En el colegio, fui un jugador de fútbol bastante mediocre. Jugaba exclusivamente como defensa. Lo hacía, en parte, porque era bueno impidiendo anotar a otros. También porque no podía anotar goles por mi cuenta debido a mi terrible control del balón.

Sin embargo, no era tan mediocre en atletismo. En la universidad, competí en un equipo de división como decatleta. (Fui parte del equipo sin tener beca durante cinco años, por lo que nunca recibí un centavo por jugar, pero no me lo recuerden ahora). El decatlón consiste en eventos de correr, saltar y lanzar durante dos días. El entrenamiento es intenso, tanto física como técnicamente. Lanzar el disco, por ejemplo, no se trata solamente de fuerza sino de ser muy ágil con los pies.[1]

Un verano cuando estaba en la universidad, jugué en un equipo de fútbol con unos amigos del colegio y no pude creer lo bueno que me había convertido jugando soccer. Era prácticamente Lionel Messi. Bueno, no tanto. Pero mis amigos apenas podían creer cuánto había avanzado, ¡sobre todo cuando les dije que no había tocado un balón en dos años!

¿Qué pasó aquí? ¿Cómo me volví mejor en algo sin enfocarme para nada en eso? Entrenamiento funcional o cross-training.

El entrenamiento funcional no es solo para atletas. Un novelista escribe poesía para mejorar su prosa. Un escultor trabaja con acuarelas para mejorar su percepción de la profundidad. Y el hombre que lucha contra la lujuria, también tiene que hacer entrenamiento funcional para mejorar su carácter.

Es muy importante enfatizar este trabajo en nuestras mentes y corazones porque necesitamos más que simples cambios en nuestras circunstancias y entorno para lograr un cambio real y duradero. Si eres soltero, poner un anillo en tu dedo y tener la bendición de una esposa no corregirá tu corazón lujurioso. Pero sí lo logrará un buen entrenamiento funcional centrado en el evangelio. Si estás casado, instalar un simple filtro de internet puede que reduzca la oferta de imágenes picantes, pero no necesariamente cambiará tu demanda por ellas.

Lo que viene en esta sección son maneras específicas de entrenar tu carácter que te ayudarán a ganar en tu batalla contra la lujuria.

Cultiva la humildad

Hace algunos veranos, trabajé en una iglesia como pasante mientras que el pastor asociado se encontraba de sabático. En mi primera noche de domingo, estaba listo para liderar el grupo de jóvenes. Tras cenar pizza, me dirigí al baño para lavarme mis manos llenas de grasa. Pero apenas entré, noté un problema: el piso estaba cubierto de agua de una de las tazas.

Pensé para mis adentros: Mmm… ¿me pregunto quién tendrá que limpiar esto?

Como era nuevo en el trabajo, no sabía cómo resolver esta desconcertante pregunta. Pero tuve una idea. Coloqué un cartel en la puerta que decía: “No usar. Fuera de servicio”. Muy orgulloso de mi idea, hice el cartel, lo coloqué en la puerta y procedí con el grupo de jóvenes.

Mientras avanzaba la noche, comencé a pensar que tal vez sí era mi trabajo limpiar ese desastre. Después de todo, yo era el pasante ese verano. Así que, cuando los chicos se fueron, encontré un trapeador y comencé a limpiar el piso. Era una noche caliente y húmeda en Missouri y yo estaba en una pequeña y oscura habitación ahora repleta de olores de cloro y baño. Mientras exprimía el trapeador, capté un vistazo de mi reflejo en el espejo. Este fue el pensamiento que salió de mi mente: ¿Para esto estudié la maestría?

Esto me recuerda una solicitud que los discípulos de Jesús le hicieron en una ocasión. Cuando el Rey Jesús regresara en gloriosa autoridad, ellos querían sentarse junto a Él, uno en el trono a Su derecha y el otro en el trono a Su izquierda (Mr 10:37). Por la manera como Jesús respondió a esa solicitud, se entiende que su pregunta tenía menos que ver con querer estar cerca de Jesús y más con el orgullo y la lujuria de querer parecer grandes.

Podrías esperar que Jesús les diera una dura amonestación. Después de todo, Él es un profeta y los profetas hacen ese tipo de cosas de vez en cuando. Pero Él no los amonesta. En cambio, les muestra una paciencia extrema. Él enseña, instruya, redefina, redirige. Tú y yo habríamos desechado a estos discípulos, pero no Jesús. Él los invita a la verdadera grandeza: “Cualquiera de ustedes que desee llegar a ser grande será su servidor, y cualquiera de ustedes que desee ser el primero será siervo de todos” (Mr 10:43–44). Si quieres ser grande (y todos queremos serlo), sé un siervo. Si quieres ser el primero (y todos queremos serlo), sé un servidor. Cultiva la humildad.

