Desde quien creo que soy hasta lo que creo sobre la vida y el universo, mis creencias son construidas socialmente. Esto no significa que no tomo decisiones independientemente. Simplemente significa que el contexto social en el que vivo determina grandemente el rango de opciones de las que escogeré. Aún más, la cultura recompensa algunas opciones y penaliza otras con su aprobación o desaprobación. Algunas veces la recompensa es financiera. Pero aún más fuerte que la recompensa material es la recompensa social, intelectual y emocional de ser considerado normal, saludable o un miembro bien ajustado de la sociedad. Somos seres sociales, por lo que queremos ser incluidos en el grupo.

Y esto significa que, sin importar los méritos objetivos de una idea, algunas ideas parecerán más creíbles o atractivas que otras. Es difícil creer algo cuando todas las personas que conocemos opinan que es una locura. Por otro lado, es mucho más fácil creer algo cuando todos los que conocemos opinan que es obviamente cierto. No somos islas en el mar; somos un grupo de peces en el mar y simplemente hace sentido seguir la corriente.

La iglesia dice: «no es tan alocado como piensas»

¿Qué pasa cuando aplicamos estas ideas básicas a la iglesia local y su tarea de evangelizar? De repente, te das cuenta de que la iglesia local es mucho más que una estación de predicación o un lugar de actividades de evangelización. Y puedes ver que la tarea de evangelizar no está restringida a los profesionales en el personal de la iglesia.

Por el contrario, la comunidad completa se convierte en un elemento crucial de la proclamación del evangelio. Esa comunidad se convierte en la alternativa más razonable ante la incredulidad. Se convierte en una subcultura que demuestra lo que es vivir para amar y seguir a Jesús y, por lo tanto, amar y servirse los unos a los otros. Y todo esto sucede mientras los miembros de la iglesia viven esa vida juntos. Desde las reuniones públicas hasta los grupos pequeños de estudio bíblico; desde las reuniones informales alrededor de la mesa durante la cena hasta los eventos puramente sociales; la vida juntos no tan solo refuerza la creencia compartida, sino que también le comunica a los no creyentes en el mundo que los ven: «Esto no es tan alocado como piensas, y si das el paso de no creer a creer, no estarás sólo».

En otras palabras, la iglesia se convierte en una estructura de fe admirable. ¿Tiene sentido?

Un paso más allá: pertenecer antes de creer

Sin embargo, en las últimas décadas muchas iglesias han tomado esta idea un paso más allá. Si ver una alternativa admirable desde afuera puede ayudar a alguien a moverse de no creer a creer, ¿no sería aún mejor que lo puedan ver desde adentro? Si queremos recomendar el evangelio a los no cristianos, entonces ¿qué puede ser más efectivo que invitarlos a entrar, dejarlos probar el evangelio antes de que se comprometan o crean algo? Si la comunidad es la herramienta más fuerte que tenemos, entonces dejemos a las personas entrar, no como unos observadores desde afuera, sino como unos participantes —cautelosos— de nuestra vida corporativa.

¿Cuál sería el resultado? Los «no creyentes» ahora son considerados como «buscadores». Se convierten en compañeros de viaje en la jornada junto a nosotros, solo en una etapa diferente.

Prácticamente, esto significa permitirle a no creyentes unirse a todo, desde el grupo de adoración hasta el ministerio de tutoría después de la escuela; desde ser ujieres hasta coordinar el transporte de los adultos mayores. Todos están incluidos; todos pertenecen, sin importar sus creencias. La idea es que antes de que se den cuenta, no tan solo sentirán que pertenecen, sino también creerán a lo que pertenecen, porque el pertenecer a hecho el creer razonable.

¿Por qué no dejarlos pertenecer antes de que crean? — Tres razones

El dejar al no creyente pertenecer a la iglesia antes de creer es una idea atractiva. Parece ser una idea efectiva, pero también es una mala idea. Aquí las tres razones del por qué.

Confunde a los cristianos

Primero, confunde a los cristianos. Pastoreo una iglesia que por años practicaba esta idea de manera informal. El resultado fue una colección de participantes —algunos miembros formales, otros no— que decían ser cristianos. El problema es que algunos son celosos y comprometidos, otros parecen estar más interesados en ser entretenidos, mientras que otros ni se molestan en contribuir en lo absoluto. Pero como todos pertenecen a la familia, como todos son llamados seguidores de Jesús, tenemos que buscar otras explicaciones para las diferencias: «él está muy ocupado», «la música no es lo de ella», «sus amigos ya no están aquí». Y tenemos que establecer nuevas categorías como «cristiano comprometido», «cristiano serio» y «cristiano sacrificado» para poder distinguir entre el «cristiano ordinario» y el «casi cristiano».

