejito rosado y peludo que tocaba un tambor. El conejito de Energizer, con sus sandalias azules y sus gafas de sol, marchaba por las pantallas de televisión y las vallas publicitarias acompañado por el eslogan: “Energía que sigue… y sigue… y sigue…” como evidencia de la energía duradera que podemos esperar de una batería Energizer. La campaña fue tan exitosa en aquella época que la expresión “conejito de Energizer” pasó a formar parte de nuestro vocabulario para describir a alguien o algo que pareciera tener energía propia e ilimitada.

El conejito de Energizer se aprovechó de ese deseo generalizado que los humanos han tenido por siglos de diseñar una máquina alimentada por una fuente inagotable de energía, una que nunca haya que recargar ni reemplazar. Aunque tuvo predecesores más antiguos, el primer diseño registrado de una máquina de movimiento perpetuo se remonta al siglo XII en la India. Era una rueda que pretendía permanecer en movimiento indefinidamente una vez que se iniciaba. Le siguieron muchos otros diseños, y la mayoría eran ruedas de algún tipo con contrapesos. Algunas fueron diseñadas para llevar a cabo tareas específicas (como mover agua), y otras solo con el propósito de explorar la idea del movimiento perpetuo.

Desde los tiempos de esos primeros diseños se reconocía la probabilidad de que las leyes de la física impidieran que existiera tal invento, pero hoy en día seguimos fascinados con la idea de una máquina que sea autosuficiente; siendo “máquinas” humanas que siempre necesitan el combustible del sueño, el agua, la comida, el aire, el descanso —sin mencionar un sinnúmero de necesidades relacionales y espirituales— la idea de que pudiera existir una manera de liberarnos al menos de algunas de estas necesidades permanentes es, sin duda, una idea seductora. Por ejemplo, la obsesión actual de nuestra cultura con las bebidas que contienen cafeína evidencia nuestro deseo de ser criaturas que no necesiten dormir.

Sin necesidades, pero amoroso

A diferencia del conejito de Energizer, las personas no tenemos que seguir… y seguir… y seguir… y seguir. Solo Dios puede hacer eso. Solo Dios es autosuficiente. Nuestro Dios es un Dios que no tiene necesidades. Lo que pretende ser el conejito de Energizer, lo que aspira ser la rueda del movimiento perpetuo, Dios ya lo es: una fuente autónoma de sustento perpetuo y perfecto.

“El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él es Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos construidos por hombres, ni se deja servir por manos humanas, como si necesitara de algo. Por el contrario, Él es quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas (Hch 17:24-25)”.

Él creó y sustenta todas las cosas, pero no fue creado ni es sustentado por nadie. Por toda la eternidad ha provisto perfectamente para Sí mismo sin necesidad de ayuda alguna; nunca tiene hambre ni sed, nunca le ha faltado nada, y su fuerza es inagotable. Como creó todas las cosas, nada de lo que ha creado podría ser necesario para Su existencia. Si así fuera, entonces habría existido desde la eternidad, al igual que Él. Nuestro Dios es autosuficiente, no necesita de nadie ni de nada, pero todo lo creado necesita de Él.

No es el caso nuestro.

Esto es nuevo para algunas de nosotras, pues nos enseñaron a creer que Dios creó a las personas porque necesitaba amor o compañía. Nos gusta pensar que Su intención al crearnos fue llenar un vacío con forma humana en un corazón trascendente. Sin embargo, no hay vacíos en Su ser; no hay espacios que deba llenar para estar completo. Él ya está completo, pues la comunión y el amor dentro de la Trinidad son eternos y perfectos. El Padre siempre ha amado al Hijo, quien siempre ha amado al Espíritu, quien siempre ha amado al Padre. La Trinidad no fue impulsada a crearnos por falta de amor o compañía. Nos creó con alegría y nos ama infinitamente, pero no nos necesita.