De manera similar, si hemos de luchar contra la pornografía, debemos cultivar humildad y desarraigar el orgullo. La victoria depende de eso. Se necesita de arrogancia para creer que tienes el derecho de mirar e imaginarte tocando las partes privadas de una mujer. Hasta el mismo nombre lo presupone: partes privadas. En el Cantar de los Cantares, el esposo llama a su esposa un huerto cerrado (4:12), un huerto que uno solo puede mirar dentro del pacto matrimonial (4:16–5:1). Hay un aspecto anatómico de la virginidad de una mujer que la mantiene “cerrada” (su himen), pero también hay un aspecto social y espiritual de estar cerrada. El diseño de Dios es que la mujer permanezca sellada de todos menos de su esposo. De nuevo, se requiere de arrogancia para forzar la puerta de un huerto cerrado.

En un sentido, los hombres y las mujeres involucrados en pornografía ostensiblemente consienten nuestro entrometimiento, pero la extensión de la autenticidad de ese consentimiento sigue siendo discutible. Así que, hablemos por un momento del consentimiento.

Cuando estaba en la escuela secundaria, vivía en una casa junto a una familia con una hija en el colegio. En los veranos, le gustaba salir a tomar el sol a su jardín en bikini. ¿Estaba ella dándome su consentimiento para verla desde la ventana de mi habitación? No, no lo estaba haciendo. Y cuando la recepcionista en tu oficina lleva una blusa reveladora, ¿está dando ella su consentimiento para que otros vean su escote? De nuevo, no. Si una chica del colegio le envía fotos indecentes a su novio por el celular y él después las comparte con sus amigos, ¿el haber ella enviado esas fotos fue un consentimiento para que él las compartiera? No.

Permíteme enfocarme específicamente en el consentimiento en la pornografía. La industria de la pornografía es oscura. Aunque algunas mujeres entran por su libre decisión, hay muchas circunstancias que mantienen a las mujeres involucradas por mayor tiempo y en maneras más degradantes de lo que originalmente planearon.[2] Esto ni siquiera toca el tema de la aberración de la trata de personas. No hay nada gris en el tema de la trata de personas. La ira de Dios está sobre los secuestradores (1 Ti 1:10).

El problema cuando hablamos de consentimiento es que el usuario final no sabe qué pornografía fue hecha por adultos que consintieron. Al mismo tiempo, la mayoría de las discusiones sobre consentimiento ignoran el punto. Para el cristiano, consentir no puede ser reducido simplemente a un permiso de humano a humano. En última instancia, el permiso viene de Dios. Es Dios quien ha cerrado el huerto, sin importar si la mujer en la portada de la revista Maxim parece invitar tu lujuria. Como dijo Jesús: “Todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5:28).

Pero, pon mucha atención. Cuando Dios da Su consentimiento en el contexto del matrimonio, Su consentimiento es una resonante aprobación: “¡Coman y beban, amigos, y embriáguense de amor!” (Cnt 5:1c, NVI).

Regresemos al tema del orgullo. Tu orgullo, en todas sus manifestaciones, es incompatible con la pureza. La pornografía “[te] pone en el centro, creando un mundo en el que [tú estás siendo] adorado”.[3] Y a tu orgullo le encanta esto. Te hará pensar que tú tienes derecho a cosas a las que no tienes, ya sea a lugares de honor social (como sentarse en un trono) o al pecado sexual (mirar las partes privadas de otro). Más aun, el orgullo te detiene de pedir la ayuda que necesitas. Como dice el salmista: “El impío, en la arrogancia de su rostro, no busca a Dios” (Sal 10:4). Para salvar su orgullo, el hombre arrogante se negará a ondear la bandera blanca. Después de todo, el orgullo es otro nombre de la autosuficiencia.[4]

Sin embargo, para aquellos que abandonan su orgullo y abrazan la humildad delante del Señor, hay un futuro mejor que el cualquiera que nosotros mismos pudiéramos idear (Stg 4:10).

Preguntas de diagnóstico

  1. ¿Cómo definirías la grandeza? ¿Cómo se compara con la definición que ofrece Jesús?
  2. ¿Cómo comunica a otros la manera como usas tu tiempo y dinero lo que realmente crees acerca de la grandeza? ¿Hay ciertos trabajos que sientes que son inferiores a tu estatus, como limpiar un baño?
  3. ¿De qué maneras podría tu orgullo estarte deteniendo de recibir la ayuda que necesitas? ¿De qué maneras estás ocultando tu lucha de otros?

[1] Mi esposa puede explicar esto mejor que yo. Ella tuvo una beca universitaria en lanzamiento de disco y de martillo. Para mejorar su juego de pies, hizo entrenamiento funcional tomando clases de ballet.

[2] “Dificultades financieras, abuso de sustancias y quebrantamiento psicológico, estas son las razones por las que la mayoría de las mujeres entran en la pornografía y el tráfico sexual” (William M. Struthers, Wired for Intimacy: How Pornography Hijacks the Male Brain [Cableados para la intimidad: cómo la pornografía secuestra el cerebro masculino] [Downers Grove, IL: InterVarsity, 2009], 68).

[3] Tim Chester, Closing the Window: Steps to Living Porn Free [Cierra la ventana: pasos para ser libre de la pornografía] (Downers Grove, IL: InterVarsity, 2010), 75.

[4] Michael John Cusick, Surfing for God: Discovering the Divine Desire Beneath Sexual Struggle [Navegando para Dios: descubre el deseo divino detrás de la batalla sexual] (Nashville: Thomas Nelson, 2012), 92.