Nota editorial: Este es el séptimo artículo de la serie devocional titulada: Amor hasta el extremo del pastor John Piper, publicada también en inglés.

“Por lo cual Él [Jesús] también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos”. (Hebreos 7:25)

La gran pasión del escritor de Hebreos es que “nos acerquemos” a Dios (Hebreos 4:16; 7:25; 10:22; 11:6). Acércate a su trono para encontrar la ayuda que necesitas. Acércate a Él, confiando en que nos recompensará con todo lo que ha prometido darnos en Jesús. Y esto es, claramente, lo que quiere decir en Hebreos 10:22, porque el versículo 19 dice que tenemos confianza “para entrar en el Lugar Santísimo”, es decir, en el nuevo “Lugar Santísimo” celestial, como esa sala interior del antiguo tabernáculo del Antiguo Testamento, donde el sumo sacerdote se encontraba con Dios una vez al año, y donde su gloria descendía sobre el arca de la alianza.

Así que el único mandato, la única exhortación que se nos da en Hebreos 10:19-22 es acercarnos a Dios. El gran objetivo de este escritor es que nos acerquemos a Dios, que tengamos comunión con Él, que no nos conformemos con una vida cristiana a distancia de Dios, que Dios no sea un pensamiento lejano, sino una realidad cercana y presente, que experimentemos lo que los antiguos puritanos llamaban “comunión con Dios”.

Este acercamiento no es un acto físico. No es construir una torre de Babel, por medio de nuestros logros, para llegar al cielo. No es necesariamente entrar en el edificio de la iglesia, o caminar hacia un altar al frente. Es un acto invisible del corazón. Puedes hacerlo mientras estás absolutamente quieto, mientras estás acostado en una cama de hospital, o mientras estás sentado en un banco escuchando un sermón.

Acercarse no es moverse de un lugar a otro. Es dirigir el corazón a la presencia de Dios, que está tan distante como el lugar santísimo en el cielo, pero tan cerca como la puerta de la fe. Él nos manda venir, acercarnos a Él, vincularnos a Él.

El centro del Evangelio

De hecho, este es el centro de todo el evangelio del Nuevo Testamento, ¿no es así? Que Cristo vino al mundo para hacer un camino para que nos acerquemos a Dios sin ser consumidos en nuestro pecado por su santidad.

  • “Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).
  • “Porque por medio de Él [Jesús] los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre por un mismo Espíritu” (Efesios 2:18). 
  • “También nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación.” (Romanos 5:11).

Este es el centro del Evangelio, de lo que tratan el Huerto de Getsemaní y el Viernes Santo: que Dios ha hecho cosas sorprendentes y costosas para acercarnos a Él. Ha enviado a su Hijo a sufrir y a morir para que, a través de Él, podamos acercarnos. Todo es para que podamos estar cerca. Y todo es para nuestra alegría y su gloria.

Él no nos necesita. Si nos alejamos no se empobrece. No nos necesita para ser feliz en la comunión de la Trinidad. Pero engrandece su misericordia dándonos libre acceso por medio de su Hijo, a pesar de nuestro pecado, a la única realidad que puede satisfacernos completamente y para siempre, es decir, a Él mismo. “Me darás a conocer la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre” (Salmos 16:11).