Ciertamente, debemos esperar un rango de madurez espiritual en la iglesia, y los cristianos pecan. Pero ¿que realmente significa ser un cristiano en este contexto? Y ¿qué hacemos con las extremas declaraciones que hiciera Jesús como, «Pues mi hermano, mi hermana y mi madre son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt. 12:50), o «y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí» (Mt. 10:38)? Jesús habló acerca de seguirlo como un radical que rompe con su pasada manera de vivir. Pero cuando deliberadamente difuminamos la línea que los separa, confundimos a los cristianos sobre lo que significa ser un seguidor de Jesús.

Confunde a los no cristianos

Segundo, pertenecer antes de creer confunde a los no cristianos. No poco después de haber llegado a mi iglesia, recibimos una llamada anónima en la oficina para informarnos que uno de los líderes estaba «viviendo en pecado» en el sentido tradicional de la frase. Cuando investigamos, resultó que era cierto. En un sentido, ese no era el mayor problema. Nuevamente, los cristianos caen en pecado, incluso en pecados graves.

El verdadero problema, desde el punto de vista pastoral, vino a la luz cuando esta persona fue confrontada. La respuesta fue impactante: «Yo no me comprometí con eso. Si desde el principio hubiese sabido que esto era lo que pasaría nunca me hubiese unido». Irónicamente, puedes tener una cultura de pertenecer antes de creer y aun así tener una membresía formal, como teníamos nosotros.

Aparentemente, para este individuo, ser cristiano no se trataba de obedecer a Jesús. Y el evangelio no era sobre el arrepentimiento y la fe. Más bien, era acerca de pertenecer a nuestra familia, ser aceptado y tener la oportunidad de expresar sus talentos e intereses. Rendir cuentas definitivamente no entraba en la ecuación, y tampoco el compromiso. Antes de que pudiéramos hablar sobre esto, el líder ya se había ido.

Cuando nunca le decimos a los no cristianos que son no cristianos, pero en vez de eso le enseñamos a pensar de sí mismos como «compañeros de viaje», «buscadores» o «personas en diferentes etapas del camino», es fácil para ellos confundirse sobre lo que realmente significa ser cristiano, y lo que implica creer en el evangelio. El deseo de pertenecer a una maravillosa familia de personas puede fácilmente dirigir a alguien a unirse a la comunidad de Jesús, pero nunca unirse al mandamiento de Jesús de arrepentirse y creer.

Fundamentalmente redefine a la iglesia local

Tercero, pertenecer antes de creer fundamentalmente redefine la iglesia local. La iglesia local es una comunidad y, al final del día, una comunidad es definida, no por sus documentos, edificios o programas, sino por su gente; una gente que sus vidas participan en crear nuevas realidades de amor y santidad, por lo tanto, creando una estructura admirable.

Esto fue lo que Jesús enseñó: «De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros» (Jn. 13:35).

Esto fue lo que Pablo enseñó: «¿No se dan cuenta de que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Desháganse de la vieja levadura para que sean masa nueva, panes sin levadura, como lo son en realidad. Porque Cristo, nuestro Cordero pascual, ya ha sido sacrificado» (1 Co. 5:6-7). Y también: «No formen yunta con los incrédulos. ¿Qué tienen en común la justicia y la maldad? ¿O qué comunión puede tener la luz con la oscuridad?» (2 Co. 6:14).

Esto fue lo que Pedro enseñó: «Mantengan entre los incrédulos una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de la salvación» (1 P. 2:12). Esto fue lo que Juan enseñó: «De este modo sabemos que estamos unidos a Él: el que afirma que permanece en Él debe vivir como Él vivió» (1 Jn. 2:5-6).

De acuerdo al Nuevo Testamento, este es el poder del testimonio que la iglesia da de Cristo. Cuando el mundo mira a la iglesia, claro que ve pecadores. Pero esto no es todo lo que ve. Ve pecadores cuyas vidas están siendo radicalmente transformadas por las buenas nuevas del evangelio. Ve pecadores cuyo amor el uno por el otro no puede ser explicado de otra manera que no sea por la muerte y resurrección de Jesucristo. Ve pecadores que no tan solo se aman uno al otro, sino que aman también a Dios por medio de Jesucristo, y cuyas vidas demuestran ese amor en santidad y verdad.

