Al ver la publicidad de artículos navideños, mis hijos comenzaron a pedirme que decorara la casa. A ellos (como a todos los niños) les encantan las luces y les gusta decorar el árbol conmigo; pero después de seis meses de confinamiento y tres más con restricciones de movilidad en mi país, me parecía mentira que ya habíamos llegado a noviembre.  

Empecé a pensar en cómo había sido este año, e hice un recuento de los daños: una pandemia mundial quebró la economía. En mi ciudad, como muchas en el mundo, hay decenas de negocios cerrados y mucha mendicidad; familias completas en los semáforos pidiendo dinero para comer, padres afuera de los supermercados rogando por alguna donación para sus hijos, además de que la delincuencia no ha parado y parece que aumenta.  

Sumado a lo anterior, dos fenómenos naturales seguidos inundaron y provocaron derrumbes en muchos lugares de mi país, Honduras. Aún hay luto por los muertos encontrados y desaparecidos, niños sin madre, padres sin hijos, patrimonios de toda una vida perdidos en 5 minutos bajo el agua o el lodo. Parece que la desgracia se puso de acuerdo con la tragedia y nos vinieron a visitar este 2020. 

Pensando en todo esto, lo que menos tenía era ánimo de poner luces de colores por toda mi casa; mi alma estaba abatida y yo quería continuar así, llorando, quejándome, renegando e incluso enojada con cualquiera que pensara responsable de tanto dolor. Pero mis hijos insistían, así que, obligada me dispuse a cambiar la imagen de mi casa y darle un aire navideño. 

En la medida en que me concentraba en decorar con colores y brillos, comencé a meditar en las misericordias de Dios, recordé que Él es Soberano y que realmente no tenía sentido estar triste o molesta de por vida por algo que mi amoroso Dios en su soberanía ha permitido.  

El que forma la luz y crea las tinieblas, el que causa bienestar y crea calamidades, yo soy el Señor, el que hace todo esto. Destilad, oh cielos, desde lo alto, y derramen justicia las nubes; ábrase la tierra y dé fruto la salvación, y brote la justicia con ella. Yo, el Señor, todo lo he creado. ¡Ay del que contiende con su Hacedor, el tiesto entre los tiestos de tierra! ¿Dirá el barro al alfarero: «Qué haces»? ¿O tu obra dirá: «Él no tiene manos»?” (Is. 45:7-9) 

Para nada me consuelo pensando en que hay gente en peor situación que yo, El Señor es mi testigo de que me siento indigna y estoy segura que solo su gracia inmerecida me tiene en donde estoy. Tal vez mi casa no se inundó y mi familia está sana, no porque lo merezca, simplemente a mi Señor le plació. 

Considero que es en tiempos como estos donde el evangelio de la prosperidad se ve en aprietos para sostener sus argumentos de la vida buena aquí y ahora, pues este año hemos sabido de tantos hijos e hijas de Dios que han padecido por enfermedades, muerte, desempleo o calamidad y eso no significa que Dios no los ame o que los esté castigando necesariamente. 

Jesús nos advirtió en SPalabra que en el mundo tendríamos aflicciones (Jn. 16:33), este mundo caído, corrompido por el pecado y la maldad; el mundo donde Cristo nos dejó rogando al Padre que nos guardara del mal (Jn. 17:15), pero el mal no necesariamente es lo que nosotros en nuestra corta visión creemos malo, pues Dios usa para bien todas las cosas que suceden a sus hijos. 

Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito” (Rom. 8:28). 

Este día en mi corazón he decidido alabar a Dios, no pretendo enseñarte ni darte lecciones, solo quiero publicar mi alabanza y agradecimiento a Dios por un año en el que he deseado más que nunca su venida. Y sé que si hago un recuento de las bendiciones este artículo sería muy largo, pero trataré de ser breve:  

Este 2020 he aprendido a esperar verdaderamente en Dios cuando he tenido problemas que solucionar, pero no me es permitido salir de mi casa o entrar a ciertos lugares; he comprendido la importancia de ahorrar para tiempos malos, pero he valorado más la bendición de poder compartir lo que tengo sin pensar en que me queda poco.  

He agradecido lo que tengo, pero sin aferrarme al ver que las cosas materiales se pueden perder en un instante; no obstante, si hay vida, podemos continuar. He entendido que el mañana no es mío, pues talvez dejé para mañana la visita a un buen amigo que jamás volveré a ver. 

He visto la hermosura de la familia de la fe, que han estado pendientes de nuestras necesidades y listos para apoyar con oraciones, palabras de aliento e incluso provisiones. He valorado y amado la libertad de congregarme con mis hermanos al tener que alabar juntos a través de una pantalla.  

He aceptado con amor la responsabilidad de cuidar a mi prójimo al tener que usar una mascarilla que a veces me asfixia, al detenerme de dar un abrazo o un beso a un ser querido aunque lo desee mucho, y también, he dejado de idolatrar mi vida al decidir exponerme para ayudar o recibir a alguien en mi casa que no se si pudiera estar enfermo, pues entendí que la muerte es solo una puerta que al cruzar me llevará con mi amado Salvador.   

Estas y muchas más son lecciones de vida, bendiciones que atesoraré y espero jamás olvidar. Hoy puedo decir con un corazón contento y agradecido que pueden venir más pandemias y más huracanes y más dificultades, pero Dios ha sido, es y seguirá siendo bueno. 

Como el salmista David declara en el salmo 23, aunque nos ha tocado pasar por valle de sombra y de muerte, El Señor ha estado con nosotros y su bien y su misericordia nos seguirán aquí y en la eternidad. 

¡Gracias Señor porque en medio de tanta dificultad y dolor, tú te has hecho sentir tan presente, nada nos ha faltado y tu diestra nos ha sostenido! Amén.