La Escritura nunca lo presenta como alguien que nos necesita. Imaginémonos que Dios hubiera saludado a Abram en Ur diciéndole: “Abram, conocerte le dio sentido a mi vida. Ahora estoy completo”. Imaginémonos que Dios le hubiera dicho a Moisés desde la zarza ardiente: “Moisés, eres un líder talentoso, sabio y compasivo. Sin ti estaría perdido. Eres mi otra mitad”. Esta clase de sentimienTos suenan bien en las comedias románticas y en las tarjetas de aniversario, pero no tienen nada que ver con la forma en que Dios se relaciona con nosotros. Son puramente humanas en su expresión. Dios nunca ha declarado que nos necesita y nunca lo hará. Nosotras debemos decir: “Te necesito en todo momento”. Él es quien puede decir: “YO SOY”.

Lo necesitamos en todo momento, pero Él nunca nos necesita. No nos necesita para vivir, ni para recibir amor o adoración, ni para que le demos gloria, y tampoco para darle razón a Su existencia. Él siempre ha tenido todo lo que necesita en Sí mismo.

Estas son las mejores noticias que podríamos escuchar, porque si Dios nos necesitara de alguna manera, sin duda lo decepcionaríamos. Quizás no de inmediato, pero sí con el tiempo. Incluso las más fieles entre nosotras pecan más de lo que quisieran admitir. Gracias a Dios que Sus planes no dependen de mi fidelidad, que Su gozo no depende de mi buen comportamiento, y que Su gloria no depende de mi desempeño. Voy dando tropezones mientras me enfoco en mis propios planes y metas, deteniéndome de vez en cuando para darle la reverencia que Él siempre merece. Mi rendimiento no lo perturba ni le hace daño. Se complace en ser glorificado, ya sea a través de mí o a pesar de mí, pero no me necesita en lo más mínimo. Y aun así me ama, profunda y eternamente, por ninguna otra razón que “el buen propósito de Su voluntad” (Ef 1:3-6).

Una necesidad es un límite

Si Dios necesitara de algo fuera de Sí mismo, podría ser controlado por esa necesidad. Una necesidad es un límite y, como hemos visto, Dios no tiene límites. Como no necesita nada fuera de Sí mismo, no puede ser controlado, coaccionado, manipulado ni chantajeado por otro que poseyera lo que le faltara.

Estas son buenas noticias para nosotras.

Los humanos conocemos muy bien la relación entre la necesidad y el control. Piensa en el hambre, por ejemplo. ¿Qué sucede cuando estás realmente hambrienta en un estadio o en un parque de diversiones? De repente estás dispuesta a pagar un dineral por un plato de nachos y un refresco. ¿Por qué? Porque el encargado del parque sabe que tu nivel de necesidad influirá sobre las decisiones que tomes, y que no tienes otras opciones de comida. Cuanto más hambrienta estés, más vas a pagar a los vendedores de comida. Nuestras necesidades influyen sobre nuestras decisiones. Una necesidad de dinero puede influenciarnos a robar. Una necesidad de intimidad puede influenciarnos a tener una aventura amorosa. Una necesidad de atención puede influenciarnos a hablar en cierto tono o a vestirnos con cierto estilo. Cuanto mayor sea nuestra necesidad, mayores serán las posibilidades de ser coaccionadas o convencidas para que paguemos un precio muy alto para satisfacerla. Solo pregúntale a un adicto. Nuestras necesidades nos debilitan frente a las tentaciones.

Por eso cuando Santiago 1:13 nos dice que Dios no puede ser tentado, podemos creerlo. No hay incentivo que podamos ofrecerle al Altísimo. ¿Qué posibilidad habría de tentar a Aquel cuyas necesidades y deseos están completamente satisfechos en Sí mismo? Gracias a Dios, ningún humano posee algo que Dios necesite, así que no hay nada con lo cual coaccionarlo o manipularlo.

Este artículo fue extraído del libro Nadie como Él publicado por Poiema Publicaciones. Además, puedes leer más artículos sobre este tipo de libros en El Blog de Poiema.