Para regresar a donde comenzamos, la iglesia puede ser una estructura de fe admirable solo si consiste de gente que tiene fe.

Todo esto cambia cuando la iglesia se convierte en la comunidad de aquellos que meramente andan en la misma jornada. Para muchos, el resultado de esta jornada no está claro ni es certero. Para otros se ha detenido antes de llegar al destino final. Para algunos, la meta de la salvación ha sido alcanzada. Pero la comunidad en sí misma no es un testigo de la verdad de Jesucristo y de su evangelio. No puede serlo si puedes pertenecer antes de creer.

Por el contrario, la comunidad es simplemente un testigo a sí mismos, de su calor humano y su inclusividad. Pero en realidad, ¿qué es tan único y persuasivo de esto? Hay muchas comunidades cálidas y abiertas, hasta subculturas, dentro de la ciudad donde vivo. Pero ellos no dan testimonio de Jesús. Sólo la iglesia local puede hacer esto. Aun así, la iglesia solo puede hacer esto si crees para poder pertenecer.

En conclusión, la filosofía de pertenecer antes de creer fundamentalmente redefine la iglesia, lo cual a largo plazo debilita el poder de la iglesia de ser testigos.

Una mejor idea

Pertenecer antes de creer es una mala idea. Una mejor idea es lo que Jesús describió en Juan 13: una comunidad que profundamente cree el evangelio para que sus vidas estén marcadas por el amor unos por otros. Una comunidad tal, dijo Él, provocará en los que están fuera no tan solo el reconocer que están fuera, sino el deseo de querer entrar.

La imagen que viene a mi mente es la de una panadería en un día frio y de nieve. Ocasionalmente, puedes percibir los aromas de pan y chocolate caliente. Ves a un niño con su nariz contra la ventana. Ese vidrio es la barrera. Sin ella, el calor y los deliciosos olores se dispersarían rápidamente en el viento frío; y nadie sabría que hay algo bueno que se puede encontrar ahí. Pero es una barrera transparente, permitiéndole al niño ver las buenas cosas que hay adentro, que le invitan a entrar. Y hay una manera de entrar, una puerta estrecha por la que él debe entrar. Hasta que no lo hace, puede ver y apreciar lo que está adentro, pero aún no lo puede disfrutar. Una vez cruza la puerta, lo que estaba viendo es suyo con tan solo pedirlo.

Cuando los no cristianos se encuentren con tu iglesia deben sentirse como el niño de pie ante esa ventana, no como alguien viendo un muro de ladrillos. Deben sentir el calor de su amor cuando ustedes los reciben y se relacionan con ellos como gente creada a imagen de Dios. Deben ver la profundidad de las relaciones al ser testigos de personas cuidándose unas a otras que no tienen ninguna razón de hacerlo, personas que sacrifican su comodidad y se sirven unas a otras. Deben probar las riquezas del evangelio cuando la Palabra de Dios es predicada y enseñada de una manera que conecta con sus vidas. Y deben escuchar los atractivos sonidos de una comunidad llena de gozo cuando escuchan la alabanza y las oraciones de las personas que adoran a nuestro crucificado y resucitado Señor.

Así que, sal de tu comodidad y crea una comunidad que reciba a los de afuera. Piensa en el lenguaje que estarás utilizando. Sé intencional en tu hospitalidad y estratégico con tu transparencia. Como una panadería que emana los deliciosos olores hacia fuera, celebra públicamente las historias de gracia y transformación que están ocurriendo en medio de tu comunidad. Y, cuando hayas hecho todo esto, haz el evangelio claro e invita a las personas a responder en arrepentimiento y fe. Llámalos, no a caminar hacia el altar, sino a entrar por la puerta estrecha, y a unirse contigo en las riquezas de la fe en el evangelio.

Sí, la iglesia debe demostrar las buenas cosas del evangelio, pero la barrera de su creencia no debe ser removida; pues es esta creencia compartida la demostración más efectiva para invitar a las personas a entrar por la puerta estrecha.

Este artículo fue publicado primero en la revista 9 Marcas.