En las dos últimas décadas se ha producido un aumento sin precedentes del uso de la pornografía y un descenso del estigma social que la acompaña. La pornografía ha pasado de ser escandalosa a ser humorística, de aberrante a mundana. Hoy en día, es raro el joven (o la joven) que por lo menos no haya incursionado superficialmente en ella. Para un número cada vez mayor de personas, se ha convertido en algo que está presente en todos lados, en algo habitual, y a menudo es el primer y principal medio a través del cual exploran y expresan su sexualidad.

Aunque hay muchas inquietudes válidas en relación con el aumento de la pornografía, Carl Trueman adopta un enfoque único en su libro El origen y el triunfo del ego moderno. En un capítulo dedicado a explorar el auge de lo erótico en la sociedad occidental, el autor muestra que la pornografía implica un desprendimiento. Parte de su desviación se encuentra en la forma en que separa el sexo de cuatro cosas diferentes.

La pornografía separa el sexo de un encuentro físico real. Aunque Dios diseñó el sexo para que implicara la unión física de dos cuerpos, la pornografía elimina por completo el aspecto físico. Mientras que el sexo es un acontecimiento físico en el que parcticipan dos personas, la pornografía es un acto incorpóreo en que uno es simplemente un espectador. De este modo, convierte el placer sexual en un asunto privado y personal que, a su vez, lo trivializa como una forma de entretenimiento. La pornografía hace que el sexo se trate del «yo», del placer personal y de la satisfacción personal que no tiene ninguna relación con el placer o la satisfacción de otra persona. «Si la libertad y la felicidad se personifican en la satisfacción sexual, entonces la pornografía se convierte en un medio de liberación y realización, quizás el más obvio y, sin duda, el más fácil y menos costoso a nivel personal». Lo más obvio de la pornografía, el hecho que no implica un verdadero encuentro físico para quienes la ven, tiene un significado profundo.

La pornografía desvincula el sexo de una narrativa personal. El sexo fue creado para estar vinculado a la relación de un marido y una mujer. La unión sexual es parte de la narrativa de cualquier pareja, parte del desarrollo de la historia de sus vidas y de su relación. Parte de lo que nos inhibe en nuestra sexualidad es el hecho de que tenemos un futuro con esa persona y no queremos arriesgar ese futuro con un comportamiento aberrante. Trueman afirma: «Los momentos sexuales entre un marido y una mujer no encuentran su significado más profundo en el placer personal del momento, sino en la manera en que estos encuentros están destinados a fortalecer y reforzar la relación única que existe entre la pareja, una relación moldeada por un pasado y un presente común y abierta a un futuro compartido». La pornografía, sin embargo, se enfoca solo en el momento, sin referencia al pasado ni al futuro. Entrena a las personas para que consideren cada encuentro sexual como un acto aislado en el que la relación futura carece de sentido.

La pornografía desvincula el sexo de las consecuencias futuras. La persona que ve pornografía experimenta una sexualidad libre de las consecuencias positivas o negativas que pueden derivarse de los encuentros sexuales reales. Se libera de las consecuencias necesarias porque no hay una experiencia física real. La pornografía separa completamente el sexo del futuro y, por lo tanto, no implica casi ningún riesgo. No hay que preocuparse por el apego o el embarazo, no hay que temer que te atrapen por hacer algo ilegal. «No se le exige nada y no da nada a cambio». Es la forma más perezosa y vacía de sexualidad.

La pornografía desvincula el sexo de cualquier contexto ético. «La ética es una función de la narrativa, una función de las relaciones, una función del contexto y las consecuencias y, como todas estas cosas están ausentes en el consumo de pornografía, el mensaje constante que se proyecta es que el sexo en sí mismo no tiene un contexto ético ni un contenido moral intrínseco». Alguien puede determinar que algunas formas específicas de pornografía han sido creadas de manera poco ética (como cuando involucran a menores de edad o a participantes involuntarios), pero no se considera que su sola existencia y su uso tengan algún significado ético. Para mucha gente hoy en día, la ética de la pornografía no va más allá de la ética involucrada en sus orígenes. La pornografía en sí misma no es más que un concepto, un conjunto de contenidos amorales, que pueden ser utilizados o no al antojo del individuo.

En muchos sentidos, la pornografía encapsula el espíritu de la época en lo que respecta a la sexualidad. «Si la pornografía funciona para ti, si promueve esa sensación de bienestar interior que es el imperativo moral básico de la era terapéutica, mientras nadie haya sido dañado en su producción, …entonces todo está bien». Esto resume lo que es la revolución sexual ya que «presenta el sexo como un acto meramente físico y placentero que está divorciado de cualquier significado relacional profundo». Pero a través de los ojos del cristianismo vemos que la pornografía produce la más alta consecuencia social, que conlleva el mayor daño relacional, debido a todo lo que desvincula de un acto que Dios creó para ser de la más alta trascendencia.

Este artículo se publicó originalmente en Challies.

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Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.